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Octavio
Marbella, España. Último login: hace 6 días
Críticas de Octavio
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23.08.2008Por orden del señor alcalde se hace saber que esta tarde está programada en la plaza del pueblo un flashback colectivo y posteriormente se harán las elecciones democráticas del cura (Cassen), del guardia civil (José Sazatornil) y del alcalde (Rafael Alonso) mismamente. También recordar que el pueblo de al lado está realizando una invasión militar táctica y que se han dado una vuelta por el colegio para modificar los planes de estudio del profesor, que, hostia mediante, ha tenido que dejar a un lado la canción “qué complicación si se te para el corazón” y se ha visto obligado a hacer un examen de las ingles. También recordar que estamos recibiendo visitas del mundo exterior, en particular de un grupo de estudiantes norteamericanos, encabezados por Gabino Diego, que aunque sean paganos también son humanos. También, de la capital, tenemos la visita de Antonio Resines, con su extraño caso de licantropía risueña, y su padre, Luis Ciges, una bellísima persona que si se le lleva la contraria te aniquila y te mata, pero como en la capital no lo han enjuiciado aquí no vamos a ser más papistas que el papa. Que no se os olvide que un hombre del pueblo debe ir a la asamblea de mujeres, para que ellas se puedan reír de él y decirle “que no valéis pa na”, “estrafalarios”, “aparatosos” y “gilipollas”. También recordamos que en este pueblo le tenemos mucha devoción a Faulkner y que queda terminantemente prohibido plagiarle, con pena de cárcel y con pena del alma. Y las mujeres casaderas que hagan el favor de no ir a la huerta donde nacen los hombres, que con las prisas quieren salir antes de tiempo y se quedan cojitos para toda la vida. Como la feria y el tiovivo son cosas muy serias, los niños quedan excluidos. Para aquellos que quieran intercambiarse los papeles, tened presente que debéis asumir las consecuencias de vuestros actos, que no quiero lloros ni quejas, que después el suicida me viene con que el camión no se paró a su debido tiempo. Recordad que hay que ir todos los días a misa, no solo para no ir a las calderas de Pedro Botero, sino también para aplaudir al señor cura, que se lo merece por el espectáculo tan soberbio. Haced el favor de no darle palique al doctor cuando está cogiendo la cogorza y no le habléis de Salinas (el poeta) o Kavafis, que tiene muy mal genio y muy poca paciencia y se caga en vuestros muertos tan ricamente. Y haciendo un ejercicio de Flashforward, mañana por la mañana amanecerá por el oeste en lugar de por el este, por mucho sin dios que sea.
Que dice el señor alcalde que este pueblo es una parodia de los pueblos de la España profunda en los años de la dictadura, pero con un nivel cultural muy elevado y un grado de ironía, surrealismo y humor absurdo muy superior a la media. Los arquetipos clásicos se ven deformados, realzados o caricaturizados de forma desternillante, por medio del discurso pedante y grandilocuente, con la aparatosidad del lenguaje formal, mezclado con frases llanas y coloquiales y refranes populares, sin orden y concierto, que pillan al espectador por sorpresa y cuya reacción pasa de la sonrisa cómplice a la carcajada. Aunque a nosostros nos encanta este pueblo y sus habitantes, reconocemos que tanto surrealismo puede atragantar a más de uno, así que avisados quedáis. También dice el señor alcalde, que José Luis Cuerda, el creador de este invento, intentó repetir jugada con otro film, “Así en el cielo como en la Tierra” en 1995, que la película tenía su gracia, con Fernando Fernán Gómez interpretando al dios de los españoles y a Jesús Bonilla como Jesucristo, pero que no alcanza el nivel de sorpresa de este primer largometraje, que es lo que pasa cuando intentan contarte un mismo chiste dos veces: que aunque sea muy bueno, no tiene la misma gracia.
Y sin nada más que decir, que cada cual se busque las habichuelas como pueda, que para algunos se acerca la hora del vermú y para otros la hora del chicharreo...
Que dice el señor alcalde que este pueblo es una parodia de los pueblos de la España profunda en los años de la dictadura, pero con un nivel cultural muy elevado y un grado de ironía, surrealismo y humor absurdo muy superior a la media. Los arquetipos clásicos se ven deformados, realzados o caricaturizados de forma desternillante, por medio del discurso pedante y grandilocuente, con la aparatosidad del lenguaje formal, mezclado con frases llanas y coloquiales y refranes populares, sin orden y concierto, que pillan al espectador por sorpresa y cuya reacción pasa de la sonrisa cómplice a la carcajada. Aunque a nosostros nos encanta este pueblo y sus habitantes, reconocemos que tanto surrealismo puede atragantar a más de uno, así que avisados quedáis. También dice el señor alcalde, que José Luis Cuerda, el creador de este invento, intentó repetir jugada con otro film, “Así en el cielo como en la Tierra” en 1995, que la película tenía su gracia, con Fernando Fernán Gómez interpretando al dios de los españoles y a Jesús Bonilla como Jesucristo, pero que no alcanza el nivel de sorpresa de este primer largometraje, que es lo que pasa cuando intentan contarte un mismo chiste dos veces: que aunque sea muy bueno, no tiene la misma gracia.
Y sin nada más que decir, que cada cual se busque las habichuelas como pueda, que para algunos se acerca la hora del vermú y para otros la hora del chicharreo...
Nuestro aparato digestivo es único y necesario, así que...¡NO LO ROMPAS CON ESTÚPIDAS DIETAS!
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22.08.2008El sueño de la humanidad no es alcanzar las estrellas, sino perder peso sin que nos cueste esfuerzo. Estamos obsesionados con nuestra imagen y así nos va. Nuestro canon de belleza bordea peligrosamente la anorexia y buscamos la fórmula mágica para perder kilitos, ser más guapos, que nos quieran más y echar un clavo si se tercia. Y que conste que no culpo a los que quieran ser guapos y delgados. Estudios psicológicos demuestran que la gente es más amable con la gente físicamente guapa, lo cual es absurdo porque la última vez que conté los feos éramos más numerosos que los guapos, pero en fin, cualquiera contradice a Freud (¿o era Jüng?). En la tele y en el cine (casi) todo el mundo es impoluto, perfecto, ni le sobra ni le falta nada. Y si por casualidad triunfa alguien que no sea perfecto, se le define con aquello que desentona (ya sea nariz, obesidad, etc). Vivimos en un espejismo en el que creemos que la perfección existe, ansiamos alcanzar un estatus en el que seamos perfectos, ricos (monetariamente hablando), delgados y que nuestra mierda no huela. ¡Señoras y señores! ¡Eso es imposible! ¡Que el photoshop, el maquillaje y la iluminación hacen milagros! ¿O es que se saltan la sección del “Quore” o del “In-touch” donde pillan a los famosos in-fraganti sin maquillaje?
Del señor que ha escrito este libro (que no lo conozco ni ganas tengo) se le aprecia a la legua el truco del almendruco: “Mi dieta la siguen las estrellas de Joligüd, perdón, Hollywood” y como la mente humana es muy curiosa, si sigo la dieta de Julia Roberts...¡me convertiré en Julia Roberts! (y quien dice Julia Roberts dice también Brad Pit, que los tíos tampoco nos escapamos de la estupidez del adelgazamiento). Este señor, no sé si será médico de verdad, pero lo que tiene es más cara que espalda y se quiere hacer millonario a costa de las inseguridades del personal. Y lo mismo que este señor, todos los sinvergüenzas que se lucran jugando con las emociones e inseguridades de la gente, con dietas revolucionarias (léase “estúpidas”) que te aseguran todo por un módico precio. Y quien dice libros dice también todas estas clínicas dietéticas o como quieran llamarlas, que hay un señor con bata blanca que te dice lo que quieres oír: no vas a pasar hambre-podrás comer todo lo que quieras pero con orden-si bebes mucha agua y reduces los carbohidratos te quedarás como un figurín-y similares frases mamporreras. Y tú te gastas el dinero en la consulta y en la mierda que te quiera vender (¡sobres que si lo diluyes en agua y te lo bebes te quita el hambre!) y patatín y patatán. Y como no hay cuerpo humano que resista eso, al final tiras la toalla y encima la culpa la tienes tú, porque no tienes voluntad (y del dinero te olvidas).
En fin, como aquí parece que cualquiera puede publicar su superdieta y forrarse con los millones, pues yo también voy a publicar la mía, eso sí, gratuitamente y con la verdad por delante, que no soy un eminente doctor (ni eminente en nada, para qué nos vamos a engañar). Eso sí, lógicamente, para aquellos que padezcan una enfermedad digestiva (enfermedad de Crohn o colitis ulcerosa, enfermedad celíaca, etc.) o de otro tipo, que consulte a su médico especialista de la seguridad social.
