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Octavio
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Críticas de Octavio
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Tarantino sobre ruedas.
Rating: 8
04.10.2008El universo de Tarantino es el de la cultura popular norteamericana. Y como nosotros desde chiquitines estamos invadidos culturalmente por los Estados Unidos, podemos ser partícipes de ese universo. Por eso, la mayoría de las veces, no nos suena a chino las referencias y los guiños que pone Quentin en sus películas a punta pala. Para bien o para mal, este atípico director se ha autonombrado defensor de las manifestaciones artísticas marginales, tanto fílmicas como televisivas, y su misión en la vida es que dichas muestras de arte trash no caigan en el olvido (y de paso llevarse unos buenos millones, que no somos tontos y vivir del arte está sobrevalorado).
No digo nada nuevo en esto lares, porque las virtudes y defectos del inefable Tarantino son evidentes, y todos los que amamos/odiamos al director lo sabemos: Tarantino destaca por limpiarle la cara muy bien a los mitos de la juventud, por esa capacidad de mezclar estupendamente imagen y música de los 40 principales, por esos diálogos kilométricos e insustanciales que no llevan a nada pero que no te cansas de oír una y otra vez, por esa violencia espectacular y sin complejos (que es lo que más llama la atención a la chavalería contemporánea) y, por qué no decirlo, por ese morro impresionante que caracteriza al director, en el fondo un friki como nosotros que ha logrado hacer de su afición obsesiva una variante del cine comercial y un autor de culto desde que en Cannes lanzase al mundo su “Fuck You”.
A lo que iba, Death Proof es un rollo, aburrida a más no poder. Resumiéndolo mucho, es una película de 60 minutos inflada a casi dos horas. O sea, que hago la cuenta y le sobra la mitad más o menos. La primera vez que la vi me subía por las paredes, agobiado por unos diálogos que no acababan nunca y que lastraban la trama a límites insospechados. Exceptuando la super-escena central de la película y el elenco espectacular de muchachas guapas y potentes, el resto era una tomadura de pelo. Cuando acabé de ver este engendro le lancé un insulto a Tarantino y a su familia cercana y no tiré el disco por la ventana de milagro. Y menos mal que no lo hice.
Tarantino es como las morfina: en pequeñas dosis es agradable pero en grandes cantidades puede matarte. Curado ya de espanto, decidí ver otra vez la película, pero poquito a poco. La trama ya la sabía, así que decidí centrarme en los detalles, en su ritmo interior alejado de las exigencias del guión, en los guiños a su filmografía previa (que hay bastantes), en sus excesos, en la superficialidad compleja de sus personajes, y en las excentricidades, paranoias y chorradas varias que caracterizan al director. Y entonces, pobre de mí, después de ver la película una y otra vez, a trozos, casi nunca entera de una sentada, en parte cambié mi opinión sobre la última “genialidad” de Quentin Tarantino: objetivamente, para el espectador desprevenido o que no le gustan las gracias de Quentin, la película es un rollo patatero, más aburrida que el BOE. Pero los seguidores del director la disfrutarán enormemente, porque dentro del sub-universo tarantiniano, esta película es genial, no le sobra ni una coma.
La película está dividida en dos partes claramente diferenciadas por la traca central. Y a su vez, cada parte está dividida en dos fragmentos. El primer fragmento tiene como objetivo conocer y encariñarnos con las protagonistas. Somos partícipes de sus sueños, miedos y esperanzas. Conocemos sus virtudes y defectos, su vida privada y sus intimidades sexuales. Y como Tarantino no se caracteriza por la sutileza, esa aproximación a la vida de las muchachas se consigue a través de larguíííííísimos diálogos, pura entelequia, principio y fin en si mismos y que espantarán a más de uno. Resumiendo, unos 40 minutos de información intrascendente que en el fondo no lo es en absoluto: Tarantino consigue crear a cuatro personas reales, que pueden caerte genial o fatal, que puedes pensar de ellas que son tías guais o que son unas pesadas de tomo y lomo, pero en el fondo, por mucho que las odies, al final no puedes evitar cogerles cariño (lo cual resulta muy útil cuando el director decide matar a alguna).
El segundo fragmento de cada parte es la acción pura y desenfrenada. En la primera parte del film la acción es contundente, inesperada, brutal. Apenas un minuto que valen por cien. Con ojos como platos te quedas mirando la pantalla estupefacto pensando: ¿qué acabo de ver? y dándole al “redwind” del mando para verlo otra vez. Y lo mejor no es ese impacto súbito, sino los momentos previos, con el protagonismo absoluto de la vitalidad que será bruscamente interrumpida, creando un contraste brutal. La acción del segundo fragmento es más extensa, pero más aburrida, más convencional y con menos chicha. Cuando Quentin Tarantino dijo que había rodado las mejores escenas de persecución de coches, sencillamente esa mañana se había bebido un copazo de coñac de más.
Mención especial merece la figura del Especialista Mike, un soberbio Kurt Russell, eficaz como siempre. El actor consigue dotar a su personaje de muchas matices contradictorios: En los cuarenta primeros minutos del film, el especialista Mike es un personaje marginado por su aspecto y por su forma de vida, objeto de burla y lástima aunque no carente de cierto estilo. Es inevitable compadecernos de él porque es un vestigio de una época que ya pasó y no volverá. Más tarde, en el porche del bar, el especialista Mike es una figura trágica romántica que con la mirada y las palabras intenta cautivar a su víctima. No obstante, esta fachada cae en el preciso momento en el que el especialista Mike dirige una mirada burlona al espectador, revelando lo que realmente es: un miserable cobarde que disfruta con el miedo de sus víctimas. Por eso es tan divertido el final de la película, cuando esa fachada de implacable ejecutor se desmorona para dar paso a su verdadero y lacrimógeno yo.
Resumiendo: “Death Proof” es Quentin Tarantino al 100 por 100 (que dios nos coja confesados).
No digo nada nuevo en esto lares, porque las virtudes y defectos del inefable Tarantino son evidentes, y todos los que amamos/odiamos al director lo sabemos: Tarantino destaca por limpiarle la cara muy bien a los mitos de la juventud, por esa capacidad de mezclar estupendamente imagen y música de los 40 principales, por esos diálogos kilométricos e insustanciales que no llevan a nada pero que no te cansas de oír una y otra vez, por esa violencia espectacular y sin complejos (que es lo que más llama la atención a la chavalería contemporánea) y, por qué no decirlo, por ese morro impresionante que caracteriza al director, en el fondo un friki como nosotros que ha logrado hacer de su afición obsesiva una variante del cine comercial y un autor de culto desde que en Cannes lanzase al mundo su “Fuck You”.
A lo que iba, Death Proof es un rollo, aburrida a más no poder. Resumiéndolo mucho, es una película de 60 minutos inflada a casi dos horas. O sea, que hago la cuenta y le sobra la mitad más o menos. La primera vez que la vi me subía por las paredes, agobiado por unos diálogos que no acababan nunca y que lastraban la trama a límites insospechados. Exceptuando la super-escena central de la película y el elenco espectacular de muchachas guapas y potentes, el resto era una tomadura de pelo. Cuando acabé de ver este engendro le lancé un insulto a Tarantino y a su familia cercana y no tiré el disco por la ventana de milagro. Y menos mal que no lo hice.
Tarantino es como las morfina: en pequeñas dosis es agradable pero en grandes cantidades puede matarte. Curado ya de espanto, decidí ver otra vez la película, pero poquito a poco. La trama ya la sabía, así que decidí centrarme en los detalles, en su ritmo interior alejado de las exigencias del guión, en los guiños a su filmografía previa (que hay bastantes), en sus excesos, en la superficialidad compleja de sus personajes, y en las excentricidades, paranoias y chorradas varias que caracterizan al director. Y entonces, pobre de mí, después de ver la película una y otra vez, a trozos, casi nunca entera de una sentada, en parte cambié mi opinión sobre la última “genialidad” de Quentin Tarantino: objetivamente, para el espectador desprevenido o que no le gustan las gracias de Quentin, la película es un rollo patatero, más aburrida que el BOE. Pero los seguidores del director la disfrutarán enormemente, porque dentro del sub-universo tarantiniano, esta película es genial, no le sobra ni una coma.
La película está dividida en dos partes claramente diferenciadas por la traca central. Y a su vez, cada parte está dividida en dos fragmentos. El primer fragmento tiene como objetivo conocer y encariñarnos con las protagonistas. Somos partícipes de sus sueños, miedos y esperanzas. Conocemos sus virtudes y defectos, su vida privada y sus intimidades sexuales. Y como Tarantino no se caracteriza por la sutileza, esa aproximación a la vida de las muchachas se consigue a través de larguíííííísimos diálogos, pura entelequia, principio y fin en si mismos y que espantarán a más de uno. Resumiendo, unos 40 minutos de información intrascendente que en el fondo no lo es en absoluto: Tarantino consigue crear a cuatro personas reales, que pueden caerte genial o fatal, que puedes pensar de ellas que son tías guais o que son unas pesadas de tomo y lomo, pero en el fondo, por mucho que las odies, al final no puedes evitar cogerles cariño (lo cual resulta muy útil cuando el director decide matar a alguna).
El segundo fragmento de cada parte es la acción pura y desenfrenada. En la primera parte del film la acción es contundente, inesperada, brutal. Apenas un minuto que valen por cien. Con ojos como platos te quedas mirando la pantalla estupefacto pensando: ¿qué acabo de ver? y dándole al “redwind” del mando para verlo otra vez. Y lo mejor no es ese impacto súbito, sino los momentos previos, con el protagonismo absoluto de la vitalidad que será bruscamente interrumpida, creando un contraste brutal. La acción del segundo fragmento es más extensa, pero más aburrida, más convencional y con menos chicha. Cuando Quentin Tarantino dijo que había rodado las mejores escenas de persecución de coches, sencillamente esa mañana se había bebido un copazo de coñac de más.
Mención especial merece la figura del Especialista Mike, un soberbio Kurt Russell, eficaz como siempre. El actor consigue dotar a su personaje de muchas matices contradictorios: En los cuarenta primeros minutos del film, el especialista Mike es un personaje marginado por su aspecto y por su forma de vida, objeto de burla y lástima aunque no carente de cierto estilo. Es inevitable compadecernos de él porque es un vestigio de una época que ya pasó y no volverá. Más tarde, en el porche del bar, el especialista Mike es una figura trágica romántica que con la mirada y las palabras intenta cautivar a su víctima. No obstante, esta fachada cae en el preciso momento en el que el especialista Mike dirige una mirada burlona al espectador, revelando lo que realmente es: un miserable cobarde que disfruta con el miedo de sus víctimas. Por eso es tan divertido el final de la película, cuando esa fachada de implacable ejecutor se desmorona para dar paso a su verdadero y lacrimógeno yo.
Resumiendo: “Death Proof” es Quentin Tarantino al 100 por 100 (que dios nos coja confesados).
La miseria de la filosofía.
Rating: 9
27.09.2008La infancia es un bonito invento humanista del estado de bienestar del siglo XX. Antes también había infancia, pero estaba condicionada por el estamento social (antes de la Revolución Industrial) y por la clase social (a raíz de dicha revolución). O lo que es lo mismo: si tenías dinero o posición social podías disfrutar de una “infancia” más o menos como la entendemos ahora. Y si no tenías dinero o posición social, un niño era considerado a efectos prácticos un adulto pero más pequeño y con menos fuerza y experiencia. Por ello, a la hora de trabajar, contaban con menos derechos (¡si es que eso era posible!) y con menos sueldo.
Y llegamos al estado del bienestar, a la sonrisa cínica del neoliberalismo (trapecistas con red, proporcionada ésta por el Estado, que echa mano de los sufridos contribuyentes para que “nuestro” sistema económico no se hunda, como se está viendo en estos días) y a los múltiples y divertidos caminos del libre mercado y cuyo lema es “dios aprieta pero no ahoga.” La libertad de mercado lo es todo, caiga quien caiga y le pese a quien le pese (generalmente a los que menos tienen). Las desigualdades no desaparecen sino que se agudizan y con ellas, la injusticia. Y la injusticia se ceba siempre siempre con los más débiles y los niños tienen todas las papeletas. Algunos pasan por el aro, buscan comida en la basura o esperan a que un pequeñoburgués con mala conciencia le mande algún donativo; otros sucumben, desaparecen, mueren y fin del problema; y otros (increíblemente pocos) se rebelan, se niegan a cumplir unas normas que les condenan a la miseria y a la indigencia y toman por la fuerza lo que les pertenece por derecho: alimento, seguridad, dignidad. Ya sea en Méjico D.F, Río de Janeiro o Barcelona.
Luis Buñuel intentó reflejar esta infancia perdida con una de sus mejores películas, “Los Olvidados” (1950), que narra la historia de una banda de delincuentes juveniles en los barrios marginales de Méjico D.F. Buñuel ni exculpa ni justifica esta delincuencia juvenil pero sí condena las condiciones materiales que obligan a estos niños a vivir esa vida. Buñuel sencillamente cuenta la historia de individuos concretos que padecen una situación mísera e injusta y cuáles son sus reacciones ante esta situación. Aunque Buñuel no duda en señalar cuales son las verdaderas causas de este problema (pobreza, escasa o nula atención de los padres, desinterés por parte del Estado, etc.) su verdadero objetivo es la representación surrealista de la realidad, ser un espejo deformante que amplifica la miseria del mundo, pero que también la distorsiona, la muestra con formas diferentes, contradictorias, irreales o absurdas, anunciando el ejercicio de hipocresía-esquizofreni a-transtorno bipolar-enejanación mental que voluntariamente hacemos día a día, comprando unos juguetes a nuestros niños sabiendo que esos mismos juguetes los fabrican otros niños que no podrán disfrutarlos (que los chinos son muy malos y rojos, pero a la hora de fabricar, mejor ellos, que sale más barato, que la ausencia de derechos humanos también tiene su lado positivo para el libre mercado).
El final de esta película sólo podía acabar en muerte, una muerte anónima y grotesca. Un final que me recuerda a un grabado de Goya titulado “Para esto habéis nacido”.
Y llegamos al estado del bienestar, a la sonrisa cínica del neoliberalismo (trapecistas con red, proporcionada ésta por el Estado, que echa mano de los sufridos contribuyentes para que “nuestro” sistema económico no se hunda, como se está viendo en estos días) y a los múltiples y divertidos caminos del libre mercado y cuyo lema es “dios aprieta pero no ahoga.” La libertad de mercado lo es todo, caiga quien caiga y le pese a quien le pese (generalmente a los que menos tienen). Las desigualdades no desaparecen sino que se agudizan y con ellas, la injusticia. Y la injusticia se ceba siempre siempre con los más débiles y los niños tienen todas las papeletas. Algunos pasan por el aro, buscan comida en la basura o esperan a que un pequeñoburgués con mala conciencia le mande algún donativo; otros sucumben, desaparecen, mueren y fin del problema; y otros (increíblemente pocos) se rebelan, se niegan a cumplir unas normas que les condenan a la miseria y a la indigencia y toman por la fuerza lo que les pertenece por derecho: alimento, seguridad, dignidad. Ya sea en Méjico D.F, Río de Janeiro o Barcelona.