1º. NO SOMOS ROBOTS. Somos criaturas contradictorias, bastante perezosas y tendemos al vicio. Es falso que los obesos sean obesos porque son más perezosos que los delgados. Perezosos somos todos y nos gusta comer muy guarramente. La diferencia es que tú puedes tener un metabolismo coleguita que quema más y mejor que mi metabolismo, por ejemplo. Por eso, con el paso de los años, cuando nuestro metabolismo cambia, solemos engordar más que antes comiendo lo mismo de mal. No podemos aspirar a la virtud suprema, lo único que podemos pretender es controlar más o menos el timón de nuestras vidas.
2º. Hay una pregunta que debes hacerte sinceramente: ¿POR QUÉ QUIERES PERDER PESO?. La UNICA respuesta a esta pregunta debería ser esta: por salud. Si tus intenciones son otras fracasarás con toda probabilidad. Y es bastante jodido, porque la salud es lo más importante de nuestras vidas pero no la apreciamos hasta que la perdemos.
3º. NO SOMOS ROBOTS (2ª parte). “¡Pues a partir de mañana dejo de comer chocolate con churros, los tigretones, las bebidas de cola y me pongo con agua y lechuga!” ¡Alma de cántaro, así no vas a aguantar ni dos días, que no puedes pasar de cero a cien de sopetón! Dietas realistas por favor.
-Lo primero es hacer ejercicio todos los días, y cuando digo ejercicio no digo que te vayas a los juegos olímpicos de Pekín a correr los cien metros lisos. Me refiero a que andes una hora al día, con tu novia, novio, con los chiquillos, con el perro (recoge lo que suelte, por favor) o escuchando pasodobles con el e-pod. El ejercicio es fundamental y no solo para el aparato digestivo.
-Aquí no somos tontos. Sabemos perfectamente lo que es sano y lo que es menos sano. Y no me voy a enrollar más: te metes en google image (o similares), pones “pirámide alimenticia” y te sale la pirámide: lo de abajo hay que comerlo regularmente y contra más subimos, menos debemos comerlo. Ni se os ocurra eliminar cosas de vuestra dieta. Si te gusta el chocolate con churros, pues lo sigues comiendo pero una vez a la semana. Hay que limitar aquello que no sea saludable, pero en ningún caso eliminarlo, porque entre otras cosas, no funciona: si decides cortar por lo sano, volverás al vicio en un plis plas. Recuerda que no somos robots.
-Recuerda que el objetivo es la salud, pero también la calidad de vida y el bienestar. De nada sirve tener una salud de hierro si vivimos puteados y asqueados. ¡Vicios sí, pero con moderación y equilibrio!
4º. Los niños son un mundo a parte y hay que educarlos desde que son chiquitines a través del hábito. La bollería industrial o las bebidas azucaradas con gas deberían limitarse a “momentos especiales” como celebraciones y similares, pero en ningún caso convertirlas en una costumbre diaria. Y ya sabéis, lo mejor con los hijos es dar ejemplo (ahí tenéis otro motivo para comer sano).
5º. ¿Sabéis cuál es la mejor dieta del mundo? Pasarse un puto mes y medio en un hospital a base de suero intravenoso y una dieta sin residuos y sin nada. Y eso ocurrirá si no controlas tus vicios (alimenticios y de todo tipo) desde ya. Ya sé que en cabeza ajena nadie escarmienta, pero en fin, aquí queda eso...
En fin, pido disculpas por enrollarme de esta manera y utilizar la sección de críticas como pretexto para escribir mis neuras, pero es que es un asunto muy serio y me ha salido del alma. Un saludo y perdonad por la extensión.
Del señor que ha escrito este libro (que no lo conozco ni ganas tengo) se le aprecia a la legua el truco del almendruco: “Mi dieta la siguen las estrellas de Joligüd, perdón, Hollywood” y como la mente humana es muy curiosa, si sigo la dieta de Julia Roberts...¡me convertiré en Julia Roberts! (y quien dice Julia Roberts dice también Brad Pit, que los tíos tampoco nos escapamos de la estupidez del adelgazamiento). Este señor, no sé si será médico de verdad, pero lo que tiene es más cara que espalda y se quiere hacer millonario a costa de las inseguridades del personal. Y lo mismo que este señor, todos los sinvergüenzas que se lucran jugando con las emociones e inseguridades de la gente, con dietas revolucionarias (léase “estúpidas”) que te aseguran todo por un módico precio. Y quien dice libros dice también todas estas clínicas dietéticas o como quieran llamarlas, que hay un señor con bata blanca que te dice lo que quieres oír: no vas a pasar hambre-podrás comer todo lo que quieras pero con orden-si bebes mucha agua y reduces los carbohidratos te quedarás como un figurín-y similares frases mamporreras. Y tú te gastas el dinero en la consulta y en la mierda que te quiera vender (¡sobres que si lo diluyes en agua y te lo bebes te quita el hambre!) y patatín y patatán. Y como no hay cuerpo humano que resista eso, al final tiras la toalla y encima la culpa la tienes tú, porque no tienes voluntad (y del dinero te olvidas).
En fin, como aquí parece que cualquiera puede publicar su superdieta y forrarse con los millones, pues yo también voy a publicar la mía, eso sí, gratuitamente y con la verdad por delante, que no soy un eminente doctor (ni eminente en nada, para qué nos vamos a engañar). Eso sí, lógicamente, para aquellos que padezcan una enfermedad digestiva (enfermedad de Crohn o colitis ulcerosa, enfermedad celíaca, etc.) o de otro tipo, que consulte a su médico especialista de la seguridad social.
1º. NO SOMOS ROBOTS. Somos criaturas contradictorias, bastante perezosas y tendemos al vicio. Es falso que los obesos sean obesos porque son más perezosos que los delgados. Perezosos somos todos y nos gusta comer muy guarramente. La diferencia es que tú puedes tener un metabolismo coleguita que quema más y mejor que mi metabolismo, por ejemplo. Por eso, con el paso de los años, cuando nuestro metabolismo cambia, solemos engordar más que antes comiendo lo mismo de mal. No podemos aspirar a la virtud suprema, lo único que podemos pretender es controlar más o menos el timón de nuestras vidas.
2º. Hay una pregunta que debes hacerte sinceramente: ¿POR QUÉ QUIERES PERDER PESO?. La UNICA respuesta a esta pregunta debería ser esta: por salud. Si tus intenciones son otras fracasarás con toda probabilidad. Y es bastante jodido, porque la salud es lo más importante de nuestras vidas pero no la apreciamos hasta que la perdemos.
3º. NO SOMOS ROBOTS (2ª parte). “¡Pues a partir de mañana dejo de comer chocolate con churros, los tigretones, las bebidas de cola y me pongo con agua y lechuga!” ¡Alma de cántaro, así no vas a aguantar ni dos días, que no puedes pasar de cero a cien de sopetón! Dietas realistas por favor.
-Lo primero es hacer ejercicio todos los días, y cuando digo ejercicio no digo que te vayas a los juegos olímpicos de Pekín a correr los cien metros lisos. Me refiero a que andes una hora al día, con tu novia, novio, con los chiquillos, con el perro (recoge lo que suelte, por favor) o escuchando pasodobles con el e-pod. El ejercicio es fundamental y no solo para el aparato digestivo.
-Aquí no somos tontos. Sabemos perfectamente lo que es sano y lo que es menos sano. Y no me voy a enrollar más: te metes en google image (o similares), pones “pirámide alimenticia” y te sale la pirámide: lo de abajo hay que comerlo regularmente y contra más subimos, menos debemos comerlo. Ni se os ocurra eliminar cosas de vuestra dieta. Si te gusta el chocolate con churros, pues lo sigues comiendo pero una vez a la semana. Hay que limitar aquello que no sea saludable, pero en ningún caso eliminarlo, porque entre otras cosas, no funciona: si decides cortar por lo sano, volverás al vicio en un plis plas. Recuerda que no somos robots.
-Recuerda que el objetivo es la salud, pero también la calidad de vida y el bienestar. De nada sirve tener una salud de hierro si vivimos puteados y asqueados. ¡Vicios sí, pero con moderación y equilibrio!
4º. Los niños son un mundo a parte y hay que educarlos desde que son chiquitines a través del hábito. La bollería industrial o las bebidas azucaradas con gas deberían limitarse a “momentos especiales” como celebraciones y similares, pero en ningún caso convertirlas en una costumbre diaria. Y ya sabéis, lo mejor con los hijos es dar ejemplo (ahí tenéis otro motivo para comer sano).
5º. ¿Sabéis cuál es la mejor dieta del mundo? Pasarse un puto mes y medio en un hospital a base de suero intravenoso y una dieta sin residuos y sin nada. Y eso ocurrirá si no controlas tus vicios (alimenticios y de todo tipo) desde ya. Ya sé que en cabeza ajena nadie escarmienta, pero en fin, aquí queda eso...
En fin, pido disculpas por enrollarme de esta manera y utilizar la sección de críticas como pretexto para escribir mis neuras, pero es que es un asunto muy serio y me ha salido del alma. Un saludo y perdonad por la extensión.
21.08.2008Sin duda alguna, “El fantasma del paraíso” es la película más bizarra y personal de este director de cine, que de mayor quería ser Alfred Hitchcock. Imposible definirla con una sola palabra: ¿una visión irónica y brutal del despiadado mundo de las compañías discográficas? ¿una revisión pop-rock de obras clásicas como “El fantasma de la ópera”, “Fausto” y “El retrato de Dorian Gray”? ¿Una mezcla rara, barroca y delirante del romanticismo decimonónico y la estética de los super-héroes? ¿un musical que es comedia pero también hay tragedia, surrealismo, horror y drama? Todo eso y me quedo corto. “El fantasma del paraíso” es una obra de culto e invito a quienes no la hayan visto a que le echen un vistazo.
No obstante, me es imposible ver (y comentar) esta película sin compararla con otra película de culto que también es un musical y que también une terror con comedia con drama y con surrealismo. ¿A qué película me estoy refiriendo? Por supuesto, a “The Rocky Horror Picture Show” (1975) de Jim Sharman y Richard O´Brian. Porque todas las comparaciones son odiosas y cada fan dirá que “su película” es mejor que la otra. Y en cuestiones de gusto yo no entro, pero cuando se dice por ahí que “The Rocky Horror Picture Show” toma elementos de “El fantasma del paraíso” por el mero hecho de estrenarse un año después del film de Brian de Palma, pues no saben muy bien lo que están diciendo, porque el parecido entre las dos películas es meramente formal ya que ni la música ni el mensaje ni el estilo (ni nada) se parecen ni remotamente. Y no es “The Rocky Horror Picture Show” consecuencia de “El fantasma del paraíso” sino más bien al contrario.
Recordemos que la película “The Rocky Horror Picture Show” es una adaptación de una obra de teatro británica estrenada en 1973 (o sea, un año antes de “El fantasma del Paraíso”). El estilo musical y estético de “The Rocky...” se denomina Glam (caracterizado por la ambigüedad sexual y el exceso en todos los sentidos) y este estilo (junto al musical de Richard O´Brian) no tardó en cruzar el charco y causar sensación en Estados Unidos. Obviamente el Glam no era del gusto de Brian de Palma y en “El fantasma del paraíso” se cachondea de forma directa del Glam, ridiculizándolo de mala manera. Es más, parte de la película es una crítica a The Rocky Horror Picture Show y al éxito que tuvo en Estados Unidos. Uno de los personajes de “El fantasma del paraíso” es un cantante glam, representado por el director como una “mariquita loca” afeminado y cobarde. Y su interpretación musical es una parodia de “Frankestein” (mira tú qué casualidad, como “The Rocky Horror Picture Show”).
Debo reconocer que el apartado musical de “El fantasma del Paraíso” no me acaba de gustar (y que conste que no cuestiono su calidad). El rock que defiende Brian de Palma en su película es un rock con mensaje pero también discotequero, un tanto hippie (y bastante aburrido, por otra parte), encarnado en la sosa cantante protagonista del film, Jessica Harper (¿es su verdadera voz?), que dio el cante en la película “Suspiria” (para nada la mejor de Argento, que conste), una muchachita-hippie-pija que abomina de las drogas y de la sexualidad y que será corrompida por las compañías discográficas, perdiendo de esta manera su inocencia virginal y bla, bla, bla, pero que al final verá la luz y volverá al buen camino de la decencia y la rectitud. El protagonista del film, Paul Williams, cojea de la misma pierna. Un artista genial más tonto que Abundio que será corrompido y destruido por las drogas, el sexo y la ambigüedad.
Seguramente no os habréis dado cuenta, pero me gusta mucho más “The Rocky Horror Picture Show” que “El fantasma del paraíso”. No obstante, como dije en el primer párrafo de la crítica, el film de Brian de Palma es una de esas obras cinematográficas tan raras y estrafalarias que merece la pena verla. Y a los que le guste el Brian de Palma de toda la vida, que no se preocupen: la cabra siempre tira para el monte y en esta película también hay una pantalla partida (plan “24”), una escena con un francotirador y un homenaje a Hitchcock. Que uno puede ser muy revolucionario y alternativo pero manteniéndose fiel a sus raíces.
Lo dicho: “El fantasma del paraíso”, genial “rara avis” (pero con los puntos sobre las íes).
No obstante, me es imposible ver (y comentar) esta película sin compararla con otra película de culto que también es un musical y que también une terror con comedia con drama y con surrealismo. ¿A qué película me estoy refiriendo? Por supuesto, a “The Rocky Horror Picture Show” (1975) de Jim Sharman y Richard O´Brian. Porque todas las comparaciones son odiosas y cada fan dirá que “su película” es mejor que la otra. Y en cuestiones de gusto yo no entro, pero cuando se dice por ahí que “The Rocky Horror Picture Show” toma elementos de “El fantasma del paraíso” por el mero hecho de estrenarse un año después del film de Brian de Palma, pues no saben muy bien lo que están diciendo, porque el parecido entre las dos películas es meramente formal ya que ni la música ni el mensaje ni el estilo (ni nada) se parecen ni remotamente. Y no es “The Rocky Horror Picture Show” consecuencia de “El fantasma del paraíso” sino más bien al contrario.
Recordemos que la película “The Rocky Horror Picture Show” es una adaptación de una obra de teatro británica estrenada en 1973 (o sea, un año antes de “El fantasma del Paraíso”). El estilo musical y estético de “The Rocky...” se denomina Glam (caracterizado por la ambigüedad sexual y el exceso en todos los sentidos) y este estilo (junto al musical de Richard O´Brian) no tardó en cruzar el charco y causar sensación en Estados Unidos. Obviamente el Glam no era del gusto de Brian de Palma y en “El fantasma del paraíso” se cachondea de forma directa del Glam, ridiculizándolo de mala manera. Es más, parte de la película es una crítica a The Rocky Horror Picture Show y al éxito que tuvo en Estados Unidos. Uno de los personajes de “El fantasma del paraíso” es un cantante glam, representado por el director como una “mariquita loca” afeminado y cobarde. Y su interpretación musical es una parodia de “Frankestein” (mira tú qué casualidad, como “The Rocky Horror Picture Show”).
Debo reconocer que el apartado musical de “El fantasma del Paraíso” no me acaba de gustar (y que conste que no cuestiono su calidad). El rock que defiende Brian de Palma en su película es un rock con mensaje pero también discotequero, un tanto hippie (y bastante aburrido, por otra parte), encarnado en la sosa cantante protagonista del film, Jessica Harper (¿es su verdadera voz?), que dio el cante en la película “Suspiria” (para nada la mejor de Argento, que conste), una muchachita-hippie-pija que abomina de las drogas y de la sexualidad y que será corrompida por las compañías discográficas, perdiendo de esta manera su inocencia virginal y bla, bla, bla, pero que al final verá la luz y volverá al buen camino de la decencia y la rectitud. El protagonista del film, Paul Williams, cojea de la misma pierna. Un artista genial más tonto que Abundio que será corrompido y destruido por las drogas, el sexo y la ambigüedad.
Seguramente no os habréis dado cuenta, pero me gusta mucho más “The Rocky Horror Picture Show” que “El fantasma del paraíso”. No obstante, como dije en el primer párrafo de la crítica, el film de Brian de Palma es una de esas obras cinematográficas tan raras y estrafalarias que merece la pena verla. Y a los que le guste el Brian de Palma de toda la vida, que no se preocupen: la cabra siempre tira para el monte y en esta película también hay una pantalla partida (plan “24”), una escena con un francotirador y un homenaje a Hitchcock. Que uno puede ser muy revolucionario y alternativo pero manteniéndose fiel a sus raíces.
Lo dicho: “El fantasma del paraíso”, genial “rara avis” (pero con los puntos sobre las íes).
Las jamonas del “Un-Dos-Tres".
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20.08.2008Película friki española habemus. “El buque maldito” de Amando de Ossorio es una película de terror tan mala tan mala que con el paso de los años se ha convertido en un icono pop de la cultura friki general, como el Batman televisivo de Adam West o la saga enterita de Santo, el enmascarado de plata. No obstante, si el bueno de Santo o el hippie Hombre Murciélago tenían un carácter inocentemente estrafalario y “camp”, “El buque maldito” de inocente no tiene nada, ya que es fruto de 40 años de sexualidad reprimida. Pongámonos en situación: 1974, el ¡invicto caudillo! aún está vivo (más o menos) balbuceando incoherencias y firmando sentencias de muerte. A su derecha está la iglesia católica, castrando a todos y a cada uno de los españoles con su hipócrita moralina e inmiscuyéndose en la vida de los católicos y, sobretodo, de los no-católicos. El divorcio no está legalizado, la homosexualidad es un delito, a las mujeres hay que atarlas en corto, que por su culpa echaron a Adán del paraíso y la censura impide cualquier manifestación erótico-festiva (o cualquier otro tipo de manifestación que se saliese del orden establecido). Y como mostrar un pezón en pantalla era pecado mortal, las productoras de cine, para ganar dinero fácil, no tenían otra opción que poner lo único que se podía enseñar en esa época: muslamen. Y aquí el argumento de “El buque maldito” es genial (genial por decir algo, porque la plasmación de la sexualidad en la película es burda, tosca, torpe, gratuita y ridícula)(aunque así hace más gracia).