Luis Buñuel intentó reflejar esta infancia perdida con una de sus mejores películas, “Los Olvidados” (1950), que narra la historia de una banda de delincuentes juveniles en los barrios marginales de Méjico D.F. Buñuel ni exculpa ni justifica esta delincuencia juvenil pero sí condena las condiciones materiales que obligan a estos niños a vivir esa vida. Buñuel sencillamente cuenta la historia de individuos concretos que padecen una situación mísera e injusta y cuáles son sus reacciones ante esta situación. Aunque Buñuel no duda en señalar cuales son las verdaderas causas de este problema (pobreza, escasa o nula atención de los padres, desinterés por parte del Estado, etc.) su verdadero objetivo es la representación surrealista de la realidad, ser un espejo deformante que amplifica la miseria del mundo, pero que también la distorsiona, la muestra con formas diferentes, contradictorias, irreales o absurdas, anunciando el ejercicio de hipocresía-esquizofreni a-transtorno bipolar-enejanación mental que voluntariamente hacemos día a día, comprando unos juguetes a nuestros niños sabiendo que esos mismos juguetes los fabrican otros niños que no podrán disfrutarlos (que los chinos son muy malos y rojos, pero a la hora de fabricar, mejor ellos, que sale más barato, que la ausencia de derechos humanos también tiene su lado positivo para el libre mercado).
El final de esta película sólo podía acabar en muerte, una muerte anónima y grotesca. Un final que me recuerda a un grabado de Goya titulado “Para esto habéis nacido”.
Goremanía.
Rating: 7
24.09.2008¿Os habéis enterado de que hay una serie en Cuatro que va de un psicokiller que descuartiza a la gente sin piedad? No, no me refiero a “Dexter”, estoy hablando de “Anatomía de Grey”, donde en lugar de un psicokiller hay un hospital entero de asesinos en potencia y gente descuartizada por todos lados. Sin ir más lejos, en el capítulo de ayer a un tío se le ven las tripas, otra se quita la gorra y tiene medio cuero cabelludo colgando, otro tiene un árbol atravesado de punta a punta y la semana pasada a un tío le estalló la vena del cuello desencadenando una orgía de sangre y desenfreno. Y yo, espantado, porque una cosa es ver un “Viernes 13” o un “Pesadilla en Elm Street” o “La matanza de Texas” que uno sabe a lo que va y lo disfruta, y otra es ver un hospital (que se supone que es para curar gente) convertido en un matadero. Que la última vez que fui a un hospital estaba asustadito perdido preguntándome de dónde vendría el primer hachazo.
“Anatomía de Grey” es una vuelta de tuerca más en el sub-universo de los culebrones médicos. Rememorando tiempos catódicos pasados, recoge el testigo de series como “Urgencias” (con el George Clooney curando y ligando a la vez) y “Chicago Hope” (un minipunto para los que se acuerden de esta serie). Lo mejor de “Anatomía de Grey” es (¿o debería decir “era”) su frescura, su aparente frivolidad sin parecer ofensiva, sus personajes carismáticos (todos sacados de una agencia de modelos, de lo guapetones y guapetonas que son), su blanco y negro sentido del humor, su sexualidad abierta y sin complejos (y con complejos también) y una banda sonora eficaz y resultona, acorde con los tiempos que corren, una música “con estilo” (signifique lo que signifique eso) y que vale para hacerte soltar la lagrimita cuando muere un paciente (que hay más muertos que en una guerra) o para la enésima ruptura del doctor Macizo con Meredith.
Un culebrón es bueno si engancha, y “Anatomía de Grey” engancha bastante bien, porque es como el culebrón de toda la vida pero sin que se note. Para chavales y chavalas treintañeros que se ríen de su mami porque está enganchada al culebrón venezolano. ¿Yo? Enganchadito desde el primer episodio a Grey y a su hueste carnicera, pero cada vez menos por los motivos expuestos en el primer párrafo (que la competencia con “House” es muy mala y hay que ir al “más difícil todavía” y si un litro de sangre vende, dos litros venderán el doble. Si un tío aplastado vende, todos los tripulantes de un ferry, ni te cuento). Por otro lado, el aspecto sentimental de la serie está cansino. La relación Merdith-Derek es un chicle que de tanto masticarlo ya ha perdido su sabor. A la legua se ve que Rose es una mera comparsa y que el doctor Macizo volverá con su princesita (para luego, más tarde, volver a romper). Cristina (uno de los personajes más divertidos) se ha quedado como pollo sin cabeza con la marcha de Berk y “arrejuntar” a Izzi y a George es una de las mayores cagadas de todos los tiempos y que, como era de esperar, han resuelto de mala manera y “si te he visto (y fornicado) no me acuerdo”.
“Anatomía de Grey” es una serie que se mantiene por inercia, por el carisma de sus personajes y por sus grotescos y rimbombantes espectáculos medico-circenses. Es un avión que ha entrado en barrena creativamente hablando pero que en cuestión de audiencia está viento en popa a toda vela y a las estrellas como el Sputnik. Contradicción pura en un mundo dialéctico. Y yo, también bastante contradictorio y un pelín masoca, veré el próximo nuevo y sangriento episodio pero tapándome los ojos cuando decidan abrir en canal a un pobre paciente.
“Anatomía de Grey” es una vuelta de tuerca más en el sub-universo de los culebrones médicos. Rememorando tiempos catódicos pasados, recoge el testigo de series como “Urgencias” (con el George Clooney curando y ligando a la vez) y “Chicago Hope” (un minipunto para los que se acuerden de esta serie). Lo mejor de “Anatomía de Grey” es (¿o debería decir “era”) su frescura, su aparente frivolidad sin parecer ofensiva, sus personajes carismáticos (todos sacados de una agencia de modelos, de lo guapetones y guapetonas que son), su blanco y negro sentido del humor, su sexualidad abierta y sin complejos (y con complejos también) y una banda sonora eficaz y resultona, acorde con los tiempos que corren, una música “con estilo” (signifique lo que signifique eso) y que vale para hacerte soltar la lagrimita cuando muere un paciente (que hay más muertos que en una guerra) o para la enésima ruptura del doctor Macizo con Meredith.
Un culebrón es bueno si engancha, y “Anatomía de Grey” engancha bastante bien, porque es como el culebrón de toda la vida pero sin que se note. Para chavales y chavalas treintañeros que se ríen de su mami porque está enganchada al culebrón venezolano. ¿Yo? Enganchadito desde el primer episodio a Grey y a su hueste carnicera, pero cada vez menos por los motivos expuestos en el primer párrafo (que la competencia con “House” es muy mala y hay que ir al “más difícil todavía” y si un litro de sangre vende, dos litros venderán el doble. Si un tío aplastado vende, todos los tripulantes de un ferry, ni te cuento). Por otro lado, el aspecto sentimental de la serie está cansino. La relación Merdith-Derek es un chicle que de tanto masticarlo ya ha perdido su sabor. A la legua se ve que Rose es una mera comparsa y que el doctor Macizo volverá con su princesita (para luego, más tarde, volver a romper). Cristina (uno de los personajes más divertidos) se ha quedado como pollo sin cabeza con la marcha de Berk y “arrejuntar” a Izzi y a George es una de las mayores cagadas de todos los tiempos y que, como era de esperar, han resuelto de mala manera y “si te he visto (y fornicado) no me acuerdo”.
“Anatomía de Grey” es una serie que se mantiene por inercia, por el carisma de sus personajes y por sus grotescos y rimbombantes espectáculos medico-circenses. Es un avión que ha entrado en barrena creativamente hablando pero que en cuestión de audiencia está viento en popa a toda vela y a las estrellas como el Sputnik. Contradicción pura en un mundo dialéctico. Y yo, también bastante contradictorio y un pelín masoca, veré el próximo nuevo y sangriento episodio pero tapándome los ojos cuando decidan abrir en canal a un pobre paciente.
La venganza de los niños.
Rating: 9¿Quién Puede Matar a un Niño? (1976)
- Título original: ¿Quién Puede Matar a un Niño?
-
Director:
Narciso Ibáñez Serrador
La cruda introducción de la película no sólo sirve para recordarnos las miserias necesarias para mantener nuestro mundo occidental, sino también para señalar el por qué del misterio central del film. Porque “¿Quién puede matar a un niño?” es, ante todo, un buen film de suspense y terror (y si me apuran, hasta tiene un poquito de ciencia-ficción). Narciso Ibáñez Serrador sigue los pasos del maestro Hitchcock, como ya hiciera en “La Residencia” (1969), y nos muestra un horror esquivo y sugerido desplegado lenta y meticulosamente para que el suspense aumente de forma gradual hasta volverse insoportable. No obstante, el director renuncia a los lugares oscuros y umbríos propios del género y se atreve con escenarios luminosos, a plena luz del día, consiguiendo transmitir el lado tenebroso de un encantador pueblecito blanco de Andalucía, con toda su aridez y desolación, con el omnipresente sol del mediodía que no conoce la piedad. El ritmo lento del film está en armonía con la atmósfera asfixiante y cansina en la que se desarrollan los acontecimientos. La angustia que se apodera de los protagonistas se traduce en un calor asfixiante producido más por el miedo que por las condiciones atmosféricas. Narciso Ibáñez Serrador consigue transmitir la solidez del sol que cae sobre los personajes como una losa.
Una pareja de turistas ingleses pasan sus vacaciones de verano en Benahavis, aunque su verdadero objetivo es una pequeña y poco frecuentada isla frente a la Costa del Sol, Almanzora. En esta primera parte del film el director nos presenta a los protagonistas, personas agradables con las que no nos cuesta identificarnos ya que su relación de pareja está muy bien conseguida: podemos sentir la complicidad y la felicidad de la pareja e incluso las dudas y el temor a que esa felicidad acabe. Una vez en Almanzora, poco a poco se dan cuenta que son los únicos (¿únicos?) adultos de toda la isla. Aquí da comienzo ese suspense tan bien dosificado que antes comentaba, donde se intuye un horror que está a punto de desencadenarse. Y finalmente toda esa tensión acumulada explota en un estallido de violencia, con momentos especialmente crudos, horribles (no podré olvidar la escena de la piñata) e incluso salvajes, donde la piedad o el estupor desaparecen y sólo queda el instinto de superviviencia.
Y el final de la película es un escalofriante “continuará” que, paradójicamente, augura un mundo mejor. Al menos para los niños.
Garth Ennis está cansino...
Rating: 1
18.09.2008Algunos portan la etiqueta de “enfant terrible” con orgullo y satisfacción y otros, además, aprovechan esta etiqueta para dormirse en los laureles y dar gato por liebre. Garth Ennis, guionista de cómics, es una buena prueba de ello. Perteneciente al segundo desembarco británico a DC cómics(acompañado de Mark Millar o Warren Ellis), Ennis llamó pronto la atención no por sus guiones sino por sus diálogos, no especialmente brillantes pero sí llenos de palabrotas. Empezó con Hellblazer, pero Ennis consiguió éxito internacional con su “Predicador” (Preacher, DC serie Vértigo) y a partir de aquí le pusieron la pegatina antes mencionada de “niño terrible” y a vivir del cuento, porque todos sus guiones, a partir de aquí, son más o menos iguales: tipos duros moralmente planos y maniqueos sacados del western, chascarrillos de muy mal gusto, violencia explícita y diálogos supuestamente divertidos e irónicos. Si bien en un principio llama la atención y puede hacer gracia, con el paso del tiempo se vuelve cansino, repetitivo, siempre es igual, siempre las mismas burradas sin contenido...y arrasando entre la chavalería.
Garth Ennis ha dicho una y mil veces que el género super-heroico le parece ridículo y absurdo. Es sintomático que, cuando llegó Joe Quesada al mando de Marvel, contratase a Garth Ennis para guionizar cómics de super-héroes. Junto al dibujante Steve Dillon (compañero de fatigas en “El Predicador”) se encargaron de la colección del Punisher (el Castigador, por estas tierras), colección que, paradójicamente, había caído en picado por culpa de Joe Quesada y uno de sus inventos. Para quienes no conozcan al personaje, decir que este “super-héroe” es un vigilante armado, ex-combatiente de Vietnam (que ya hace más de 30 años, pero en fin), que está loco perdido y se dedica a masacrar a los criminales, como Charles Bronson. En fin, un fascista de tomo y lomo. Garth Ennis aseguró que él se iba a alejar de aspectos ideológicos y su visión del personaje iba a ser paródica, divertida y exagerada. Pues no.
Garht Ennis siempre fue tachado de anarquista o de extrema izquierda, más que nada por su visión demoledora de las religiones y de la autoridad en su cómic de culto “El Predicador”, pero si hacemos una lectura pormenorizada de sus guiones, vemos una tendencia a la extrema derecha bastante alarmante. Garth Ennis tiene dos tipos de personajes: los buenos y los patéticos. Los buenos son duros, fuertes, solucionan sus problemas con violencia, carecen de dudas y no se dejan llevar por los sentimientos. Los patéticos son aquellos que tienen dudas, que intentan buscar una solución pacífica a los problemas, que tienen miedo o debilidades humanas. Garth no duda en ensalzar a los primeros y ridiculizar a los segundos (seguramente porque él mismo cree pertenecer al segundo grupo y su sueño es ser como sus héroes del western de la infancia, sin dudas ni ambiguedades). Y su “Punisher” es una buena muestra de ello.
Por otro lado, amigo Quesada, hay que tener muy poca visión de futuro para encargarle un cómic de super-héroes a un autor que odia a los super-héroes. Garth Ennis no duda en ridiculizar a los personajes tradicionales de Marvel (Spiderman, Lobezno, Daredevil) y, de paso, reírse también de los lectores habituales de cómics. Pero claro, de eso Ennis no tiene la culpa, él no se esconde, dice públicamente lo que piensa y si su editor le deja tirar piedras sobre su propio tejado, ¿de quién es la culpa?
Lo último que leí de Ennis fue este "Castigador" y salí espantado! Punto y final, que le den por saco a Ennis...y desde entonces no he vuelto a leer nada de él. ¿Ha cambiado o sigue en las mismas?