La peli empieza con una calavera cornuda con los ojos rojos y de fondo se escucha una música tétrica medieval, algo así como los monjes de Silos pero con el demonio dentro, como diciendo: “que sí, que sé a lo que veníis pero la película también es de susto”. Justo después...¡primer muslamen! para que los señores no se aburran: en una sesión fotográfica tres muchachas exhiben unos bikinis microscópicos pero decentes. Al final de la sesión fotográfica, una de las modelos llamada Noemí (interpretada por una irreconocible Bárbara Rey pre-cirugía estética y pre-Ángel Cristo) pregunta a la jefa de la agencia de modelos que dónde está Cathy, que también es modelo y lleva varios días desaparecida (y uno no sabe si Bárbara Rey y la Cathy son amigas o están liadas. ¡uyyy qué morbo!). La jefa de la agencia le dice que Cathy está haciendo un trabajito especial (y aquí todos los espectadóres ya estaban haciéndo cábalas y relamiéndose: “je, je, sí sí, un “trabajito especial”). Pues no, el trabajito es el siguiente: a un millonetis constructor de lanchas se le ha ocurrido la genial idea de coger a dos modelos, soltarlas en mitad del océano con una de sus lanchas y esperar a que un barco las rescate por casualidad ¿que por qué? En teoría es un truco publicitario para promocionar su lancha sin que le cueste un duro, en la práctica es otra excusa del director para seguir mostrando muchachas potentes en bikini.
Pues bien, sigo. Las dos modelos acuáticas de pronto encuentran un galeote del siglo XVI (más bien una maqueta bastante cutre) y un montón de niebla. El galeote golpéa la lancha y le hace una brecha y las modelos se ven obligadas a subir al barco pero antes avisan por radio al millonetis. El millonetis decide ir en su búsqueda y se lleva consigo a su guardaespaldas (que por lo visto le guarda algo más que las espaldas, en fin, que parece que son mariquitas. ¡uyyyy, qué morbo!) (aunque el guardaespaldas creo yo que es bisexual, porque también le mete mano a Bárbara Rey). También van la jefa de modelos, Bárbara Rey (a ésta la secuestran para que no se chive a la prensa) y también va un experto en meteorología que es un fenómeno el hombre porque lo mismo sabe del tiempo atmosférico como de dimensiones alternativas como de latín como de sectas medievales y de zombis templarios. En fin, juntos y revueltos (y ellas enseñando cacha) encuentran el barco y ni rastro de las chicas en bikini. Por la noche Bárbara Rey se pone a buscar a su amiga por el barco y claro, quien la busca la consigue: de unos ataúdes le sale una docenita de zombies-templarios esqueléticos dispuestos a matarla y, de paso, a meterle mano. Después de matarla se van a dormir de nuevo, que después de la cena no les gusta trasnochar. A la noche siguiente, el meteorólogo erudito encuentra un pergamino que explica toda la historia del barco: es el refugio de los últimos miembros de una secta maligna medieval templaria y que el barco está en otro plano de existencia y que no pueden huir. De pronto los zombi-templarios salen de sus tumbas pero el meteorólogo erudito los espanta con una cruz en llamas (pero ¿los bichos qué son? ¿zombies o vampiros?). A la mañana siguiente deciden tirar los ataudes al mar y de esta manera se rompe el maleficio y de paso encuentran un tesoro. Todos deciden saltar por la borda y llegar nadando a la orilla, menos el meteorólogo, que con lo listo que es no sabe nadar. Justo cuando saltan al agua, la calavera cornuda de los ojos rojos que salía al principio se cabrea y quema la maqueta del barco (y el meteorólogo se muere churruscado). El guardaespaldas bisexual intenta matar a los otros dos para quedarse el tesoro, pero también muere. Al final, la jefa de la agencia de modelos y el millonetis marillende llegan a la orilla, pero también están...¡los zombies-templarios! que por lo visto sabían nadar y al final los matan a los dos y fin y se acabó (aunque hicieron otra parte, titulada “La noche de las cien gaviotas” que narra las andanzas de los zombies-templarios por la costa, persiguiéndo a más muchachas en bikini).
En fin, “El buque maldito” es un film imprescindible para aquellas veladas etílicas con los amigotes, porque en sereno aburre bastante, pero “achispado” la carcajada está asegurada. Y para los que le vaya la marcha jamonera, a parte de este film y el de las gaviotas, Amando de Ossorio también hizo previamente dos películas que precenden a la del buque y que son “La noche del terror ciego” (1971) (que he leído yo en interner que Peter Jackson le copió a Amando de Ossorio la persecución a caballo de los Nazgul de “La comunidad del anillo”) y “El ataque de los muertos sin ojos” (1973), formando las cuatro películas la mítica tetralogía templaria de Amando de Ossorio, serie B casposa española pero B mayúscula, al fin y al cabo.
La peli empieza con una calavera cornuda con los ojos rojos y de fondo se escucha una música tétrica medieval, algo así como los monjes de Silos pero con el demonio dentro, como diciendo: “que sí, que sé a lo que veníis pero la película también es de susto”. Justo después...¡primer muslamen! para que los señores no se aburran: en una sesión fotográfica tres muchachas exhiben unos bikinis microscópicos pero decentes. Al final de la sesión fotográfica, una de las modelos llamada Noemí (interpretada por una irreconocible Bárbara Rey pre-cirugía estética y pre-Ángel Cristo) pregunta a la jefa de la agencia de modelos que dónde está Cathy, que también es modelo y lleva varios días desaparecida (y uno no sabe si Bárbara Rey y la Cathy son amigas o están liadas. ¡uyyy qué morbo!). La jefa de la agencia le dice que Cathy está haciendo un trabajito especial (y aquí todos los espectadóres ya estaban haciéndo cábalas y relamiéndose: “je, je, sí sí, un “trabajito especial”). Pues no, el trabajito es el siguiente: a un millonetis constructor de lanchas se le ha ocurrido la genial idea de coger a dos modelos, soltarlas en mitad del océano con una de sus lanchas y esperar a que un barco las rescate por casualidad ¿que por qué? En teoría es un truco publicitario para promocionar su lancha sin que le cueste un duro, en la práctica es otra excusa del director para seguir mostrando muchachas potentes en bikini.
Pues bien, sigo. Las dos modelos acuáticas de pronto encuentran un galeote del siglo XVI (más bien una maqueta bastante cutre) y un montón de niebla. El galeote golpéa la lancha y le hace una brecha y las modelos se ven obligadas a subir al barco pero antes avisan por radio al millonetis. El millonetis decide ir en su búsqueda y se lleva consigo a su guardaespaldas (que por lo visto le guarda algo más que las espaldas, en fin, que parece que son mariquitas. ¡uyyyy, qué morbo!) (aunque el guardaespaldas creo yo que es bisexual, porque también le mete mano a Bárbara Rey). También van la jefa de modelos, Bárbara Rey (a ésta la secuestran para que no se chive a la prensa) y también va un experto en meteorología que es un fenómeno el hombre porque lo mismo sabe del tiempo atmosférico como de dimensiones alternativas como de latín como de sectas medievales y de zombis templarios. En fin, juntos y revueltos (y ellas enseñando cacha) encuentran el barco y ni rastro de las chicas en bikini. Por la noche Bárbara Rey se pone a buscar a su amiga por el barco y claro, quien la busca la consigue: de unos ataúdes le sale una docenita de zombies-templarios esqueléticos dispuestos a matarla y, de paso, a meterle mano. Después de matarla se van a dormir de nuevo, que después de la cena no les gusta trasnochar. A la noche siguiente, el meteorólogo erudito encuentra un pergamino que explica toda la historia del barco: es el refugio de los últimos miembros de una secta maligna medieval templaria y que el barco está en otro plano de existencia y que no pueden huir. De pronto los zombi-templarios salen de sus tumbas pero el meteorólogo erudito los espanta con una cruz en llamas (pero ¿los bichos qué son? ¿zombies o vampiros?). A la mañana siguiente deciden tirar los ataudes al mar y de esta manera se rompe el maleficio y de paso encuentran un tesoro. Todos deciden saltar por la borda y llegar nadando a la orilla, menos el meteorólogo, que con lo listo que es no sabe nadar. Justo cuando saltan al agua, la calavera cornuda de los ojos rojos que salía al principio se cabrea y quema la maqueta del barco (y el meteorólogo se muere churruscado). El guardaespaldas bisexual intenta matar a los otros dos para quedarse el tesoro, pero también muere. Al final, la jefa de la agencia de modelos y el millonetis marillende llegan a la orilla, pero también están...¡los zombies-templarios! que por lo visto sabían nadar y al final los matan a los dos y fin y se acabó (aunque hicieron otra parte, titulada “La noche de las cien gaviotas” que narra las andanzas de los zombies-templarios por la costa, persiguiéndo a más muchachas en bikini).
En fin, “El buque maldito” es un film imprescindible para aquellas veladas etílicas con los amigotes, porque en sereno aburre bastante, pero “achispado” la carcajada está asegurada. Y para los que le vaya la marcha jamonera, a parte de este film y el de las gaviotas, Amando de Ossorio también hizo previamente dos películas que precenden a la del buque y que son “La noche del terror ciego” (1971) (que he leído yo en interner que Peter Jackson le copió a Amando de Ossorio la persecución a caballo de los Nazgul de “La comunidad del anillo”) y “El ataque de los muertos sin ojos” (1973), formando las cuatro películas la mítica tetralogía templaria de Amando de Ossorio, serie B casposa española pero B mayúscula, al fin y al cabo.
Hiel.
Rating: 9
19.08.2008En el fondo nada importa. Y es muy duro aceptarlo, porque nosotros somos el centro del universo. En este planeta hay seis mil millones de centros del universo y cada uno analiza el mundo desde su propio punto de vista. Poseemos una escala de valores que creemos propia, pero que en realidad ha sido impuesta durante generaciones por el peso de la tradición, el miedo, los prejuicios y los intereses creados. Nuestras creencias son mentiras y nuestra moral es un fraude. Creemos querer la verdad pero nos equivocamos, porque cuando experimentamos esa verdad, desesperadamente deseamos volver a creer otra mentira, una mentira piadosa que nos motive a seguir viviendo un día más en paz con nosotros mismos. Nada importa porque en última instancia todos somos prescindibles y cuando ya no estemos aquí nuestro recuerdo será menos que nada, quizás un sentimiento que pueda reconfortar a la persona amada, pero poco más. Creemos que podemos ser un referente para otras personas, creemos en la ilusión de afectar de alguna manera en la vida de los que nos rodean, creemos que nos querrán por lo que somos y no por lo que tenemos. Y creemos que podremos superar las barreras sin saber que nos hemos acostumbrado a vivir aplastado por esas mismas barreras, porque en el fondo creemos que son necesarias.
Creemos que vivimos la vida pero en realidad la vida nos arrastra sin piedad. La mayoría de las veces lo ignoramos, otras lo aceptamos, y otras veces intentamos negarlo a través del distanciamiento, de la ironía, de creernos diferentes a los que nos rodean porque creemos que el conocimiento nos hace superior a esa marea que nos arrastra. Y detrás de esa marea encontramos la brutalidad de las relaciones humanas, el intento de abstracción a cualquier precio, la terrible proximidad de la materia que no conoce la dignidad ni la piedad, la sexualidad como alivio vacío y agresión velada y el paraíso hedonista autodestructivo. Y cuando todo falla, volvemos patéticamente nuestra vista a la infancia perdida, a la ausencia de responsabilidades, a un estado pre-sexual idílico, inocente y lleno de mentiras. Una gran basura que no conduce a nada constructivo, sólo a retozar obscenamente en recuerdos de una enorme frivolidad disfrazados de ternura.
Holden me cae fatal. Es un niñato que merece que le den dos hostias. Su constante lloriqueo me resulta insoportable y su patética actitud victimista y elitista me da nauseas.
Maldito seas, Salinger, por reflejarnos tan bien.
Creemos que vivimos la vida pero en realidad la vida nos arrastra sin piedad. La mayoría de las veces lo ignoramos, otras lo aceptamos, y otras veces intentamos negarlo a través del distanciamiento, de la ironía, de creernos diferentes a los que nos rodean porque creemos que el conocimiento nos hace superior a esa marea que nos arrastra. Y detrás de esa marea encontramos la brutalidad de las relaciones humanas, el intento de abstracción a cualquier precio, la terrible proximidad de la materia que no conoce la dignidad ni la piedad, la sexualidad como alivio vacío y agresión velada y el paraíso hedonista autodestructivo. Y cuando todo falla, volvemos patéticamente nuestra vista a la infancia perdida, a la ausencia de responsabilidades, a un estado pre-sexual idílico, inocente y lleno de mentiras. Una gran basura que no conduce a nada constructivo, sólo a retozar obscenamente en recuerdos de una enorme frivolidad disfrazados de ternura.
Holden me cae fatal. Es un niñato que merece que le den dos hostias. Su constante lloriqueo me resulta insoportable y su patética actitud victimista y elitista me da nauseas.
Maldito seas, Salinger, por reflejarnos tan bien.
18.08.2008“Con mi garfio por mano, te abriré en canal desde la ingle hasta el esófago”, era la carta de presentación de Candyman, el hombre de los caramelos, esa simpática leyenda urbana literaria creada por el cenobita Clive Barker en el relato “Lo prohibido” perteneciente a su célebre antología (y un poco sobrevalorada a mi modesto entender) "Libros de sangre" y adaptada al fotograma por el director Bernard Rose, muy conocido en su casa a la hora de comer pero que a nivel profesional, con escasas excepciones, tampoco es que sea muy conocido, (y es una lástima, porque esta película le salió redonda).
“Candyman, el dominio de la mente” es una de esas joyas ocultas del cine de terror de los 90, una década en la que el cine de género estaba de capa caída y la calidad brillaba por su ausencia. Esta película mezcla de manera excepcional el terror psicológico con el gore de buen gusto, la poesía trágica, siniestra y romántica con la miseria y la sordidez, el horror metafísico con el descuartizamiento mundano y directo. Y todo ello enmarcado en el fascinante mundo de las leyendas urbanas y las tradiciones populares macabras.
Como ya señalé en mi comentario sobre “Leyendas urbanas en España” (escrito por Antonio Ortí y Josep Sampere) toda leyenda urbana encierra en mayor o menor medida un trasfondo moralista conservador o directamente reaccionario. Las víctimas de estas leyendas suelen ser promiscuos, adúlteros, drogadictos o todo a la vez, y el castigo es consecuencia de sus excesos. Hay otras leyendas que intentan sumir a la persona en el cenegal de la superstición, leyendas que hablan de criaturas sobrenaturales y de ritos convocatorios. La víctima en este caso es un incauto que realizó el rito para desenmascarar el fraude y al final murió por su incredulidad. La moralina de estos cuentos es muy clara: “no juegues con los asuntos del más allá” (y quien dice “más allá” dice espíritus, demonio, diablo y por extensión, dios, iglesia, diezmo, etc). Pues bien, Candyman es una mezcla de estos dos tipos de leyenda urbana. La primera, la leyenda del garfio: dos adolescentes están teniendo relaciones prematrimoniales en un coche y escuchan por radio que un loco con garfio se ha escapado del manicomio (y al final uno o los dos mueren por promiscuos y degenerados ¡qué juventú más loca!). La segunda leyenda es la de nuestra querida amiga Verónica, Mary Wroth para los angloparlantes, una niña siniestra y metafísica que aparece si se la convoca y en el ritual hay un espejo de por medio y, según algunas versiones, hay que decir su nombre 3 veces. Candyman tiene un garfio por mano y aparece de la nada cuando alguien pronuncia su nombre 5 veces delante del espejo. Y como toda buena leyenda urbana, la “realidad” en la que se fundamenta esta leyenda es trágicamente romántica: en el siglo XIX, en Estados Unidos, el hijo pintor de un esclavo negro retrata a la hija de un terrateniente del lugar. Artista y modelo se enamoran y ella queda embarazada. El padre se entera y ordena que maten al muchacho, torturándole previamente, cortando su mano y sustituyéndola por un garfio. Tras horas de maltrato y escarnio público, el joven pintor es quemado vivo. Por este motivo el alma en pena del pintor exige una perpetua venganza, manifestándose cuando su nombre es repetido cinco veces delante de un espejo. No importa que seas culpable o inocente, creyente o agnóstico: Candyman aparecerá de la nada y te abrirá en canal con su garfio oxidado, derramando tu sangre y tus entrañas por el suelo. Qué susto.
La primera mitad del film es un buen thriller psicológico sin aspectos paranormales: la protagonista, Hellen (interpretada por Virginia Madsen) está escribiendo una tesis doctoral sobre las leyendas urbanas y se obsesiona con la leyenda de Candyman. Visita el barrio donde se supone que suele aparecer, un barrio marginal de la ciudad, donde la pobreza y la delincuencia se ha impuesto desde hace muchos años. Finalmente Hellen es agredida por una banda local, que utiliza el nombre de Candyman para asustar a la gente y cometer sus crímenes con impunidad. Con la declaración de Hellen, la policía desarticula la banda y el barrio de Cabrini deja de creer en el implacable hombre de los caramelos. No obstante, Hellen no tardará en recibir la visita del auténtico Candyman (interpretado por Tony Todd), furioso porque su leyenda terrible ya no infunde miedo a la gente, por lo que se verá obligado a derramar sangre inocente para que su nombre vuelva a ser temido y su leyenda cobre vida de nuevo. Sin embargo, una siniestra sospecha pende durante esta segunda parte del film ¿existe Candyman realmente o es Hellen, perturbada por su obsesión por Candyman, quien comete los brutales asesinatos?