Garth Ennis ha dicho una y mil veces que el género super-heroico le parece ridículo y absurdo. Es sintomático que, cuando llegó Joe Quesada al mando de Marvel, contratase a Garth Ennis para guionizar cómics de super-héroes. Junto al dibujante Steve Dillon (compañero de fatigas en “El Predicador”) se encargaron de la colección del Punisher (el Castigador, por estas tierras), colección que, paradójicamente, había caído en picado por culpa de Joe Quesada y uno de sus inventos. Para quienes no conozcan al personaje, decir que este “super-héroe” es un vigilante armado, ex-combatiente de Vietnam (que ya hace más de 30 años, pero en fin), que está loco perdido y se dedica a masacrar a los criminales, como Charles Bronson. En fin, un fascista de tomo y lomo. Garth Ennis aseguró que él se iba a alejar de aspectos ideológicos y su visión del personaje iba a ser paródica, divertida y exagerada. Pues no.
Garht Ennis siempre fue tachado de anarquista o de extrema izquierda, más que nada por su visión demoledora de las religiones y de la autoridad en su cómic de culto “El Predicador”, pero si hacemos una lectura pormenorizada de sus guiones, vemos una tendencia a la extrema derecha bastante alarmante. Garth Ennis tiene dos tipos de personajes: los buenos y los patéticos. Los buenos son duros, fuertes, solucionan sus problemas con violencia, carecen de dudas y no se dejan llevar por los sentimientos. Los patéticos son aquellos que tienen dudas, que intentan buscar una solución pacífica a los problemas, que tienen miedo o debilidades humanas. Garth no duda en ensalzar a los primeros y ridiculizar a los segundos (seguramente porque él mismo cree pertenecer al segundo grupo y su sueño es ser como sus héroes del western de la infancia, sin dudas ni ambiguedades). Y su “Punisher” es una buena muestra de ello.
Por otro lado, amigo Quesada, hay que tener muy poca visión de futuro para encargarle un cómic de super-héroes a un autor que odia a los super-héroes. Garth Ennis no duda en ridiculizar a los personajes tradicionales de Marvel (Spiderman, Lobezno, Daredevil) y, de paso, reírse también de los lectores habituales de cómics. Pero claro, de eso Ennis no tiene la culpa, él no se esconde, dice públicamente lo que piensa y si su editor le deja tirar piedras sobre su propio tejado, ¿de quién es la culpa?
Lo último que leí de Ennis fue este "Castigador" y salí espantado! Punto y final, que le den por saco a Ennis...y desde entonces no he vuelto a leer nada de él. ¿Ha cambiado o sigue en las mismas?
La ciencia-ficción de John Carpenter.
Rating: 9
18.09.2008Cada vez que alguien me dice que las películas actuales de John Carpenter son un rollo, le miro con condescendencia y le digo: pobrecico, que te quedas en la forma y no en el fondo. Hoy día la ciencia-ficción y el horror (con contadas excepciones) miran al pasado para sacar ideas que le solucionen la papeleta del estreno estival o navideño. Cogen ideas ochochenteras plan “Transformers” o “Master del Universo” o dirigen una mirada suplicante a los antes denostados y “solo para niños” cómics para tomar la chispa y ocultarla entre millones de efectos especiales, explosiones y demás juegos de artificio donde la historia es lo secundario. Pues eso, mientras los grandes estudios ponen toda la carne en el asador en viejos conceptos, John Carpenter revoluciona el género con sus propuestas imaginativas y políticamente incorrectas, con una visión del cine como espectáculo pero también con contenido social. Y así le luce el pelo, porque los grandes estudios no le sueltan un pavo. Y la ciencia ficción sin pasta queda menos lustrosa visualmente hablando.
“Están Vivos” (1988), “Fantasmas de Marte”(2001) y “2013: Rescate en Los Ángeles”(1997) son tres buenas películas de ciencia-ficción pero con poco, poquísimo presupueso, y no me extraña. Las tres historias son bastante...ejem...incóm odas para los que manejan los dineros en Estados Unidos y éstos no son tan tontos como para pagar a un tío para que les muestre lo que realmente son. En “Están vivos” los alienígenas son los grandes capitalistas que esclavizan secretamente a los humanos a través de la economía del “libre” mercado y con mensajes subliminales tan significativos como “consume” o “forma una familia” . En “Fantasmas de Marte” el patriarcado es sustituido por un matriarcado y los personajes utilizan las drogas para vencer a los malos. Pero es en “2013: Rescate en Los Ángeles” donde John Carpenter hace una lúcida radiografía a la puritana y ultraconservadora casta dominante de los Estados Unidos de América. El presidente (vitalicio) de los EEUU es un fanático religioso obsesionado con erradicar la promiscuidad, el libertinaje, el ateismo y la homosexualidad a través de un régimen policial fascista. El otro malo es un granuja caradura que se disfraza del Che Guevara para comerle el coco a la hija del presidente (una niña pija en busca de emociones fuertes) y así robarle un superdispositivo destructor. Y el protagonista es Snake Pilsken (el especialista Mike-Kurt Russel), antiguo héroe de guerra, harto ya del mundo que le ha tocado vivir, con el único deseo de que le dejen en paz, es obligado a rescatar el dispositivo destructor del presidente pero al final conseguirá vengarse del capitalismo mundial en una pirueta nihilista y políticamente muy incorrecta que da juego para el debate: ¿a quién apoyarías tú en un enfrentamiento militar: a las potencias occidentales o a las del tercer mundo? Pues Carpenter elige la tercera opción: a ninguna y que nos den por cul* a todos.
Los que busquen super-efectos especiales generados por ordenador y la caña del ciberpunk se sentirán decepcionados con esta peli, porque los efectos especiales son un poco de andar por casa. Los que busquen una visión ácida de la actualidad, una buena película de acción y un Western del siglo XXI, que no lo duden: “Están Vivos”, “Fantasmas de Marte” y “2013: Rescate en Nueva York” son sus películas.
“Están Vivos” (1988), “Fantasmas de Marte”(2001) y “2013: Rescate en Los Ángeles”(1997) son tres buenas películas de ciencia-ficción pero con poco, poquísimo presupueso, y no me extraña. Las tres historias son bastante...ejem...incóm odas para los que manejan los dineros en Estados Unidos y éstos no son tan tontos como para pagar a un tío para que les muestre lo que realmente son. En “Están vivos” los alienígenas son los grandes capitalistas que esclavizan secretamente a los humanos a través de la economía del “libre” mercado y con mensajes subliminales tan significativos como “consume” o “forma una familia” . En “Fantasmas de Marte” el patriarcado es sustituido por un matriarcado y los personajes utilizan las drogas para vencer a los malos. Pero es en “2013: Rescate en Los Ángeles” donde John Carpenter hace una lúcida radiografía a la puritana y ultraconservadora casta dominante de los Estados Unidos de América. El presidente (vitalicio) de los EEUU es un fanático religioso obsesionado con erradicar la promiscuidad, el libertinaje, el ateismo y la homosexualidad a través de un régimen policial fascista. El otro malo es un granuja caradura que se disfraza del Che Guevara para comerle el coco a la hija del presidente (una niña pija en busca de emociones fuertes) y así robarle un superdispositivo destructor. Y el protagonista es Snake Pilsken (el especialista Mike-Kurt Russel), antiguo héroe de guerra, harto ya del mundo que le ha tocado vivir, con el único deseo de que le dejen en paz, es obligado a rescatar el dispositivo destructor del presidente pero al final conseguirá vengarse del capitalismo mundial en una pirueta nihilista y políticamente muy incorrecta que da juego para el debate: ¿a quién apoyarías tú en un enfrentamiento militar: a las potencias occidentales o a las del tercer mundo? Pues Carpenter elige la tercera opción: a ninguna y que nos den por cul* a todos.
Los que busquen super-efectos especiales generados por ordenador y la caña del ciberpunk se sentirán decepcionados con esta peli, porque los efectos especiales son un poco de andar por casa. Los que busquen una visión ácida de la actualidad, una buena película de acción y un Western del siglo XXI, que no lo duden: “Están Vivos”, “Fantasmas de Marte” y “2013: Rescate en Nueva York” son sus películas.
23.08.2008Por orden del señor alcalde se hace saber que esta tarde está programada en la plaza del pueblo un flashback colectivo y posteriormente se harán las elecciones democráticas del cura (Cassen), del guardia civil (José Sazatornil) y del alcalde (Rafael Alonso) mismamente. También recordar que el pueblo de al lado está realizando una invasión militar táctica y que se han dado una vuelta por el colegio para modificar los planes de estudio del profesor, que, hostia mediante, ha tenido que dejar a un lado la canción “qué complicación si se te para el corazón” y se ha visto obligado a hacer un examen de las ingles. También recordar que estamos recibiendo visitas del mundo exterior, en particular de un grupo de estudiantes norteamericanos, encabezados por Gabino Diego, que aunque sean paganos también son humanos. También, de la capital, tenemos la visita de Antonio Resines, con su extraño caso de licantropía risueña, y su padre, Luis Ciges, una bellísima persona que si se le lleva la contraria te aniquila y te mata, pero como en la capital no lo han enjuiciado aquí no vamos a ser más papistas que el papa. Que no se os olvide que un hombre del pueblo debe ir a la asamblea de mujeres, para que ellas se puedan reír de él y decirle “que no valéis pa na”, “estrafalarios”, “aparatosos” y “gilipollas”. También recordamos que en este pueblo le tenemos mucha devoción a Faulkner y que queda terminantemente prohibido plagiarle, con pena de cárcel y con pena del alma. Y las mujeres casaderas que hagan el favor de no ir a la huerta donde nacen los hombres, que con las prisas quieren salir antes de tiempo y se quedan cojitos para toda la vida. Como la feria y el tiovivo son cosas muy serias, los niños quedan excluidos. Para aquellos que quieran intercambiarse los papeles, tened presente que debéis asumir las consecuencias de vuestros actos, que no quiero lloros ni quejas, que después el suicida me viene con que el camión no se paró a su debido tiempo. Recordad que hay que ir todos los días a misa, no solo para no ir a las calderas de Pedro Botero, sino también para aplaudir al señor cura, que se lo merece por el espectáculo tan soberbio. Haced el favor de no darle palique al doctor cuando está cogiendo la cogorza y no le habléis de Salinas (el poeta) o Kavafis, que tiene muy mal genio y muy poca paciencia y se caga en vuestros muertos tan ricamente. Y haciendo un ejercicio de Flashforward, mañana por la mañana amanecerá por el oeste en lugar de por el este, por mucho sin dios que sea.
Que dice el señor alcalde que este pueblo es una parodia de los pueblos de la España profunda en los años de la dictadura, pero con un nivel cultural muy elevado y un grado de ironía, surrealismo y humor absurdo muy superior a la media. Los arquetipos clásicos se ven deformados, realzados o caricaturizados de forma desternillante, por medio del discurso pedante y grandilocuente, con la aparatosidad del lenguaje formal, mezclado con frases llanas y coloquiales y refranes populares, sin orden y concierto, que pillan al espectador por sorpresa y cuya reacción pasa de la sonrisa cómplice a la carcajada. Aunque a nosostros nos encanta este pueblo y sus habitantes, reconocemos que tanto surrealismo puede atragantar a más de uno, así que avisados quedáis. También dice el señor alcalde, que José Luis Cuerda, el creador de este invento, intentó repetir jugada con otro film, “Así en el cielo como en la Tierra” en 1995, que la película tenía su gracia, con Fernando Fernán Gómez interpretando al dios de los españoles y a Jesús Bonilla como Jesucristo, pero que no alcanza el nivel de sorpresa de este primer largometraje, que es lo que pasa cuando intentan contarte un mismo chiste dos veces: que aunque sea muy bueno, no tiene la misma gracia.
Y sin nada más que decir, que cada cual se busque las habichuelas como pueda, que para algunos se acerca la hora del vermú y para otros la hora del chicharreo...
Que dice el señor alcalde que este pueblo es una parodia de los pueblos de la España profunda en los años de la dictadura, pero con un nivel cultural muy elevado y un grado de ironía, surrealismo y humor absurdo muy superior a la media. Los arquetipos clásicos se ven deformados, realzados o caricaturizados de forma desternillante, por medio del discurso pedante y grandilocuente, con la aparatosidad del lenguaje formal, mezclado con frases llanas y coloquiales y refranes populares, sin orden y concierto, que pillan al espectador por sorpresa y cuya reacción pasa de la sonrisa cómplice a la carcajada. Aunque a nosostros nos encanta este pueblo y sus habitantes, reconocemos que tanto surrealismo puede atragantar a más de uno, así que avisados quedáis. También dice el señor alcalde, que José Luis Cuerda, el creador de este invento, intentó repetir jugada con otro film, “Así en el cielo como en la Tierra” en 1995, que la película tenía su gracia, con Fernando Fernán Gómez interpretando al dios de los españoles y a Jesús Bonilla como Jesucristo, pero que no alcanza el nivel de sorpresa de este primer largometraje, que es lo que pasa cuando intentan contarte un mismo chiste dos veces: que aunque sea muy bueno, no tiene la misma gracia.
Y sin nada más que decir, que cada cual se busque las habichuelas como pueda, que para algunos se acerca la hora del vermú y para otros la hora del chicharreo...
Nuestro aparato digestivo es único y necesario, así que...¡NO LO ROMPAS CON ESTÚPIDAS DIETAS!
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22.08.2008El sueño de la humanidad no es alcanzar las estrellas, sino perder peso sin que nos cueste esfuerzo. Estamos obsesionados con nuestra imagen y así nos va. Nuestro canon de belleza bordea peligrosamente la anorexia y buscamos la fórmula mágica para perder kilitos, ser más guapos, que nos quieran más y echar un clavo si se tercia. Y que conste que no culpo a los que quieran ser guapos y delgados. Estudios psicológicos demuestran que la gente es más amable con la gente físicamente guapa, lo cual es absurdo porque la última vez que conté los feos éramos más numerosos que los guapos, pero en fin, cualquiera contradice a Freud (¿o era Jüng?). En la tele y en el cine (casi) todo el mundo es impoluto, perfecto, ni le sobra ni le falta nada. Y si por casualidad triunfa alguien que no sea perfecto, se le define con aquello que desentona (ya sea nariz, obesidad, etc). Vivimos en un espejismo en el que creemos que la perfección existe, ansiamos alcanzar un estatus en el que seamos perfectos, ricos (monetariamente hablando), delgados y que nuestra mierda no huela. ¡Señoras y señores! ¡Eso es imposible! ¡Que el photoshop, el maquillaje y la iluminación hacen milagros! ¿O es que se saltan la sección del “Quore” o del “In-touch” donde pillan a los famosos in-fraganti sin maquillaje?
Del señor que ha escrito este libro (que no lo conozco ni ganas tengo) se le aprecia a la legua el truco del almendruco: “Mi dieta la siguen las estrellas de Joligüd, perdón, Hollywood” y como la mente humana es muy curiosa, si sigo la dieta de Julia Roberts...¡me convertiré en Julia Roberts! (y quien dice Julia Roberts dice también Brad Pit, que los tíos tampoco nos escapamos de la estupidez del adelgazamiento). Este señor, no sé si será médico de verdad, pero lo que tiene es más cara que espalda y se quiere hacer millonario a costa de las inseguridades del personal. Y lo mismo que este señor, todos los sinvergüenzas que se lucran jugando con las emociones e inseguridades de la gente, con dietas revolucionarias (léase “estúpidas”) que te aseguran todo por un módico precio. Y quien dice libros dice también todas estas clínicas dietéticas o como quieran llamarlas, que hay un señor con bata blanca que te dice lo que quieres oír: no vas a pasar hambre-podrás comer todo lo que quieras pero con orden-si bebes mucha agua y reduces los carbohidratos te quedarás como un figurín-y similares frases mamporreras. Y tú te gastas el dinero en la consulta y en la mierda que te quiera vender (¡sobres que si lo diluyes en agua y te lo bebes te quita el hambre!) y patatín y patatán. Y como no hay cuerpo humano que resista eso, al final tiras la toalla y encima la culpa la tienes tú, porque no tienes voluntad (y del dinero te olvidas).
En fin, como aquí parece que cualquiera puede publicar su superdieta y forrarse con los millones, pues yo también voy a publicar la mía, eso sí, gratuitamente y con la verdad por delante, que no soy un eminente doctor (ni eminente en nada, para qué nos vamos a engañar). Eso sí, lógicamente, para aquellos que padezcan una enfermedad digestiva (enfermedad de Crohn o colitis ulcerosa, enfermedad celíaca, etc.) o de otro tipo, que consulte a su médico especialista de la seguridad social.
1º. NO SOMOS ROBOTS. Somos criaturas contradictorias, bastante perezosas y tendemos al vicio. Es falso que los obesos sean obesos porque son más perezosos que los delgados. Perezosos somos todos y nos gusta comer muy guarramente. La diferencia es que tú puedes tener un metabolismo coleguita que quema más y mejor que mi metabolismo, por ejemplo. Por eso, con el paso de los años, cuando nuestro metabolismo cambia, solemos engordar más que antes comiendo lo mismo de mal. No podemos aspirar a la virtud suprema, lo único que podemos pretender es controlar más o menos el timón de nuestras vidas.
2º. Hay una pregunta que debes hacerte sinceramente: ¿POR QUÉ QUIERES PERDER PESO?. La UNICA respuesta a esta pregunta debería ser esta: por salud. Si tus intenciones son otras fracasarás con toda probabilidad. Y es bastante jodido, porque la salud es lo más importante de nuestras vidas pero no la apreciamos hasta que la perdemos.
3º. NO SOMOS ROBOTS (2ª parte). “¡Pues a partir de mañana dejo de comer chocolate con churros, los tigretones, las bebidas de cola y me pongo con agua y lechuga!” ¡Alma de cántaro, así no vas a aguantar ni dos días, que no puedes pasar de cero a cien de sopetón! Dietas realistas por favor.
-Lo primero es hacer ejercicio todos los días, y cuando digo ejercicio no digo que te vayas a los juegos olímpicos de Pekín a correr los cien metros lisos. Me refiero a que andes una hora al día, con tu novia, novio, con los chiquillos, con el perro (recoge lo que suelte, por favor) o escuchando pasodobles con el e-pod. El ejercicio es fundamental y no solo para el aparato digestivo.
-Aquí no somos tontos. Sabemos perfectamente lo que es sano y lo que es menos sano. Y no me voy a enrollar más: te metes en google image (o similares), pones “pirámide alimenticia” y te sale la pirámide: lo de abajo hay que comerlo regularmente y contra más subimos, menos debemos comerlo. Ni se os ocurra eliminar cosas de vuestra dieta. Si te gusta el chocolate con churros, pues lo sigues comiendo pero una vez a la semana. Hay que limitar aquello que no sea saludable, pero en ningún caso eliminarlo, porque entre otras cosas, no funciona: si decides cortar por lo sano, volverás al vicio en un plis plas. Recuerda que no somos robots.
-Recuerda que el objetivo es la salud, pero también la calidad de vida y el bienestar. De nada sirve tener una salud de hierro si vivimos puteados y asqueados. ¡Vicios sí, pero con moderación y equilibrio!
4º. Los niños son un mundo a parte y hay que educarlos desde que son chiquitines a través del hábito. La bollería industrial o las bebidas azucaradas con gas deberían limitarse a “momentos especiales” como celebraciones y similares, pero en ningún caso convertirlas en una costumbre diaria. Y ya sabéis, lo mejor con los hijos es dar ejemplo (ahí tenéis otro motivo para comer sano).
5º. ¿Sabéis cuál es la mejor dieta del mundo? Pasarse un puto mes y medio en un hospital a base de suero intravenoso y una dieta sin residuos y sin nada. Y eso ocurrirá si no controlas tus vicios (alimenticios y de todo tipo) desde ya. Ya sé que en cabeza ajena nadie escarmienta, pero en fin, aquí queda eso...
En fin, pido disculpas por enrollarme de esta manera y utilizar la sección de críticas como pretexto para escribir mis neuras, pero es que es un asunto muy serio y me ha salido del alma. Un saludo y perdonad por la extensión.
Del señor que ha escrito este libro (que no lo conozco ni ganas tengo) se le aprecia a la legua el truco del almendruco: “Mi dieta la siguen las estrellas de Joligüd, perdón, Hollywood” y como la mente humana es muy curiosa, si sigo la dieta de Julia Roberts...¡me convertiré en Julia Roberts! (y quien dice Julia Roberts dice también Brad Pit, que los tíos tampoco nos escapamos de la estupidez del adelgazamiento). Este señor, no sé si será médico de verdad, pero lo que tiene es más cara que espalda y se quiere hacer millonario a costa de las inseguridades del personal. Y lo mismo que este señor, todos los sinvergüenzas que se lucran jugando con las emociones e inseguridades de la gente, con dietas revolucionarias (léase “estúpidas”) que te aseguran todo por un módico precio. Y quien dice libros dice también todas estas clínicas dietéticas o como quieran llamarlas, que hay un señor con bata blanca que te dice lo que quieres oír: no vas a pasar hambre-podrás comer todo lo que quieras pero con orden-si bebes mucha agua y reduces los carbohidratos te quedarás como un figurín-y similares frases mamporreras. Y tú te gastas el dinero en la consulta y en la mierda que te quiera vender (¡sobres que si lo diluyes en agua y te lo bebes te quita el hambre!) y patatín y patatán. Y como no hay cuerpo humano que resista eso, al final tiras la toalla y encima la culpa la tienes tú, porque no tienes voluntad (y del dinero te olvidas).
En fin, como aquí parece que cualquiera puede publicar su superdieta y forrarse con los millones, pues yo también voy a publicar la mía, eso sí, gratuitamente y con la verdad por delante, que no soy un eminente doctor (ni eminente en nada, para qué nos vamos a engañar). Eso sí, lógicamente, para aquellos que padezcan una enfermedad digestiva (enfermedad de Crohn o colitis ulcerosa, enfermedad celíaca, etc.) o de otro tipo, que consulte a su médico especialista de la seguridad social.
1º. NO SOMOS ROBOTS. Somos criaturas contradictorias, bastante perezosas y tendemos al vicio. Es falso que los obesos sean obesos porque son más perezosos que los delgados. Perezosos somos todos y nos gusta comer muy guarramente. La diferencia es que tú puedes tener un metabolismo coleguita que quema más y mejor que mi metabolismo, por ejemplo. Por eso, con el paso de los años, cuando nuestro metabolismo cambia, solemos engordar más que antes comiendo lo mismo de mal. No podemos aspirar a la virtud suprema, lo único que podemos pretender es controlar más o menos el timón de nuestras vidas.
2º. Hay una pregunta que debes hacerte sinceramente: ¿POR QUÉ QUIERES PERDER PESO?. La UNICA respuesta a esta pregunta debería ser esta: por salud. Si tus intenciones son otras fracasarás con toda probabilidad. Y es bastante jodido, porque la salud es lo más importante de nuestras vidas pero no la apreciamos hasta que la perdemos.
3º. NO SOMOS ROBOTS (2ª parte). “¡Pues a partir de mañana dejo de comer chocolate con churros, los tigretones, las bebidas de cola y me pongo con agua y lechuga!” ¡Alma de cántaro, así no vas a aguantar ni dos días, que no puedes pasar de cero a cien de sopetón! Dietas realistas por favor.
-Lo primero es hacer ejercicio todos los días, y cuando digo ejercicio no digo que te vayas a los juegos olímpicos de Pekín a correr los cien metros lisos. Me refiero a que andes una hora al día, con tu novia, novio, con los chiquillos, con el perro (recoge lo que suelte, por favor) o escuchando pasodobles con el e-pod. El ejercicio es fundamental y no solo para el aparato digestivo.
-Aquí no somos tontos. Sabemos perfectamente lo que es sano y lo que es menos sano. Y no me voy a enrollar más: te metes en google image (o similares), pones “pirámide alimenticia” y te sale la pirámide: lo de abajo hay que comerlo regularmente y contra más subimos, menos debemos comerlo. Ni se os ocurra eliminar cosas de vuestra dieta. Si te gusta el chocolate con churros, pues lo sigues comiendo pero una vez a la semana. Hay que limitar aquello que no sea saludable, pero en ningún caso eliminarlo, porque entre otras cosas, no funciona: si decides cortar por lo sano, volverás al vicio en un plis plas. Recuerda que no somos robots.
-Recuerda que el objetivo es la salud, pero también la calidad de vida y el bienestar. De nada sirve tener una salud de hierro si vivimos puteados y asqueados. ¡Vicios sí, pero con moderación y equilibrio!
4º. Los niños son un mundo a parte y hay que educarlos desde que son chiquitines a través del hábito. La bollería industrial o las bebidas azucaradas con gas deberían limitarse a “momentos especiales” como celebraciones y similares, pero en ningún caso convertirlas en una costumbre diaria. Y ya sabéis, lo mejor con los hijos es dar ejemplo (ahí tenéis otro motivo para comer sano).
5º. ¿Sabéis cuál es la mejor dieta del mundo? Pasarse un puto mes y medio en un hospital a base de suero intravenoso y una dieta sin residuos y sin nada. Y eso ocurrirá si no controlas tus vicios (alimenticios y de todo tipo) desde ya. Ya sé que en cabeza ajena nadie escarmienta, pero en fin, aquí queda eso...
En fin, pido disculpas por enrollarme de esta manera y utilizar la sección de críticas como pretexto para escribir mis neuras, pero es que es un asunto muy serio y me ha salido del alma. Un saludo y perdonad por la extensión.
21.08.2008Sin duda alguna, “El fantasma del paraíso” es la película más bizarra y personal de este director de cine, que de mayor quería ser Alfred Hitchcock. Imposible definirla con una sola palabra: ¿una visión irónica y brutal del despiadado mundo de las compañías discográficas? ¿una revisión pop-rock de obras clásicas como “El fantasma de la ópera”, “Fausto” y “El retrato de Dorian Gray”? ¿Una mezcla rara, barroca y delirante del romanticismo decimonónico y la estética de los super-héroes? ¿un musical que es comedia pero también hay tragedia, surrealismo, horror y drama? Todo eso y me quedo corto. “El fantasma del paraíso” es una obra de culto e invito a quienes no la hayan visto a que le echen un vistazo.
No obstante, me es imposible ver (y comentar) esta película sin compararla con otra película de culto que también es un musical y que también une terror con comedia con drama y con surrealismo. ¿A qué película me estoy refiriendo? Por supuesto, a “The Rocky Horror Picture Show” (1975) de Jim Sharman y Richard O´Brian. Porque todas las comparaciones son odiosas y cada fan dirá que “su película” es mejor que la otra. Y en cuestiones de gusto yo no entro, pero cuando se dice por ahí que “The Rocky Horror Picture Show” toma elementos de “El fantasma del paraíso” por el mero hecho de estrenarse un año después del film de Brian de Palma, pues no saben muy bien lo que están diciendo, porque el parecido entre las dos películas es meramente formal ya que ni la música ni el mensaje ni el estilo (ni nada) se parecen ni remotamente. Y no es “The Rocky Horror Picture Show” consecuencia de “El fantasma del paraíso” sino más bien al contrario.
Recordemos que la película “The Rocky Horror Picture Show” es una adaptación de una obra de teatro británica estrenada en 1973 (o sea, un año antes de “El fantasma del Paraíso”). El estilo musical y estético de “The Rocky...” se denomina Glam (caracterizado por la ambigüedad sexual y el exceso en todos los sentidos) y este estilo (junto al musical de Richard O´Brian) no tardó en cruzar el charco y causar sensación en Estados Unidos. Obviamente el Glam no era del gusto de Brian de Palma y en “El fantasma del paraíso” se cachondea de forma directa del Glam, ridiculizándolo de mala manera. Es más, parte de la película es una crítica a The Rocky Horror Picture Show y al éxito que tuvo en Estados Unidos. Uno de los personajes de “El fantasma del paraíso” es un cantante glam, representado por el director como una “mariquita loca” afeminado y cobarde. Y su interpretación musical es una parodia de “Frankestein” (mira tú qué casualidad, como “The Rocky Horror Picture Show”).
Debo reconocer que el apartado musical de “El fantasma del Paraíso” no me acaba de gustar (y que conste que no cuestiono su calidad). El rock que defiende Brian de Palma en su película es un rock con mensaje pero también discotequero, un tanto hippie (y bastante aburrido, por otra parte), encarnado en la sosa cantante protagonista del film, Jessica Harper (¿es su verdadera voz?), que dio el cante en la película “Suspiria” (para nada la mejor de Argento, que conste), una muchachita-hippie-pija que abomina de las drogas y de la sexualidad y que será corrompida por las compañías discográficas, perdiendo de esta manera su inocencia virginal y bla, bla, bla, pero que al final verá la luz y volverá al buen camino de la decencia y la rectitud. El protagonista del film, Paul Williams, cojea de la misma pierna. Un artista genial más tonto que Abundio que será corrompido y destruido por las drogas, el sexo y la ambigüedad.
Seguramente no os habréis dado cuenta, pero me gusta mucho más “The Rocky Horror Picture Show” que “El fantasma del paraíso”. No obstante, como dije en el primer párrafo de la crítica, el film de Brian de Palma es una de esas obras cinematográficas tan raras y estrafalarias que merece la pena verla. Y a los que le guste el Brian de Palma de toda la vida, que no se preocupen: la cabra siempre tira para el monte y en esta película también hay una pantalla partida (plan “24”), una escena con un francotirador y un homenaje a Hitchcock. Que uno puede ser muy revolucionario y alternativo pero manteniéndose fiel a sus raíces.
Lo dicho: “El fantasma del paraíso”, genial “rara avis” (pero con los puntos sobre las íes).