“Candyman, el dominio de la mente” es una gran película de terror: asusta y conmociona sin recurrir a lo vulgar ni a lo explícito, con un guión sólido y una banda sonora genial (compuesta por Phillip Glass) que te produce escalofríos y que eleva el horror elemental de las imágenes del film. Personalmente me encanta su soberbio final, la única nota de humor negro que posee el film, una auténtica “vuelta de tuerca” que te estremece por lo horrible que es, y que supone un punto y final a las andanzas del hombre de los caramelos. No obstante, el dinero es muy goloso y, ¡cómo no!, realizaron una segunda y tercera parte (y la cuarta para el 2010, según interner), con una calidad inversamente proporcional al film original (aunque hablo de oídas. Yo tiré la toalla tras ver la segunda parte).
Pero eso no impide que disfrutemos de nuestra pequeña joya gótica con morbosa delectación. "Mr. Sandman, bring me a dream..."
“Candyman, el dominio de la mente” es una de esas joyas ocultas del cine de terror de los 90, una década en la que el cine de género estaba de capa caída y la calidad brillaba por su ausencia. Esta película mezcla de manera excepcional el terror psicológico con el gore de buen gusto, la poesía trágica, siniestra y romántica con la miseria y la sordidez, el horror metafísico con el descuartizamiento mundano y directo. Y todo ello enmarcado en el fascinante mundo de las leyendas urbanas y las tradiciones populares macabras.
Como ya señalé en mi comentario sobre “Leyendas urbanas en España” (escrito por Antonio Ortí y Josep Sampere) toda leyenda urbana encierra en mayor o menor medida un trasfondo moralista conservador o directamente reaccionario. Las víctimas de estas leyendas suelen ser promiscuos, adúlteros, drogadictos o todo a la vez, y el castigo es consecuencia de sus excesos. Hay otras leyendas que intentan sumir a la persona en el cenegal de la superstición, leyendas que hablan de criaturas sobrenaturales y de ritos convocatorios. La víctima en este caso es un incauto que realizó el rito para desenmascarar el fraude y al final murió por su incredulidad. La moralina de estos cuentos es muy clara: “no juegues con los asuntos del más allá” (y quien dice “más allá” dice espíritus, demonio, diablo y por extensión, dios, iglesia, diezmo, etc). Pues bien, Candyman es una mezcla de estos dos tipos de leyenda urbana. La primera, la leyenda del garfio: dos adolescentes están teniendo relaciones prematrimoniales en un coche y escuchan por radio que un loco con garfio se ha escapado del manicomio (y al final uno o los dos mueren por promiscuos y degenerados ¡qué juventú más loca!). La segunda leyenda es la de nuestra querida amiga Verónica, Mary Wroth para los angloparlantes, una niña siniestra y metafísica que aparece si se la convoca y en el ritual hay un espejo de por medio y, según algunas versiones, hay que decir su nombre 3 veces. Candyman tiene un garfio por mano y aparece de la nada cuando alguien pronuncia su nombre 5 veces delante del espejo. Y como toda buena leyenda urbana, la “realidad” en la que se fundamenta esta leyenda es trágicamente romántica: en el siglo XIX, en Estados Unidos, el hijo pintor de un esclavo negro retrata a la hija de un terrateniente del lugar. Artista y modelo se enamoran y ella queda embarazada. El padre se entera y ordena que maten al muchacho, torturándole previamente, cortando su mano y sustituyéndola por un garfio. Tras horas de maltrato y escarnio público, el joven pintor es quemado vivo. Por este motivo el alma en pena del pintor exige una perpetua venganza, manifestándose cuando su nombre es repetido cinco veces delante de un espejo. No importa que seas culpable o inocente, creyente o agnóstico: Candyman aparecerá de la nada y te abrirá en canal con su garfio oxidado, derramando tu sangre y tus entrañas por el suelo. Qué susto.
La primera mitad del film es un buen thriller psicológico sin aspectos paranormales: la protagonista, Hellen (interpretada por Virginia Madsen) está escribiendo una tesis doctoral sobre las leyendas urbanas y se obsesiona con la leyenda de Candyman. Visita el barrio donde se supone que suele aparecer, un barrio marginal de la ciudad, donde la pobreza y la delincuencia se ha impuesto desde hace muchos años. Finalmente Hellen es agredida por una banda local, que utiliza el nombre de Candyman para asustar a la gente y cometer sus crímenes con impunidad. Con la declaración de Hellen, la policía desarticula la banda y el barrio de Cabrini deja de creer en el implacable hombre de los caramelos. No obstante, Hellen no tardará en recibir la visita del auténtico Candyman (interpretado por Tony Todd), furioso porque su leyenda terrible ya no infunde miedo a la gente, por lo que se verá obligado a derramar sangre inocente para que su nombre vuelva a ser temido y su leyenda cobre vida de nuevo. Sin embargo, una siniestra sospecha pende durante esta segunda parte del film ¿existe Candyman realmente o es Hellen, perturbada por su obsesión por Candyman, quien comete los brutales asesinatos?
“Candyman, el dominio de la mente” es una gran película de terror: asusta y conmociona sin recurrir a lo vulgar ni a lo explícito, con un guión sólido y una banda sonora genial (compuesta por Phillip Glass) que te produce escalofríos y que eleva el horror elemental de las imágenes del film. Personalmente me encanta su soberbio final, la única nota de humor negro que posee el film, una auténtica “vuelta de tuerca” que te estremece por lo horrible que es, y que supone un punto y final a las andanzas del hombre de los caramelos. No obstante, el dinero es muy goloso y, ¡cómo no!, realizaron una segunda y tercera parte (y la cuarta para el 2010, según interner), con una calidad inversamente proporcional al film original (aunque hablo de oídas. Yo tiré la toalla tras ver la segunda parte).
Pero eso no impide que disfrutemos de nuestra pequeña joya gótica con morbosa delectación. "Mr. Sandman, bring me a dream..."
16.08.2008“Mad Max 2” es como “Mad Max 1” pero multiplicado por un millón. Se desprende de los aspectos superfluos del anterior film y se centra en el cogollo del asunto: violencia gratuita y descerebrada, coches rápidos y potentes, decadencia extrema del sistema capitalista y mucho mucho mucho humor negro. Cuando uno ve este film, no puede evitar horrorizarse y divertirse, todo al mismo tiempo. Es una película tan excesiva, tan grotesca, tan absurdamente chillona y “trash-kitsch” que a nadie deja indiferente.
Max Rockatansky, acompañado de su fiel perro, recorre el salvaje e incivilizado páramo australiano conduciendo el último Interceptor V-8, el más mejor coche del mundo. Sin sueños ni esperanzas, la única motivación de Max es conseguir gasolina para seguir huyendo hacia la nada. Una tarde descubre una pequeña colonia que posee grandes reservas de petróleo, pero dicha colonia está siendo asediada por una pandilla de vándalos punkis ultraviolentos sexualmente ambiguos liderados por El Gran Humungus, un culturista con problemas de alopecia fan de Jason Voorhees. Max revivirá los viejos tiempos en los que atropellaba a punkis y se unirá a los colonos en su lucha contra El Gran Humungus.
La película es una maravilla de principio a fin. Comienza con un resumen de la primera parte, recuerdos de un anciano que revive sus años de juventud y que mezcla realidades con fantasías, forjando así la leyenda de Max, el guerrero de la carretera. Acto seguido, sin más preámbulos, vemos la primera persecución del film: Max es acosado por varios punkis. Una escena rápida y brutal que acaba insatisfactoriamente para ambos bandos pero que establecerá la relación de odio entre los dos antagonistas: Max y Wez el punki de manual (que buscas punki en el diccionario y sale su foto: cresta a lo “último mohicano”, cara de mala hostia y cuero negro ajustado). La naturaleza salvaje y desierta del páramo australiano y su aplastante inmensidad son los protagonistas absolutos, enmarcando los últimos vestigios de una civilización que ya ha finalizado: una carretera desierta y los restos de varios vehículos. A medida que avanza el film, estos vestigios de civilización desaparecen progresivamente siendo sustituidos por un salvajismo elemental, grotesco y desvergonzado. Gobiernos han sido sustituidos por tribus teocráticas (El Gran Humungus va de mesías por la vida) y la relación entre los seres humanos es violenta y despiadada. La única esperanza es un paraíso lejano (siempre es lejano), un lugar donde poder escapar y recuperar sus vidas, un lugar que realmente no existe pero que resulta imprescindible para conservar las ganas de vivir. Pero Max vive ajeno a todo esto. Ni siente ni padece por nadie. Ya nada importa y solo quiere gasolina para seguir su demencial viaje a ninguna parte. Sólo cuando los punkis le despojan de su último gramo de orgullo, decide ponerse del lado de los colonos (aunque, por otra parte ¿qué opción le quedaba?).
Y al final, la mejor persecución de vehículos jamás rodada en la historia del cine. Un resumen impecable de toda la película, llena de muertes innecesarias, coches y motos destrozados, acción desenfrenada y angustiosa y un final abrupto, brutal y estéril. Una mezcla desordenada, confusa y genial de imágenes y sensaciones, de bestialidades y heroísmos, todo imbuido de una épica añeja y crepuscular, consagrando al personaje de Mel Gibson como uno de los mejores anti-héroes del cine: Max el loco, una leyenda maldita, trágica y terriblemente carismática.