No obstante, me es imposible ver (y comentar) esta película sin compararla con otra película de culto que también es un musical y que también une terror con comedia con drama y con surrealismo. ¿A qué película me estoy refiriendo? Por supuesto, a “The Rocky Horror Picture Show” (1975) de Jim Sharman y Richard O´Brian. Porque todas las comparaciones son odiosas y cada fan dirá que “su película” es mejor que la otra. Y en cuestiones de gusto yo no entro, pero cuando se dice por ahí que “The Rocky Horror Picture Show” toma elementos de “El fantasma del paraíso” por el mero hecho de estrenarse un año después del film de Brian de Palma, pues no saben muy bien lo que están diciendo, porque el parecido entre las dos películas es meramente formal ya que ni la música ni el mensaje ni el estilo (ni nada) se parecen ni remotamente. Y no es “The Rocky Horror Picture Show” consecuencia de “El fantasma del paraíso” sino más bien al contrario.
Recordemos que la película “The Rocky Horror Picture Show” es una adaptación de una obra de teatro británica estrenada en 1973 (o sea, un año antes de “El fantasma del Paraíso”). El estilo musical y estético de “The Rocky...” se denomina Glam (caracterizado por la ambigüedad sexual y el exceso en todos los sentidos) y este estilo (junto al musical de Richard O´Brian) no tardó en cruzar el charco y causar sensación en Estados Unidos. Obviamente el Glam no era del gusto de Brian de Palma y en “El fantasma del paraíso” se cachondea de forma directa del Glam, ridiculizándolo de mala manera. Es más, parte de la película es una crítica a The Rocky Horror Picture Show y al éxito que tuvo en Estados Unidos. Uno de los personajes de “El fantasma del paraíso” es un cantante glam, representado por el director como una “mariquita loca” afeminado y cobarde. Y su interpretación musical es una parodia de “Frankestein” (mira tú qué casualidad, como “The Rocky Horror Picture Show”).
Debo reconocer que el apartado musical de “El fantasma del Paraíso” no me acaba de gustar (y que conste que no cuestiono su calidad). El rock que defiende Brian de Palma en su película es un rock con mensaje pero también discotequero, un tanto hippie (y bastante aburrido, por otra parte), encarnado en la sosa cantante protagonista del film, Jessica Harper (¿es su verdadera voz?), que dio el cante en la película “Suspiria” (para nada la mejor de Argento, que conste), una muchachita-hippie-pija que abomina de las drogas y de la sexualidad y que será corrompida por las compañías discográficas, perdiendo de esta manera su inocencia virginal y bla, bla, bla, pero que al final verá la luz y volverá al buen camino de la decencia y la rectitud. El protagonista del film, Paul Williams, cojea de la misma pierna. Un artista genial más tonto que Abundio que será corrompido y destruido por las drogas, el sexo y la ambigüedad.
Seguramente no os habréis dado cuenta, pero me gusta mucho más “The Rocky Horror Picture Show” que “El fantasma del paraíso”. No obstante, como dije en el primer párrafo de la crítica, el film de Brian de Palma es una de esas obras cinematográficas tan raras y estrafalarias que merece la pena verla. Y a los que le guste el Brian de Palma de toda la vida, que no se preocupen: la cabra siempre tira para el monte y en esta película también hay una pantalla partida (plan “24”), una escena con un francotirador y un homenaje a Hitchcock. Que uno puede ser muy revolucionario y alternativo pero manteniéndose fiel a sus raíces.
Lo dicho: “El fantasma del paraíso”, genial “rara avis” (pero con los puntos sobre las íes).
Las jamonas del “Un-Dos-Tres".
Rating: 5
20.08.2008Película friki española habemus. “El buque maldito” de Amando de Ossorio es una película de terror tan mala tan mala que con el paso de los años se ha convertido en un icono pop de la cultura friki general, como el Batman televisivo de Adam West o la saga enterita de Santo, el enmascarado de plata. No obstante, si el bueno de Santo o el hippie Hombre Murciélago tenían un carácter inocentemente estrafalario y “camp”, “El buque maldito” de inocente no tiene nada, ya que es fruto de 40 años de sexualidad reprimida. Pongámonos en situación: 1974, el ¡invicto caudillo! aún está vivo (más o menos) balbuceando incoherencias y firmando sentencias de muerte. A su derecha está la iglesia católica, castrando a todos y a cada uno de los españoles con su hipócrita moralina e inmiscuyéndose en la vida de los católicos y, sobretodo, de los no-católicos. El divorcio no está legalizado, la homosexualidad es un delito, a las mujeres hay que atarlas en corto, que por su culpa echaron a Adán del paraíso y la censura impide cualquier manifestación erótico-festiva (o cualquier otro tipo de manifestación que se saliese del orden establecido). Y como mostrar un pezón en pantalla era pecado mortal, las productoras de cine, para ganar dinero fácil, no tenían otra opción que poner lo único que se podía enseñar en esa época: muslamen. Y aquí el argumento de “El buque maldito” es genial (genial por decir algo, porque la plasmación de la sexualidad en la película es burda, tosca, torpe, gratuita y ridícula)(aunque así hace más gracia).
La peli empieza con una calavera cornuda con los ojos rojos y de fondo se escucha una música tétrica medieval, algo así como los monjes de Silos pero con el demonio dentro, como diciendo: “que sí, que sé a lo que veníis pero la película también es de susto”. Justo después...¡primer muslamen! para que los señores no se aburran: en una sesión fotográfica tres muchachas exhiben unos bikinis microscópicos pero decentes. Al final de la sesión fotográfica, una de las modelos llamada Noemí (interpretada por una irreconocible Bárbara Rey pre-cirugía estética y pre-Ángel Cristo) pregunta a la jefa de la agencia de modelos que dónde está Cathy, que también es modelo y lleva varios días desaparecida (y uno no sabe si Bárbara Rey y la Cathy son amigas o están liadas. ¡uyyy qué morbo!). La jefa de la agencia le dice que Cathy está haciendo un trabajito especial (y aquí todos los espectadóres ya estaban haciéndo cábalas y relamiéndose: “je, je, sí sí, un “trabajito especial”). Pues no, el trabajito es el siguiente: a un millonetis constructor de lanchas se le ha ocurrido la genial idea de coger a dos modelos, soltarlas en mitad del océano con una de sus lanchas y esperar a que un barco las rescate por casualidad ¿que por qué? En teoría es un truco publicitario para promocionar su lancha sin que le cueste un duro, en la práctica es otra excusa del director para seguir mostrando muchachas potentes en bikini.
Pues bien, sigo. Las dos modelos acuáticas de pronto encuentran un galeote del siglo XVI (más bien una maqueta bastante cutre) y un montón de niebla. El galeote golpéa la lancha y le hace una brecha y las modelos se ven obligadas a subir al barco pero antes avisan por radio al millonetis. El millonetis decide ir en su búsqueda y se lleva consigo a su guardaespaldas (que por lo visto le guarda algo más que las espaldas, en fin, que parece que son mariquitas. ¡uyyyy, qué morbo!) (aunque el guardaespaldas creo yo que es bisexual, porque también le mete mano a Bárbara Rey). También van la jefa de modelos, Bárbara Rey (a ésta la secuestran para que no se chive a la prensa) y también va un experto en meteorología que es un fenómeno el hombre porque lo mismo sabe del tiempo atmosférico como de dimensiones alternativas como de latín como de sectas medievales y de zombis templarios. En fin, juntos y revueltos (y ellas enseñando cacha) encuentran el barco y ni rastro de las chicas en bikini. Por la noche Bárbara Rey se pone a buscar a su amiga por el barco y claro, quien la busca la consigue: de unos ataúdes le sale una docenita de zombies-templarios esqueléticos dispuestos a matarla y, de paso, a meterle mano. Después de matarla se van a dormir de nuevo, que después de la cena no les gusta trasnochar. A la noche siguiente, el meteorólogo erudito encuentra un pergamino que explica toda la historia del barco: es el refugio de los últimos miembros de una secta maligna medieval templaria y que el barco está en otro plano de existencia y que no pueden huir. De pronto los zombi-templarios salen de sus tumbas pero el meteorólogo erudito los espanta con una cruz en llamas (pero ¿los bichos qué son? ¿zombies o vampiros?). A la mañana siguiente deciden tirar los ataudes al mar y de esta manera se rompe el maleficio y de paso encuentran un tesoro. Todos deciden saltar por la borda y llegar nadando a la orilla, menos el meteorólogo, que con lo listo que es no sabe nadar. Justo cuando saltan al agua, la calavera cornuda de los ojos rojos que salía al principio se cabrea y quema la maqueta del barco (y el meteorólogo se muere churruscado). El guardaespaldas bisexual intenta matar a los otros dos para quedarse el tesoro, pero también muere. Al final, la jefa de la agencia de modelos y el millonetis marillende llegan a la orilla, pero también están...¡los zombies-templarios! que por lo visto sabían nadar y al final los matan a los dos y fin y se acabó (aunque hicieron otra parte, titulada “La noche de las cien gaviotas” que narra las andanzas de los zombies-templarios por la costa, persiguiéndo a más muchachas en bikini).
En fin, “El buque maldito” es un film imprescindible para aquellas veladas etílicas con los amigotes, porque en sereno aburre bastante, pero “achispado” la carcajada está asegurada. Y para los que le vaya la marcha jamonera, a parte de este film y el de las gaviotas, Amando de Ossorio también hizo previamente dos películas que precenden a la del buque y que son “La noche del terror ciego” (1971) (que he leído yo en interner que Peter Jackson le copió a Amando de Ossorio la persecución a caballo de los Nazgul de “La comunidad del anillo”) y “El ataque de los muertos sin ojos” (1973), formando las cuatro películas la mítica tetralogía templaria de Amando de Ossorio, serie B casposa española pero B mayúscula, al fin y al cabo.
La peli empieza con una calavera cornuda con los ojos rojos y de fondo se escucha una música tétrica medieval, algo así como los monjes de Silos pero con el demonio dentro, como diciendo: “que sí, que sé a lo que veníis pero la película también es de susto”. Justo después...¡primer muslamen! para que los señores no se aburran: en una sesión fotográfica tres muchachas exhiben unos bikinis microscópicos pero decentes. Al final de la sesión fotográfica, una de las modelos llamada Noemí (interpretada por una irreconocible Bárbara Rey pre-cirugía estética y pre-Ángel Cristo) pregunta a la jefa de la agencia de modelos que dónde está Cathy, que también es modelo y lleva varios días desaparecida (y uno no sabe si Bárbara Rey y la Cathy son amigas o están liadas. ¡uyyy qué morbo!). La jefa de la agencia le dice que Cathy está haciendo un trabajito especial (y aquí todos los espectadóres ya estaban haciéndo cábalas y relamiéndose: “je, je, sí sí, un “trabajito especial”). Pues no, el trabajito es el siguiente: a un millonetis constructor de lanchas se le ha ocurrido la genial idea de coger a dos modelos, soltarlas en mitad del océano con una de sus lanchas y esperar a que un barco las rescate por casualidad ¿que por qué? En teoría es un truco publicitario para promocionar su lancha sin que le cueste un duro, en la práctica es otra excusa del director para seguir mostrando muchachas potentes en bikini.
Pues bien, sigo. Las dos modelos acuáticas de pronto encuentran un galeote del siglo XVI (más bien una maqueta bastante cutre) y un montón de niebla. El galeote golpéa la lancha y le hace una brecha y las modelos se ven obligadas a subir al barco pero antes avisan por radio al millonetis. El millonetis decide ir en su búsqueda y se lleva consigo a su guardaespaldas (que por lo visto le guarda algo más que las espaldas, en fin, que parece que son mariquitas. ¡uyyyy, qué morbo!) (aunque el guardaespaldas creo yo que es bisexual, porque también le mete mano a Bárbara Rey). También van la jefa de modelos, Bárbara Rey (a ésta la secuestran para que no se chive a la prensa) y también va un experto en meteorología que es un fenómeno el hombre porque lo mismo sabe del tiempo atmosférico como de dimensiones alternativas como de latín como de sectas medievales y de zombis templarios. En fin, juntos y revueltos (y ellas enseñando cacha) encuentran el barco y ni rastro de las chicas en bikini. Por la noche Bárbara Rey se pone a buscar a su amiga por el barco y claro, quien la busca la consigue: de unos ataúdes le sale una docenita de zombies-templarios esqueléticos dispuestos a matarla y, de paso, a meterle mano. Después de matarla se van a dormir de nuevo, que después de la cena no les gusta trasnochar. A la noche siguiente, el meteorólogo erudito encuentra un pergamino que explica toda la historia del barco: es el refugio de los últimos miembros de una secta maligna medieval templaria y que el barco está en otro plano de existencia y que no pueden huir. De pronto los zombi-templarios salen de sus tumbas pero el meteorólogo erudito los espanta con una cruz en llamas (pero ¿los bichos qué son? ¿zombies o vampiros?). A la mañana siguiente deciden tirar los ataudes al mar y de esta manera se rompe el maleficio y de paso encuentran un tesoro. Todos deciden saltar por la borda y llegar nadando a la orilla, menos el meteorólogo, que con lo listo que es no sabe nadar. Justo cuando saltan al agua, la calavera cornuda de los ojos rojos que salía al principio se cabrea y quema la maqueta del barco (y el meteorólogo se muere churruscado). El guardaespaldas bisexual intenta matar a los otros dos para quedarse el tesoro, pero también muere. Al final, la jefa de la agencia de modelos y el millonetis marillende llegan a la orilla, pero también están...¡los zombies-templarios! que por lo visto sabían nadar y al final los matan a los dos y fin y se acabó (aunque hicieron otra parte, titulada “La noche de las cien gaviotas” que narra las andanzas de los zombies-templarios por la costa, persiguiéndo a más muchachas en bikini).
En fin, “El buque maldito” es un film imprescindible para aquellas veladas etílicas con los amigotes, porque en sereno aburre bastante, pero “achispado” la carcajada está asegurada. Y para los que le vaya la marcha jamonera, a parte de este film y el de las gaviotas, Amando de Ossorio también hizo previamente dos películas que precenden a la del buque y que son “La noche del terror ciego” (1971) (que he leído yo en interner que Peter Jackson le copió a Amando de Ossorio la persecución a caballo de los Nazgul de “La comunidad del anillo”) y “El ataque de los muertos sin ojos” (1973), formando las cuatro películas la mítica tetralogía templaria de Amando de Ossorio, serie B casposa española pero B mayúscula, al fin y al cabo.
Hiel.