El éxito y la proyección en la cultura popular de “Mad Max 2” fue indiscutible. Surgieron multitud de copias que desgraciadamente se quedaban en la superficie del invento, sencillamente plagiaban la estética punk-decadente y la despojaban del humor y del absurdo imprescindible del film, aumentando, eso sí, la violencia a unos niveles crudos repugnantes. Incluso, me acuerdo yo, Renault hizo un anuncio de televisión parodiando la película, que salía un punki destrozando un coche y de pronto salía el Renault, todo nuevecito y el Punki no podía romperlo de lo resistente que era el coche, y el eslogan era: “Renault: ¡se lo carga todo!”. Incluso algunos (como Jesús Palacios, popular escritor y crítico cinematográfico) ven en “Mad Max 2” una película de culto gay. Lo dicho, como la primera parte, interpretaciones y lecturas múltiples y variopintas, propias de un clásico ecléctico y de culto. George Miller rodó una de las mejores películas del “fantastique” mundial, referente indiscutible del cine friki y no tan friki, una obra maestra excesiva, única y excepcional.
No obstante, y dicho suavemente, el estado de gracia de George Miller acabó con esta película. En 1985 rodaría la tercera parte: “Mad Max 3. Más allá de la cúpula del trueno”, que aunque es la continuación lógica de la saga, para mí resultó una completa decepción, un Mad Max para todos los públicos, demasiado suave para lo que nos tenían acostumbrados (aunque reconozco que la película es una obra más que digna y desde aquí pido a Felmanuel que escriba una crítica sobre “Mad Max 3” defendiendo sus virtudes). Y después poco más...ah, sí, George Miller dirigió la secuela de esa obra conceptual del cine contemporáneo intitulada: “Babe, el cerdito valiente” (no es broma).
Pero ahí quedará para siempre “Mad Max 2”, una película atemporal que no envejece con el paso de los años y que sigue transmitiendo las mismas emociones de caos, locura y diversión.
Max Rockatansky, acompañado de su fiel perro, recorre el salvaje e incivilizado páramo australiano conduciendo el último Interceptor V-8, el más mejor coche del mundo. Sin sueños ni esperanzas, la única motivación de Max es conseguir gasolina para seguir huyendo hacia la nada. Una tarde descubre una pequeña colonia que posee grandes reservas de petróleo, pero dicha colonia está siendo asediada por una pandilla de vándalos punkis ultraviolentos sexualmente ambiguos liderados por El Gran Humungus, un culturista con problemas de alopecia fan de Jason Voorhees. Max revivirá los viejos tiempos en los que atropellaba a punkis y se unirá a los colonos en su lucha contra El Gran Humungus.
La película es una maravilla de principio a fin. Comienza con un resumen de la primera parte, recuerdos de un anciano que revive sus años de juventud y que mezcla realidades con fantasías, forjando así la leyenda de Max, el guerrero de la carretera. Acto seguido, sin más preámbulos, vemos la primera persecución del film: Max es acosado por varios punkis. Una escena rápida y brutal que acaba insatisfactoriamente para ambos bandos pero que establecerá la relación de odio entre los dos antagonistas: Max y Wez el punki de manual (que buscas punki en el diccionario y sale su foto: cresta a lo “último mohicano”, cara de mala hostia y cuero negro ajustado). La naturaleza salvaje y desierta del páramo australiano y su aplastante inmensidad son los protagonistas absolutos, enmarcando los últimos vestigios de una civilización que ya ha finalizado: una carretera desierta y los restos de varios vehículos. A medida que avanza el film, estos vestigios de civilización desaparecen progresivamente siendo sustituidos por un salvajismo elemental, grotesco y desvergonzado. Gobiernos han sido sustituidos por tribus teocráticas (El Gran Humungus va de mesías por la vida) y la relación entre los seres humanos es violenta y despiadada. La única esperanza es un paraíso lejano (siempre es lejano), un lugar donde poder escapar y recuperar sus vidas, un lugar que realmente no existe pero que resulta imprescindible para conservar las ganas de vivir. Pero Max vive ajeno a todo esto. Ni siente ni padece por nadie. Ya nada importa y solo quiere gasolina para seguir su demencial viaje a ninguna parte. Sólo cuando los punkis le despojan de su último gramo de orgullo, decide ponerse del lado de los colonos (aunque, por otra parte ¿qué opción le quedaba?).
Y al final, la mejor persecución de vehículos jamás rodada en la historia del cine. Un resumen impecable de toda la película, llena de muertes innecesarias, coches y motos destrozados, acción desenfrenada y angustiosa y un final abrupto, brutal y estéril. Una mezcla desordenada, confusa y genial de imágenes y sensaciones, de bestialidades y heroísmos, todo imbuido de una épica añeja y crepuscular, consagrando al personaje de Mel Gibson como uno de los mejores anti-héroes del cine: Max el loco, una leyenda maldita, trágica y terriblemente carismática.
El éxito y la proyección en la cultura popular de “Mad Max 2” fue indiscutible. Surgieron multitud de copias que desgraciadamente se quedaban en la superficie del invento, sencillamente plagiaban la estética punk-decadente y la despojaban del humor y del absurdo imprescindible del film, aumentando, eso sí, la violencia a unos niveles crudos repugnantes. Incluso, me acuerdo yo, Renault hizo un anuncio de televisión parodiando la película, que salía un punki destrozando un coche y de pronto salía el Renault, todo nuevecito y el Punki no podía romperlo de lo resistente que era el coche, y el eslogan era: “Renault: ¡se lo carga todo!”. Incluso algunos (como Jesús Palacios, popular escritor y crítico cinematográfico) ven en “Mad Max 2” una película de culto gay. Lo dicho, como la primera parte, interpretaciones y lecturas múltiples y variopintas, propias de un clásico ecléctico y de culto. George Miller rodó una de las mejores películas del “fantastique” mundial, referente indiscutible del cine friki y no tan friki, una obra maestra excesiva, única y excepcional.
No obstante, y dicho suavemente, el estado de gracia de George Miller acabó con esta película. En 1985 rodaría la tercera parte: “Mad Max 3. Más allá de la cúpula del trueno”, que aunque es la continuación lógica de la saga, para mí resultó una completa decepción, un Mad Max para todos los públicos, demasiado suave para lo que nos tenían acostumbrados (aunque reconozco que la película es una obra más que digna y desde aquí pido a Felmanuel que escriba una crítica sobre “Mad Max 3” defendiendo sus virtudes). Y después poco más...ah, sí, George Miller dirigió la secuela de esa obra conceptual del cine contemporáneo intitulada: “Babe, el cerdito valiente” (no es broma).
Pero ahí quedará para siempre “Mad Max 2”, una película atemporal que no envejece con el paso de los años y que sigue transmitiendo las mismas emociones de caos, locura y diversión.
16.08.2008Se acabó el petróleo (o, al menos, es mucho más escaso que antes). Los Gobiernos (o mejor dicho, los grupos empresariales que sustentan a esos gobiernos) luchan desesperadamente por acaparar las últimas reservas de combustible, presionando a sus representantes políticos para desencadenar guerras localizadas en lugares geopolíticos estratégicos, descuidando el estado de bienestar de la población en general. Hace tiempo que el progreso dejó de serlo y la ciencia y la tecnología se estancaron definitivamente. La sociedad vive un lento pero firme proceso de desintegración con una desaparición paulatina de valores e ideales. El individualismo se impone y el “sálvese quien pueda” está a la orden del día. Las fuerzas de seguridad han dejado de serlo. Sin la correcta supervisión del gobierno, los policías son un puñado de lúmpenes que hacen sus propios negocios al margen de la ley. Hablamos de una distopía terriblemente cercana a la realidad, una distopía de víctimas y depredadores, de caos y brutalidad, de velocidad y violencia. Hablamos de la distopía australiana de “Mad Max”, una distopía doblemente demoledora porque refleja las tendencias económicas y políticas de un sistema en concreto desde un prisma distorsionante donde prima el humor negro, el absurdo y la ultraviolencia “cartoon” de dibujos animados.
A simple vista “Mad Max” parece una película fascistoide de justicieros motorizados, violencia gratuita y punkis “darkangels” decadentes, frívolos, promiscuos y mariquitas. Y un repaso superficial a la sinopsis del film parece confirmarlo: Max Rockatansky es un fenómeno de policía que subido en su potente coche-interceptor se dedica en darle su merecido a la escoria que profana las carreteras australianas. Pero un día, una banda de motoristas gamberros queman vivo a su mejor amigo (también policía) y Max decide abandonar el cuerpo de policía junto a su mujer y su hijo pequeño. No obstante los motoristas persiguen a Max y matan a su hijo y dejan malherida a su mujer. Entonces Max pierde los papeles, roba el coche más potente de Australia (un interceptor V-8) y emulando a Charles Bronson y su lema “yo soy la justicia y el que opine lo contrario le pego un tiro” se carga a los sucios motoristas y aquí paz y después gloria.