Rating: 9
19.08.2008En el fondo nada importa. Y es muy duro aceptarlo, porque nosotros somos el centro del universo. En este planeta hay seis mil millones de centros del universo y cada uno analiza el mundo desde su propio punto de vista. Poseemos una escala de valores que creemos propia, pero que en realidad ha sido impuesta durante generaciones por el peso de la tradición, el miedo, los prejuicios y los intereses creados. Nuestras creencias son mentiras y nuestra moral es un fraude. Creemos querer la verdad pero nos equivocamos, porque cuando experimentamos esa verdad, desesperadamente deseamos volver a creer otra mentira, una mentira piadosa que nos motive a seguir viviendo un día más en paz con nosotros mismos. Nada importa porque en última instancia todos somos prescindibles y cuando ya no estemos aquí nuestro recuerdo será menos que nada, quizás un sentimiento que pueda reconfortar a la persona amada, pero poco más. Creemos que podemos ser un referente para otras personas, creemos en la ilusión de afectar de alguna manera en la vida de los que nos rodean, creemos que nos querrán por lo que somos y no por lo que tenemos. Y creemos que podremos superar las barreras sin saber que nos hemos acostumbrado a vivir aplastado por esas mismas barreras, porque en el fondo creemos que son necesarias.
Creemos que vivimos la vida pero en realidad la vida nos arrastra sin piedad. La mayoría de las veces lo ignoramos, otras lo aceptamos, y otras veces intentamos negarlo a través del distanciamiento, de la ironía, de creernos diferentes a los que nos rodean porque creemos que el conocimiento nos hace superior a esa marea que nos arrastra. Y detrás de esa marea encontramos la brutalidad de las relaciones humanas, el intento de abstracción a cualquier precio, la terrible proximidad de la materia que no conoce la dignidad ni la piedad, la sexualidad como alivio vacío y agresión velada y el paraíso hedonista autodestructivo. Y cuando todo falla, volvemos patéticamente nuestra vista a la infancia perdida, a la ausencia de responsabilidades, a un estado pre-sexual idílico, inocente y lleno de mentiras. Una gran basura que no conduce a nada constructivo, sólo a retozar obscenamente en recuerdos de una enorme frivolidad disfrazados de ternura.
Holden me cae fatal. Es un niñato que merece que le den dos hostias. Su constante lloriqueo me resulta insoportable y su patética actitud victimista y elitista me da nauseas.
Maldito seas, Salinger, por reflejarnos tan bien.
Creemos que vivimos la vida pero en realidad la vida nos arrastra sin piedad. La mayoría de las veces lo ignoramos, otras lo aceptamos, y otras veces intentamos negarlo a través del distanciamiento, de la ironía, de creernos diferentes a los que nos rodean porque creemos que el conocimiento nos hace superior a esa marea que nos arrastra. Y detrás de esa marea encontramos la brutalidad de las relaciones humanas, el intento de abstracción a cualquier precio, la terrible proximidad de la materia que no conoce la dignidad ni la piedad, la sexualidad como alivio vacío y agresión velada y el paraíso hedonista autodestructivo. Y cuando todo falla, volvemos patéticamente nuestra vista a la infancia perdida, a la ausencia de responsabilidades, a un estado pre-sexual idílico, inocente y lleno de mentiras. Una gran basura que no conduce a nada constructivo, sólo a retozar obscenamente en recuerdos de una enorme frivolidad disfrazados de ternura.
Holden me cae fatal. Es un niñato que merece que le den dos hostias. Su constante lloriqueo me resulta insoportable y su patética actitud victimista y elitista me da nauseas.
Maldito seas, Salinger, por reflejarnos tan bien.
18.08.2008“Con mi garfio por mano, te abriré en canal desde la ingle hasta el esófago”, era la carta de presentación de Candyman, el hombre de los caramelos, esa simpática leyenda urbana literaria creada por el cenobita Clive Barker en el relato “Lo prohibido” perteneciente a su célebre antología (y un poco sobrevalorada a mi modesto entender) "Libros de sangre" y adaptada al fotograma por el director Bernard Rose, muy conocido en su casa a la hora de comer pero que a nivel profesional, con escasas excepciones, tampoco es que sea muy conocido, (y es una lástima, porque esta película le salió redonda).
“Candyman, el dominio de la mente” es una de esas joyas ocultas del cine de terror de los 90, una década en la que el cine de género estaba de capa caída y la calidad brillaba por su ausencia. Esta película mezcla de manera excepcional el terror psicológico con el gore de buen gusto, la poesía trágica, siniestra y romántica con la miseria y la sordidez, el horror metafísico con el descuartizamiento mundano y directo. Y todo ello enmarcado en el fascinante mundo de las leyendas urbanas y las tradiciones populares macabras.
Como ya señalé en mi comentario sobre “Leyendas urbanas en España” (escrito por Antonio Ortí y Josep Sampere) toda leyenda urbana encierra en mayor o menor medida un trasfondo moralista conservador o directamente reaccionario. Las víctimas de estas leyendas suelen ser promiscuos, adúlteros, drogadictos o todo a la vez, y el castigo es consecuencia de sus excesos. Hay otras leyendas que intentan sumir a la persona en el cenegal de la superstición, leyendas que hablan de criaturas sobrenaturales y de ritos convocatorios. La víctima en este caso es un incauto que realizó el rito para desenmascarar el fraude y al final murió por su incredulidad. La moralina de estos cuentos es muy clara: “no juegues con los asuntos del más allá” (y quien dice “más allá” dice espíritus, demonio, diablo y por extensión, dios, iglesia, diezmo, etc). Pues bien, Candyman es una mezcla de estos dos tipos de leyenda urbana. La primera, la leyenda del garfio: dos adolescentes están teniendo relaciones prematrimoniales en un coche y escuchan por radio que un loco con garfio se ha escapado del manicomio (y al final uno o los dos mueren por promiscuos y degenerados ¡qué juventú más loca!). La segunda leyenda es la de nuestra querida amiga Verónica, Mary Wroth para los angloparlantes, una niña siniestra y metafísica que aparece si se la convoca y en el ritual hay un espejo de por medio y, según algunas versiones, hay que decir su nombre 3 veces. Candyman tiene un garfio por mano y aparece de la nada cuando alguien pronuncia su nombre 5 veces delante del espejo. Y como toda buena leyenda urbana, la “realidad” en la que se fundamenta esta leyenda es trágicamente romántica: en el siglo XIX, en Estados Unidos, el hijo pintor de un esclavo negro retrata a la hija de un terrateniente del lugar. Artista y modelo se enamoran y ella queda embarazada. El padre se entera y ordena que maten al muchacho, torturándole previamente, cortando su mano y sustituyéndola por un garfio. Tras horas de maltrato y escarnio público, el joven pintor es quemado vivo. Por este motivo el alma en pena del pintor exige una perpetua venganza, manifestándose cuando su nombre es repetido cinco veces delante de un espejo. No importa que seas culpable o inocente, creyente o agnóstico: Candyman aparecerá de la nada y te abrirá en canal con su garfio oxidado, derramando tu sangre y tus entrañas por el suelo. Qué susto.
La primera mitad del film es un buen thriller psicológico sin aspectos paranormales: la protagonista, Hellen (interpretada por Virginia Madsen) está escribiendo una tesis doctoral sobre las leyendas urbanas y se obsesiona con la leyenda de Candyman. Visita el barrio donde se supone que suele aparecer, un barrio marginal de la ciudad, donde la pobreza y la delincuencia se ha impuesto desde hace muchos años. Finalmente Hellen es agredida por una banda local, que utiliza el nombre de Candyman para asustar a la gente y cometer sus crímenes con impunidad. Con la declaración de Hellen, la policía desarticula la banda y el barrio de Cabrini deja de creer en el implacable hombre de los caramelos. No obstante, Hellen no tardará en recibir la visita del auténtico Candyman (interpretado por Tony Todd), furioso porque su leyenda terrible ya no infunde miedo a la gente, por lo que se verá obligado a derramar sangre inocente para que su nombre vuelva a ser temido y su leyenda cobre vida de nuevo. Sin embargo, una siniestra sospecha pende durante esta segunda parte del film ¿existe Candyman realmente o es Hellen, perturbada por su obsesión por Candyman, quien comete los brutales asesinatos?
“Candyman, el dominio de la mente” es una gran película de terror: asusta y conmociona sin recurrir a lo vulgar ni a lo explícito, con un guión sólido y una banda sonora genial (compuesta por Phillip Glass) que te produce escalofríos y que eleva el horror elemental de las imágenes del film. Personalmente me encanta su soberbio final, la única nota de humor negro que posee el film, una auténtica “vuelta de tuerca” que te estremece por lo horrible que es, y que supone un punto y final a las andanzas del hombre de los caramelos. No obstante, el dinero es muy goloso y, ¡cómo no!, realizaron una segunda y tercera parte (y la cuarta para el 2010, según interner), con una calidad inversamente proporcional al film original (aunque hablo de oídas. Yo tiré la toalla tras ver la segunda parte).
Pero eso no impide que disfrutemos de nuestra pequeña joya gótica con morbosa delectación. "Mr. Sandman, bring me a dream..."
“Candyman, el dominio de la mente” es una de esas joyas ocultas del cine de terror de los 90, una década en la que el cine de género estaba de capa caída y la calidad brillaba por su ausencia. Esta película mezcla de manera excepcional el terror psicológico con el gore de buen gusto, la poesía trágica, siniestra y romántica con la miseria y la sordidez, el horror metafísico con el descuartizamiento mundano y directo. Y todo ello enmarcado en el fascinante mundo de las leyendas urbanas y las tradiciones populares macabras.
Como ya señalé en mi comentario sobre “Leyendas urbanas en España” (escrito por Antonio Ortí y Josep Sampere) toda leyenda urbana encierra en mayor o menor medida un trasfondo moralista conservador o directamente reaccionario. Las víctimas de estas leyendas suelen ser promiscuos, adúlteros, drogadictos o todo a la vez, y el castigo es consecuencia de sus excesos. Hay otras leyendas que intentan sumir a la persona en el cenegal de la superstición, leyendas que hablan de criaturas sobrenaturales y de ritos convocatorios. La víctima en este caso es un incauto que realizó el rito para desenmascarar el fraude y al final murió por su incredulidad. La moralina de estos cuentos es muy clara: “no juegues con los asuntos del más allá” (y quien dice “más allá” dice espíritus, demonio, diablo y por extensión, dios, iglesia, diezmo, etc). Pues bien, Candyman es una mezcla de estos dos tipos de leyenda urbana. La primera, la leyenda del garfio: dos adolescentes están teniendo relaciones prematrimoniales en un coche y escuchan por radio que un loco con garfio se ha escapado del manicomio (y al final uno o los dos mueren por promiscuos y degenerados ¡qué juventú más loca!). La segunda leyenda es la de nuestra querida amiga Verónica, Mary Wroth para los angloparlantes, una niña siniestra y metafísica que aparece si se la convoca y en el ritual hay un espejo de por medio y, según algunas versiones, hay que decir su nombre 3 veces. Candyman tiene un garfio por mano y aparece de la nada cuando alguien pronuncia su nombre 5 veces delante del espejo. Y como toda buena leyenda urbana, la “realidad” en la que se fundamenta esta leyenda es trágicamente romántica: en el siglo XIX, en Estados Unidos, el hijo pintor de un esclavo negro retrata a la hija de un terrateniente del lugar. Artista y modelo se enamoran y ella queda embarazada. El padre se entera y ordena que maten al muchacho, torturándole previamente, cortando su mano y sustituyéndola por un garfio. Tras horas de maltrato y escarnio público, el joven pintor es quemado vivo. Por este motivo el alma en pena del pintor exige una perpetua venganza, manifestándose cuando su nombre es repetido cinco veces delante de un espejo. No importa que seas culpable o inocente, creyente o agnóstico: Candyman aparecerá de la nada y te abrirá en canal con su garfio oxidado, derramando tu sangre y tus entrañas por el suelo. Qué susto.
La primera mitad del film es un buen thriller psicológico sin aspectos paranormales: la protagonista, Hellen (interpretada por Virginia Madsen) está escribiendo una tesis doctoral sobre las leyendas urbanas y se obsesiona con la leyenda de Candyman. Visita el barrio donde se supone que suele aparecer, un barrio marginal de la ciudad, donde la pobreza y la delincuencia se ha impuesto desde hace muchos años. Finalmente Hellen es agredida por una banda local, que utiliza el nombre de Candyman para asustar a la gente y cometer sus crímenes con impunidad. Con la declaración de Hellen, la policía desarticula la banda y el barrio de Cabrini deja de creer en el implacable hombre de los caramelos. No obstante, Hellen no tardará en recibir la visita del auténtico Candyman (interpretado por Tony Todd), furioso porque su leyenda terrible ya no infunde miedo a la gente, por lo que se verá obligado a derramar sangre inocente para que su nombre vuelva a ser temido y su leyenda cobre vida de nuevo. Sin embargo, una siniestra sospecha pende durante esta segunda parte del film ¿existe Candyman realmente o es Hellen, perturbada por su obsesión por Candyman, quien comete los brutales asesinatos?
“Candyman, el dominio de la mente” es una gran película de terror: asusta y conmociona sin recurrir a lo vulgar ni a lo explícito, con un guión sólido y una banda sonora genial (compuesta por Phillip Glass) que te produce escalofríos y que eleva el horror elemental de las imágenes del film. Personalmente me encanta su soberbio final, la única nota de humor negro que posee el film, una auténtica “vuelta de tuerca” que te estremece por lo horrible que es, y que supone un punto y final a las andanzas del hombre de los caramelos. No obstante, el dinero es muy goloso y, ¡cómo no!, realizaron una segunda y tercera parte (y la cuarta para el 2010, según interner), con una calidad inversamente proporcional al film original (aunque hablo de oídas. Yo tiré la toalla tras ver la segunda parte).
Pero eso no impide que disfrutemos de nuestra pequeña joya gótica con morbosa delectación. "Mr. Sandman, bring me a dream..."
16.08.2008“Mad Max 2” es como “Mad Max 1” pero multiplicado por un millón. Se desprende de los aspectos superfluos del anterior film y se centra en el cogollo del asunto: violencia gratuita y descerebrada, coches rápidos y potentes, decadencia extrema del sistema capitalista y mucho mucho mucho humor negro. Cuando uno ve este film, no puede evitar horrorizarse y divertirse, todo al mismo tiempo. Es una película tan excesiva, tan grotesca, tan absurdamente chillona y “trash-kitsch” que a nadie deja indiferente.
Max Rockatansky, acompañado de su fiel perro, recorre el salvaje e incivilizado páramo australiano conduciendo el último Interceptor V-8, el más mejor coche del mundo. Sin sueños ni esperanzas, la única motivación de Max es conseguir gasolina para seguir huyendo hacia la nada. Una tarde descubre una pequeña colonia que posee grandes reservas de petróleo, pero dicha colonia está siendo asediada por una pandilla de vándalos punkis ultraviolentos sexualmente ambiguos liderados por El Gran Humungus, un culturista con problemas de alopecia fan de Jason Voorhees. Max revivirá los viejos tiempos en los que atropellaba a punkis y se unirá a los colonos en su lucha contra El Gran Humungus.
La película es una maravilla de principio a fin. Comienza con un resumen de la primera parte, recuerdos de un anciano que revive sus años de juventud y que mezcla realidades con fantasías, forjando así la leyenda de Max, el guerrero de la carretera. Acto seguido, sin más preámbulos, vemos la primera persecución del film: Max es acosado por varios punkis. Una escena rápida y brutal que acaba insatisfactoriamente para ambos bandos pero que establecerá la relación de odio entre los dos antagonistas: Max y Wez el punki de manual (que buscas punki en el diccionario y sale su foto: cresta a lo “último mohicano”, cara de mala hostia y cuero negro ajustado). La naturaleza salvaje y desierta del páramo australiano y su aplastante inmensidad son los protagonistas absolutos, enmarcando los últimos vestigios de una civilización que ya ha finalizado: una carretera desierta y los restos de varios vehículos. A medida que avanza el film, estos vestigios de civilización desaparecen progresivamente siendo sustituidos por un salvajismo elemental, grotesco y desvergonzado. Gobiernos han sido sustituidos por tribus teocráticas (El Gran Humungus va de mesías por la vida) y la relación entre los seres humanos es violenta y despiadada. La única esperanza es un paraíso lejano (siempre es lejano), un lugar donde poder escapar y recuperar sus vidas, un lugar que realmente no existe pero que resulta imprescindible para conservar las ganas de vivir. Pero Max vive ajeno a todo esto. Ni siente ni padece por nadie. Ya nada importa y solo quiere gasolina para seguir su demencial viaje a ninguna parte. Sólo cuando los punkis le despojan de su último gramo de orgullo, decide ponerse del lado de los colonos (aunque, por otra parte ¿qué opción le quedaba?).
Y al final, la mejor persecución de vehículos jamás rodada en la historia del cine. Un resumen impecable de toda la película, llena de muertes innecesarias, coches y motos destrozados, acción desenfrenada y angustiosa y un final abrupto, brutal y estéril. Una mezcla desordenada, confusa y genial de imágenes y sensaciones, de bestialidades y heroísmos, todo imbuido de una épica añeja y crepuscular, consagrando al personaje de Mel Gibson como uno de los mejores anti-héroes del cine: Max el loco, una leyenda maldita, trágica y terriblemente carismática.
El éxito y la proyección en la cultura popular de “Mad Max 2” fue indiscutible. Surgieron multitud de copias que desgraciadamente se quedaban en la superficie del invento, sencillamente plagiaban la estética punk-decadente y la despojaban del humor y del absurdo imprescindible del film, aumentando, eso sí, la violencia a unos niveles crudos repugnantes. Incluso, me acuerdo yo, Renault hizo un anuncio de televisión parodiando la película, que salía un punki destrozando un coche y de pronto salía el Renault, todo nuevecito y el Punki no podía romperlo de lo resistente que era el coche, y el eslogan era: “Renault: ¡se lo carga todo!”. Incluso algunos (como Jesús Palacios, popular escritor y crítico cinematográfico) ven en “Mad Max 2” una película de culto gay. Lo dicho, como la primera parte, interpretaciones y lecturas múltiples y variopintas, propias de un clásico ecléctico y de culto. George Miller rodó una de las mejores películas del “fantastique” mundial, referente indiscutible del cine friki y no tan friki, una obra maestra excesiva, única y excepcional.
No obstante, y dicho suavemente, el estado de gracia de George Miller acabó con esta película. En 1985 rodaría la tercera parte: “Mad Max 3. Más allá de la cúpula del trueno”, que aunque es la continuación lógica de la saga, para mí resultó una completa decepción, un Mad Max para todos los públicos, demasiado suave para lo que nos tenían acostumbrados (aunque reconozco que la película es una obra más que digna y desde aquí pido a Felmanuel que escriba una crítica sobre “Mad Max 3” defendiendo sus virtudes). Y después poco más...ah, sí, George Miller dirigió la secuela de esa obra conceptual del cine contemporáneo intitulada: “Babe, el cerdito valiente” (no es broma).
Pero ahí quedará para siempre “Mad Max 2”, una película atemporal que no envejece con el paso de los años y que sigue transmitiendo las mismas emociones de caos, locura y diversión.
Max Rockatansky, acompañado de su fiel perro, recorre el salvaje e incivilizado páramo australiano conduciendo el último Interceptor V-8, el más mejor coche del mundo. Sin sueños ni esperanzas, la única motivación de Max es conseguir gasolina para seguir huyendo hacia la nada. Una tarde descubre una pequeña colonia que posee grandes reservas de petróleo, pero dicha colonia está siendo asediada por una pandilla de vándalos punkis ultraviolentos sexualmente ambiguos liderados por El Gran Humungus, un culturista con problemas de alopecia fan de Jason Voorhees. Max revivirá los viejos tiempos en los que atropellaba a punkis y se unirá a los colonos en su lucha contra El Gran Humungus.
La película es una maravilla de principio a fin. Comienza con un resumen de la primera parte, recuerdos de un anciano que revive sus años de juventud y que mezcla realidades con fantasías, forjando así la leyenda de Max, el guerrero de la carretera. Acto seguido, sin más preámbulos, vemos la primera persecución del film: Max es acosado por varios punkis. Una escena rápida y brutal que acaba insatisfactoriamente para ambos bandos pero que establecerá la relación de odio entre los dos antagonistas: Max y Wez el punki de manual (que buscas punki en el diccionario y sale su foto: cresta a lo “último mohicano”, cara de mala hostia y cuero negro ajustado). La naturaleza salvaje y desierta del páramo australiano y su aplastante inmensidad son los protagonistas absolutos, enmarcando los últimos vestigios de una civilización que ya ha finalizado: una carretera desierta y los restos de varios vehículos. A medida que avanza el film, estos vestigios de civilización desaparecen progresivamente siendo sustituidos por un salvajismo elemental, grotesco y desvergonzado. Gobiernos han sido sustituidos por tribus teocráticas (El Gran Humungus va de mesías por la vida) y la relación entre los seres humanos es violenta y despiadada. La única esperanza es un paraíso lejano (siempre es lejano), un lugar donde poder escapar y recuperar sus vidas, un lugar que realmente no existe pero que resulta imprescindible para conservar las ganas de vivir. Pero Max vive ajeno a todo esto. Ni siente ni padece por nadie. Ya nada importa y solo quiere gasolina para seguir su demencial viaje a ninguna parte. Sólo cuando los punkis le despojan de su último gramo de orgullo, decide ponerse del lado de los colonos (aunque, por otra parte ¿qué opción le quedaba?).
Y al final, la mejor persecución de vehículos jamás rodada en la historia del cine. Un resumen impecable de toda la película, llena de muertes innecesarias, coches y motos destrozados, acción desenfrenada y angustiosa y un final abrupto, brutal y estéril. Una mezcla desordenada, confusa y genial de imágenes y sensaciones, de bestialidades y heroísmos, todo imbuido de una épica añeja y crepuscular, consagrando al personaje de Mel Gibson como uno de los mejores anti-héroes del cine: Max el loco, una leyenda maldita, trágica y terriblemente carismática.
El éxito y la proyección en la cultura popular de “Mad Max 2” fue indiscutible. Surgieron multitud de copias que desgraciadamente se quedaban en la superficie del invento, sencillamente plagiaban la estética punk-decadente y la despojaban del humor y del absurdo imprescindible del film, aumentando, eso sí, la violencia a unos niveles crudos repugnantes. Incluso, me acuerdo yo, Renault hizo un anuncio de televisión parodiando la película, que salía un punki destrozando un coche y de pronto salía el Renault, todo nuevecito y el Punki no podía romperlo de lo resistente que era el coche, y el eslogan era: “Renault: ¡se lo carga todo!”. Incluso algunos (como Jesús Palacios, popular escritor y crítico cinematográfico) ven en “Mad Max 2” una película de culto gay. Lo dicho, como la primera parte, interpretaciones y lecturas múltiples y variopintas, propias de un clásico ecléctico y de culto. George Miller rodó una de las mejores películas del “fantastique” mundial, referente indiscutible del cine friki y no tan friki, una obra maestra excesiva, única y excepcional.
No obstante, y dicho suavemente, el estado de gracia de George Miller acabó con esta película. En 1985 rodaría la tercera parte: “Mad Max 3. Más allá de la cúpula del trueno”, que aunque es la continuación lógica de la saga, para mí resultó una completa decepción, un Mad Max para todos los públicos, demasiado suave para lo que nos tenían acostumbrados (aunque reconozco que la película es una obra más que digna y desde aquí pido a Felmanuel que escriba una crítica sobre “Mad Max 3” defendiendo sus virtudes). Y después poco más...ah, sí, George Miller dirigió la secuela de esa obra conceptual del cine contemporáneo intitulada: “Babe, el cerdito valiente” (no es broma).
Pero ahí quedará para siempre “Mad Max 2”, una película atemporal que no envejece con el paso de los años y que sigue transmitiendo las mismas emociones de caos, locura y diversión.
16.08.2008Se acabó el petróleo (o, al menos, es mucho más escaso que antes). Los Gobiernos (o mejor dicho, los grupos empresariales que sustentan a esos gobiernos) luchan desesperadamente por acaparar las últimas reservas de combustible, presionando a sus representantes políticos para desencadenar guerras localizadas en lugares geopolíticos estratégicos, descuidando el estado de bienestar de la población en general. Hace tiempo que el progreso dejó de serlo y la ciencia y la tecnología se estancaron definitivamente. La sociedad vive un lento pero firme proceso de desintegración con una desaparición paulatina de valores e ideales. El individualismo se impone y el “sálvese quien pueda” está a la orden del día. Las fuerzas de seguridad han dejado de serlo. Sin la correcta supervisión del gobierno, los policías son un puñado de lúmpenes que hacen sus propios negocios al margen de la ley. Hablamos de una distopía terriblemente cercana a la realidad, una distopía de víctimas y depredadores, de caos y brutalidad, de velocidad y violencia. Hablamos de la distopía australiana de “Mad Max”, una distopía doblemente demoledora porque refleja las tendencias económicas y políticas de un sistema en concreto desde un prisma distorsionante donde prima el humor negro, el absurdo y la ultraviolencia “cartoon” de dibujos animados.
A simple vista “Mad Max” parece una película fascistoide de justicieros motorizados, violencia gratuita y punkis “darkangels” decadentes, frívolos, promiscuos y mariquitas. Y un repaso superficial a la sinopsis del film parece confirmarlo: Max Rockatansky es un fenómeno de policía que subido en su potente coche-interceptor se dedica en darle su merecido a la escoria que profana las carreteras australianas. Pero un día, una banda de motoristas gamberros queman vivo a su mejor amigo (también policía) y Max decide abandonar el cuerpo de policía junto a su mujer y su hijo pequeño. No obstante los motoristas persiguen a Max y matan a su hijo y dejan malherida a su mujer. Entonces Max pierde los papeles, roba el coche más potente de Australia (un interceptor V-8) y emulando a Charles Bronson y su lema “yo soy la justicia y el que opine lo contrario le pego un tiro” se carga a los sucios motoristas y aquí paz y después gloria.
Pero Mad Max es mucho más que un Harry el sucio en las antípodas. George Miller mezcla de forma única y magistral todas sus paranoias, filias y fobias para mostrarnos una ópera bufa de coches de carreras, westerns crepusculares, futuros post-apocalípticos y tiros indiscriminados a través de multitud de escenas esperpénticas, grotescas, satíricas y absurdas, donde la forma genialmente rimbombante y en ocasiones inapropiada se une a un fondo específico que está ahí pero que no es imprescindible para disfrutar de la obra. Es más, soy de la opinión de que para disfrutar completamente de Mad Max no hay que tomársela demasiado en serio. ¿Acaso los policías no son unos payasos adictos a la velocidad y a la violencia, unos impresentables marginados que trafican con gasolina y a los que la seguridad de la gente hace tiempo que dejó de importarles? ¿acaso los motoristas criminales no son una ridícula e intencionada parodia de los punkis que tanto acojonaban a los autoproclamados “bienpensantes” en aquella época (1979) donde los Sex Pistols sacudían los cimientos de la Commonwealth? George Miller quería impactar a los espectadores con escenas resultonas de persecuciones de coches, atravesando caravanas a las bravas y atropellando al personal, pero George Miller también quería reírse del mundo que le rodeaba en ese momento y ridiculizar unos valores reaccionarios que estaban surgiendo a raíz de la crisis económica y que amenazaban con imponerse (mismamente en 1979 Margaret Tatcher sube al poder en Gran Bretaña y un año después Ronald Reagan hace lo propio en Estados Unidos de América. O sea, conservadurismo a punta pala).
“Mad Max” es una película muy abierta y de muchas lecturas (o de ninguna, según el estado de ebriedad del espectador). Para los que les vaya la marcha sin pretextos intelectuales, “Mad Max” es una película de tiros y coches, de buenos y malos, de honor perdido y honor recuperado, de muertes y venganzas. Una buena película de acción muy bien hecha. Para el que quiera leer entre líneas podrá disfrutar con los múltiples detalles y segundas lecturas repartidas a lo largo del film, que horrorizan y divierten al espectador a partes iguales.
“Muchas” fueron las voces que se quejaron de la excesiva e innecesaria violencia reflejada en el film. Pobrecicos, aún no sabían lo que les esperaba. Un año después George Miller hizo “Mad Max 2”.
A simple vista “Mad Max” parece una película fascistoide de justicieros motorizados, violencia gratuita y punkis “darkangels” decadentes, frívolos, promiscuos y mariquitas. Y un repaso superficial a la sinopsis del film parece confirmarlo: Max Rockatansky es un fenómeno de policía que subido en su potente coche-interceptor se dedica en darle su merecido a la escoria que profana las carreteras australianas. Pero un día, una banda de motoristas gamberros queman vivo a su mejor amigo (también policía) y Max decide abandonar el cuerpo de policía junto a su mujer y su hijo pequeño. No obstante los motoristas persiguen a Max y matan a su hijo y dejan malherida a su mujer. Entonces Max pierde los papeles, roba el coche más potente de Australia (un interceptor V-8) y emulando a Charles Bronson y su lema “yo soy la justicia y el que opine lo contrario le pego un tiro” se carga a los sucios motoristas y aquí paz y después gloria.
Pero Mad Max es mucho más que un Harry el sucio en las antípodas. George Miller mezcla de forma única y magistral todas sus paranoias, filias y fobias para mostrarnos una ópera bufa de coches de carreras, westerns crepusculares, futuros post-apocalípticos y tiros indiscriminados a través de multitud de escenas esperpénticas, grotescas, satíricas y absurdas, donde la forma genialmente rimbombante y en ocasiones inapropiada se une a un fondo específico que está ahí pero que no es imprescindible para disfrutar de la obra. Es más, soy de la opinión de que para disfrutar completamente de Mad Max no hay que tomársela demasiado en serio. ¿Acaso los policías no son unos payasos adictos a la velocidad y a la violencia, unos impresentables marginados que trafican con gasolina y a los que la seguridad de la gente hace tiempo que dejó de importarles? ¿acaso los motoristas criminales no son una ridícula e intencionada parodia de los punkis que tanto acojonaban a los autoproclamados “bienpensantes” en aquella época (1979) donde los Sex Pistols sacudían los cimientos de la Commonwealth? George Miller quería impactar a los espectadores con escenas resultonas de persecuciones de coches, atravesando caravanas a las bravas y atropellando al personal, pero George Miller también quería reírse del mundo que le rodeaba en ese momento y ridiculizar unos valores reaccionarios que estaban surgiendo a raíz de la crisis económica y que amenazaban con imponerse (mismamente en 1979 Margaret Tatcher sube al poder en Gran Bretaña y un año después Ronald Reagan hace lo propio en Estados Unidos de América. O sea, conservadurismo a punta pala).
“Mad Max” es una película muy abierta y de muchas lecturas (o de ninguna, según el estado de ebriedad del espectador). Para los que les vaya la marcha sin pretextos intelectuales, “Mad Max” es una película de tiros y coches, de buenos y malos, de honor perdido y honor recuperado, de muertes y venganzas. Una buena película de acción muy bien hecha. Para el que quiera leer entre líneas podrá disfrutar con los múltiples detalles y segundas lecturas repartidas a lo largo del film, que horrorizan y divierten al espectador a partes iguales.
“Muchas” fueron las voces que se quejaron de la excesiva e innecesaria violencia reflejada en el film. Pobrecicos, aún no sabían lo que les esperaba. Un año después George Miller hizo “Mad Max 2”.
01.08.2008“La noche de Halloween” de John Carpenter es una de esas películas fundamentales para el desarrollo del género del terror, ya que abrió el camino para el sub-género “slasher”, tan rentable y tan sobreexplotado por nuestros amigos estadounidenses. ¿Que qué es el “slasher”? son todas estas simpáticas películas en las que un psicópata homicida enmascarado asesina a adolescentes (adolescentes en teoría, porque los actores de la veintena no bajan) con variedad de armas blancas. También es imprescindible la aparición ocasional (como quien no quiere la cosa) de algún pecho femenino o de algún culete (también femenino). Si en la faena de matar el asesino derrama poca sangre, a la película se la denomina “Slasher” (“acuchillar”); si hay mucha sangre se denomina “Slatter” (“salpicadura de sangre”); y si ya salen vísceras, tripas y casquería fina, podemos denominarlo “Gore” (“sangre derramada”).
En 1974, Tobe Hooper ya había dado los primero pasos con unos serial-killers tejanos en su obra de culto “La matanza de Texas” (“The Texas Chain Saw Massacre”), con el campestre “Cara de cuero” y su motosierra turbo liderando a una familia que no le hacía ascos a nada. La película era increíble, radical y extremadamente desagradable (y lo más curioso es que apenas sale sangre ni tripas ni nada. El horror emana de esa atmósfera truculenta y sucia totalmente conseguida por el director). Pues bien, una película tan adelantada a su tiempo fue condenada inmisericordemente a ser proyectada en cines X, ya que fue considerada ¡casi pornográfica! (vamos, que si ven internet ahora se mueren del susto). Pero la película no fue olvidada y se convirtió en una película de culto, con todo el derecho del mundo. Sin duda esta película fue fuente de inspiración para John Carpenter a la hora de idear a su asesino de hermanas favorito: Michael Myers.
La película es genial en su sencillez: en la noche de Halloween de 1964 un niño asesina con un cuchillo a su hermana mayor (la cual había tenido, momentos antes, una aproximación carnal con su novio). Al nene le internan en un psiquiátrico y 16 años después escapa para revivir aficiones del pasado, oseasé, matar a babysitters en la noche de Halloween. John Carpenter no necesita más para crear un cuento de hadas macabro protagonizado por un terrible hombre del saco al que nadie puede detener, ni siquiera la muerte. La película empieza con un magistral plano-secuencia de 6 minutos donde nos ponemos en la piel del asesino, desconociendo todavía que se trata de un niño ya que la cámara simula los ojos del joven Michael Myers. Vemos como escucha a hurtadillas como su hermana y el novio se refocilan, vemos como coge el cuchillo, vemos como sube las escaleras y vemos como apuñala a su hermana. El plano-secuencia acaba cuando Michael es descubierto por sus padres. Entonces descubrimos que el asesino es un niño, un niño que mira ausente hacia el infinito, un ser amoral disfrazado de niño.
La siguiente hora de metraje es un excelente despliegue de suspense e intriga. Michael Myers, recién fugado del psiquiátrico, elige y acecha a sus futuras víctimas, a plena luz del día, con total impunidad, como una fuerza negativa del destino a la que nadie puede detener. El director se niega a mostrarnos directamente al asesino. Solo vemos imágenes desenfocadas en la lejanía, intuyendo un rostro demasiado pálido e inexpresivo (más tarde descubriremos que se trata de una tosca máscara que simula el rostro humano y que posee unos inquietantes ojos vacíos ). Es una hora de terror contenido, porque sentimos que el asesinato puede cometerse en cualquier momento. Y finalmente ocurre: dos muchachas y un muchacho mueren a manos de Michael Myers, el cual los mata fríamente, sin apasionamiento, sin ira, con una atmósfera asfixiante de paz y tranquilidad. Carpenter evita las escenas explícitas y el exceso de sangre. Sabe que una puesta en escena sugerente es mucho más eficaz, ya que nuestra imaginación complementará esa escena con imágenes más terroríficas.
Y el último cuarto de hora de la película está centrado en la persecución angustiosa que sufre la protagonista de la película (Jaime Lee Curtis) por el asesino, una persecución que parece no tener fin (y de hecho, no lo tiene ya que hicieron una segunda parte continuando la persecución). Esa obstinación ciega y sin sentido que mueve a Michael Myers a perseguir a Jaime Lee Curtis es genial y perturbadora. Desgraciadamente, en una de sus múltiples secuelas, se sacaron de la manga que Jaime Lee Curtis era otra hermana de Michael Myers y que por eso la quería matar. La pela es la pela.
Y hablando de pelas, la película fue una de las más rentables de la historia del cine: se hizo con un presupuesto ridículo y recaudó millones de dólares en las sesiones “Grindhouse”, convirtiéndose en la película favorita de los adolescentes de la época ¿por qué? Por el fino e irónico sentido del humor que filtraba Carpenter en su película, entre las escenas angustiosas y terroríficas, para dar un minuto de descanso al espectador. Ese sentido del humor conectaba con el espectador adolescente ya que John Carpenter, un izquierdista de tomo y lomo, quería mostrar una visión satírica y paródica de la opinión que tenían los adultos de la juventud: promiscuidad extrema o castidad extrema. Dicho de otra manera: los jóvenes o bien se pasan el día dale que te pego o bien no se comen ni una rosca. También es muy irónica la visión que tiene Carpenter de los adultos. El personaje de Donald Pleasence, el psiquiatra y cazador de Michael Myers, es totalmente paródico e histriónico, siendo reflejado como una autoridad castrante, un represor obsesivo y obstinado que no muestra piedad ninguna por Myers y quiere cazarlo a toda costa (también tiene más miedo que un perrito chico y se lleva un par de sustos en la película). Otro aspecto humorístico de la película es la presencia de los dos niños pequeños y de su relación entrañable con Jaime Lee Curtis: el niño es el típico pesado que no para de hacer preguntas y la niña es una pasota que todo le da igual exceptuando la televisión.
Y por supuesto, no podemos olvidar la magnífica banda sonora del film, compuesta por el mismo John Carpenter, una melodía sencilla y pegadiza que pone los pelos de punta.
Pues bien, con el tremendo éxito de la película las secuelas (Halloween, Viernes 13, etc) no se hicieron esperar. Y cuando falta creatividad, lo único que se busca es repetir la fórmula pero a la enésima potencia. John Carpenter ya se imaginaba el percal y se apartó del sendero de la explotación sin vergüenza, negándose a dirigir un film "slasher" más en toda su vida. Los directores posteriores que copiaron la fórmula, o bien no la entendieron o bien les daba igual. La imagen irónica y cómplice de la juventud vista por Carpenter fue sustituida por el despelote indiscriminado y la estupidez integral, mostrándonos a unos “adolescentes” para nada creíbles y con propensión a perder la ropa. La violencia contenida de Carpenter fue sustituida por la imagen explícita y la salpicadura indiscriminada. Sin proponérselo siquiera, Carpenter creó todo un sub-género que buscaba el dinero fácil a costa de la calidad (aunque también hay joyas ocultas, muy malas pero que te partes la caja de risa).
"La noche de Halloween" de John Carpenter: imprescindible para los amantes del buen cine de terror.
En 1974, Tobe Hooper ya había dado los primero pasos con unos serial-killers tejanos en su obra de culto “La matanza de Texas” (“The Texas Chain Saw Massacre”), con el campestre “Cara de cuero” y su motosierra turbo liderando a una familia que no le hacía ascos a nada. La película era increíble, radical y extremadamente desagradable (y lo más curioso es que apenas sale sangre ni tripas ni nada. El horror emana de esa atmósfera truculenta y sucia totalmente conseguida por el director). Pues bien, una película tan adelantada a su tiempo fue condenada inmisericordemente a ser proyectada en cines X, ya que fue considerada ¡casi pornográfica! (vamos, que si ven internet ahora se mueren del susto). Pero la película no fue olvidada y se convirtió en una película de culto, con todo el derecho del mundo. Sin duda esta película fue fuente de inspiración para John Carpenter a la hora de idear a su asesino de hermanas favorito: Michael Myers.
La película es genial en su sencillez: en la noche de Halloween de 1964 un niño asesina con un cuchillo a su hermana mayor (la cual había tenido, momentos antes, una aproximación carnal con su novio). Al nene le internan en un psiquiátrico y 16 años después escapa para revivir aficiones del pasado, oseasé, matar a babysitters en la noche de Halloween. John Carpenter no necesita más para crear un cuento de hadas macabro protagonizado por un terrible hombre del saco al que nadie puede detener, ni siquiera la muerte. La película empieza con un magistral plano-secuencia de 6 minutos donde nos ponemos en la piel del asesino, desconociendo todavía que se trata de un niño ya que la cámara simula los ojos del joven Michael Myers. Vemos como escucha a hurtadillas como su hermana y el novio se refocilan, vemos como coge el cuchillo, vemos como sube las escaleras y vemos como apuñala a su hermana. El plano-secuencia acaba cuando Michael es descubierto por sus padres. Entonces descubrimos que el asesino es un niño, un niño que mira ausente hacia el infinito, un ser amoral disfrazado de niño.
La siguiente hora de metraje es un excelente despliegue de suspense e intriga. Michael Myers, recién fugado del psiquiátrico, elige y acecha a sus futuras víctimas, a plena luz del día, con total impunidad, como una fuerza negativa del destino a la que nadie puede detener. El director se niega a mostrarnos directamente al asesino. Solo vemos imágenes desenfocadas en la lejanía, intuyendo un rostro demasiado pálido e inexpresivo (más tarde descubriremos que se trata de una tosca máscara que simula el rostro humano y que posee unos inquietantes ojos vacíos ). Es una hora de terror contenido, porque sentimos que el asesinato puede cometerse en cualquier momento. Y finalmente ocurre: dos muchachas y un muchacho mueren a manos de Michael Myers, el cual los mata fríamente, sin apasionamiento, sin ira, con una atmósfera asfixiante de paz y tranquilidad. Carpenter evita las escenas explícitas y el exceso de sangre. Sabe que una puesta en escena sugerente es mucho más eficaz, ya que nuestra imaginación complementará esa escena con imágenes más terroríficas.
Y el último cuarto de hora de la película está centrado en la persecución angustiosa que sufre la protagonista de la película (Jaime Lee Curtis) por el asesino, una persecución que parece no tener fin (y de hecho, no lo tiene ya que hicieron una segunda parte continuando la persecución). Esa obstinación ciega y sin sentido que mueve a Michael Myers a perseguir a Jaime Lee Curtis es genial y perturbadora. Desgraciadamente, en una de sus múltiples secuelas, se sacaron de la manga que Jaime Lee Curtis era otra hermana de Michael Myers y que por eso la quería matar. La pela es la pela.
Y hablando de pelas, la película fue una de las más rentables de la historia del cine: se hizo con un presupuesto ridículo y recaudó millones de dólares en las sesiones “Grindhouse”, convirtiéndose en la película favorita de los adolescentes de la época ¿por qué? Por el fino e irónico sentido del humor que filtraba Carpenter en su película, entre las escenas angustiosas y terroríficas, para dar un minuto de descanso al espectador. Ese sentido del humor conectaba con el espectador adolescente ya que John Carpenter, un izquierdista de tomo y lomo, quería mostrar una visión satírica y paródica de la opinión que tenían los adultos de la juventud: promiscuidad extrema o castidad extrema. Dicho de otra manera: los jóvenes o bien se pasan el día dale que te pego o bien no se comen ni una rosca. También es muy irónica la visión que tiene Carpenter de los adultos. El personaje de Donald Pleasence, el psiquiatra y cazador de Michael Myers, es totalmente paródico e histriónico, siendo reflejado como una autoridad castrante, un represor obsesivo y obstinado que no muestra piedad ninguna por Myers y quiere cazarlo a toda costa (también tiene más miedo que un perrito chico y se lleva un par de sustos en la película). Otro aspecto humorístico de la película es la presencia de los dos niños pequeños y de su relación entrañable con Jaime Lee Curtis: el niño es el típico pesado que no para de hacer preguntas y la niña es una pasota que todo le da igual exceptuando la televisión.
Y por supuesto, no podemos olvidar la magnífica banda sonora del film, compuesta por el mismo John Carpenter, una melodía sencilla y pegadiza que pone los pelos de punta.
Pues bien, con el tremendo éxito de la película las secuelas (Halloween, Viernes 13, etc) no se hicieron esperar. Y cuando falta creatividad, lo único que se busca es repetir la fórmula pero a la enésima potencia. John Carpenter ya se imaginaba el percal y se apartó del sendero de la explotación sin vergüenza, negándose a dirigir un film "slasher" más en toda su vida. Los directores posteriores que copiaron la fórmula, o bien no la entendieron o bien les daba igual. La imagen irónica y cómplice de la juventud vista por Carpenter fue sustituida por el despelote indiscriminado y la estupidez integral, mostrándonos a unos “adolescentes” para nada creíbles y con propensión a perder la ropa. La violencia contenida de Carpenter fue sustituida por la imagen explícita y la salpicadura indiscriminada. Sin proponérselo siquiera, Carpenter creó todo un sub-género que buscaba el dinero fácil a costa de la calidad (aunque también hay joyas ocultas, muy malas pero que te partes la caja de risa).
"La noche de Halloween" de John Carpenter: imprescindible para los amantes del buen cine de terror.