Pero Mad Max es mucho más que un Harry el sucio en las antípodas. George Miller mezcla de forma única y magistral todas sus paranoias, filias y fobias para mostrarnos una ópera bufa de coches de carreras, westerns crepusculares, futuros post-apocalípticos y tiros indiscriminados a través de multitud de escenas esperpénticas, grotescas, satíricas y absurdas, donde la forma genialmente rimbombante y en ocasiones inapropiada se une a un fondo específico que está ahí pero que no es imprescindible para disfrutar de la obra. Es más, soy de la opinión de que para disfrutar completamente de Mad Max no hay que tomársela demasiado en serio. ¿Acaso los policías no son unos payasos adictos a la velocidad y a la violencia, unos impresentables marginados que trafican con gasolina y a los que la seguridad de la gente hace tiempo que dejó de importarles? ¿acaso los motoristas criminales no son una ridícula e intencionada parodia de los punkis que tanto acojonaban a los autoproclamados “bienpensantes” en aquella época (1979) donde los Sex Pistols sacudían los cimientos de la Commonwealth? George Miller quería impactar a los espectadores con escenas resultonas de persecuciones de coches, atravesando caravanas a las bravas y atropellando al personal, pero George Miller también quería reírse del mundo que le rodeaba en ese momento y ridiculizar unos valores reaccionarios que estaban surgiendo a raíz de la crisis económica y que amenazaban con imponerse (mismamente en 1979 Margaret Tatcher sube al poder en Gran Bretaña y un año después Ronald Reagan hace lo propio en Estados Unidos de América. O sea, conservadurismo a punta pala).
“Mad Max” es una película muy abierta y de muchas lecturas (o de ninguna, según el estado de ebriedad del espectador). Para los que les vaya la marcha sin pretextos intelectuales, “Mad Max” es una película de tiros y coches, de buenos y malos, de honor perdido y honor recuperado, de muertes y venganzas. Una buena película de acción muy bien hecha. Para el que quiera leer entre líneas podrá disfrutar con los múltiples detalles y segundas lecturas repartidas a lo largo del film, que horrorizan y divierten al espectador a partes iguales.
“Muchas” fueron las voces que se quejaron de la excesiva e innecesaria violencia reflejada en el film. Pobrecicos, aún no sabían lo que les esperaba. Un año después George Miller hizo “Mad Max 2”.
A simple vista “Mad Max” parece una película fascistoide de justicieros motorizados, violencia gratuita y punkis “darkangels” decadentes, frívolos, promiscuos y mariquitas. Y un repaso superficial a la sinopsis del film parece confirmarlo: Max Rockatansky es un fenómeno de policía que subido en su potente coche-interceptor se dedica en darle su merecido a la escoria que profana las carreteras australianas. Pero un día, una banda de motoristas gamberros queman vivo a su mejor amigo (también policía) y Max decide abandonar el cuerpo de policía junto a su mujer y su hijo pequeño. No obstante los motoristas persiguen a Max y matan a su hijo y dejan malherida a su mujer. Entonces Max pierde los papeles, roba el coche más potente de Australia (un interceptor V-8) y emulando a Charles Bronson y su lema “yo soy la justicia y el que opine lo contrario le pego un tiro” se carga a los sucios motoristas y aquí paz y después gloria.
Pero Mad Max es mucho más que un Harry el sucio en las antípodas. George Miller mezcla de forma única y magistral todas sus paranoias, filias y fobias para mostrarnos una ópera bufa de coches de carreras, westerns crepusculares, futuros post-apocalípticos y tiros indiscriminados a través de multitud de escenas esperpénticas, grotescas, satíricas y absurdas, donde la forma genialmente rimbombante y en ocasiones inapropiada se une a un fondo específico que está ahí pero que no es imprescindible para disfrutar de la obra. Es más, soy de la opinión de que para disfrutar completamente de Mad Max no hay que tomársela demasiado en serio. ¿Acaso los policías no son unos payasos adictos a la velocidad y a la violencia, unos impresentables marginados que trafican con gasolina y a los que la seguridad de la gente hace tiempo que dejó de importarles? ¿acaso los motoristas criminales no son una ridícula e intencionada parodia de los punkis que tanto acojonaban a los autoproclamados “bienpensantes” en aquella época (1979) donde los Sex Pistols sacudían los cimientos de la Commonwealth? George Miller quería impactar a los espectadores con escenas resultonas de persecuciones de coches, atravesando caravanas a las bravas y atropellando al personal, pero George Miller también quería reírse del mundo que le rodeaba en ese momento y ridiculizar unos valores reaccionarios que estaban surgiendo a raíz de la crisis económica y que amenazaban con imponerse (mismamente en 1979 Margaret Tatcher sube al poder en Gran Bretaña y un año después Ronald Reagan hace lo propio en Estados Unidos de América. O sea, conservadurismo a punta pala).
“Mad Max” es una película muy abierta y de muchas lecturas (o de ninguna, según el estado de ebriedad del espectador). Para los que les vaya la marcha sin pretextos intelectuales, “Mad Max” es una película de tiros y coches, de buenos y malos, de honor perdido y honor recuperado, de muertes y venganzas. Una buena película de acción muy bien hecha. Para el que quiera leer entre líneas podrá disfrutar con los múltiples detalles y segundas lecturas repartidas a lo largo del film, que horrorizan y divierten al espectador a partes iguales.
“Muchas” fueron las voces que se quejaron de la excesiva e innecesaria violencia reflejada en el film. Pobrecicos, aún no sabían lo que les esperaba. Un año después George Miller hizo “Mad Max 2”.
01.08.2008“La noche de Halloween” de John Carpenter es una de esas películas fundamentales para el desarrollo del género del terror, ya que abrió el camino para el sub-género “slasher”, tan rentable y tan sobreexplotado por nuestros amigos estadounidenses. ¿Que qué es el “slasher”? son todas estas simpáticas películas en las que un psicópata homicida enmascarado asesina a adolescentes (adolescentes en teoría, porque los actores de la veintena no bajan) con variedad de armas blancas. También es imprescindible la aparición ocasional (como quien no quiere la cosa) de algún pecho femenino o de algún culete (también femenino). Si en la faena de matar el asesino derrama poca sangre, a la película se la denomina “Slasher” (“acuchillar”); si hay mucha sangre se denomina “Slatter” (“salpicadura de sangre”); y si ya salen vísceras, tripas y casquería fina, podemos denominarlo “Gore” (“sangre derramada”).
En 1974, Tobe Hooper ya había dado los primero pasos con unos serial-killers tejanos en su obra de culto “La matanza de Texas” (“The Texas Chain Saw Massacre”), con el campestre “Cara de cuero” y su motosierra turbo liderando a una familia que no le hacía ascos a nada. La película era increíble, radical y extremadamente desagradable (y lo más curioso es que apenas sale sangre ni tripas ni nada. El horror emana de esa atmósfera truculenta y sucia totalmente conseguida por el director). Pues bien, una película tan adelantada a su tiempo fue condenada inmisericordemente a ser proyectada en cines X, ya que fue considerada ¡casi pornográfica! (vamos, que si ven internet ahora se mueren del susto). Pero la película no fue olvidada y se convirtió en una película de culto, con todo el derecho del mundo. Sin duda esta película fue fuente de inspiración para John Carpenter a la hora de idear a su asesino de hermanas favorito: Michael Myers.
La película es genial en su sencillez: en la noche de Halloween de 1964 un niño asesina con un cuchillo a su hermana mayor (la cual había tenido, momentos antes, una aproximación carnal con su novio). Al nene le internan en un psiquiátrico y 16 años después escapa para revivir aficiones del pasado, oseasé, matar a babysitters en la noche de Halloween. John Carpenter no necesita más para crear un cuento de hadas macabro protagonizado por un terrible hombre del saco al que nadie puede detener, ni siquiera la muerte. La película empieza con un magistral plano-secuencia de 6 minutos donde nos ponemos en la piel del asesino, desconociendo todavía que se trata de un niño ya que la cámara simula los ojos del joven Michael Myers. Vemos como escucha a hurtadillas como su hermana y el novio se refocilan, vemos como coge el cuchillo, vemos como sube las escaleras y vemos como apuñala a su hermana. El plano-secuencia acaba cuando Michael es descubierto por sus padres. Entonces descubrimos que el asesino es un niño, un niño que mira ausente hacia el infinito, un ser amoral disfrazado de niño.
La siguiente hora de metraje es un excelente despliegue de suspense e intriga. Michael Myers, recién fugado del psiquiátrico, elige y acecha a sus futuras víctimas, a plena luz del día, con total impunidad, como una fuerza negativa del destino a la que nadie puede detener. El director se niega a mostrarnos directamente al asesino. Solo vemos imágenes desenfocadas en la lejanía, intuyendo un rostro demasiado pálido e inexpresivo (más tarde descubriremos que se trata de una tosca máscara que simula el rostro humano y que posee unos inquietantes ojos vacíos ). Es una hora de terror contenido, porque sentimos que el asesinato puede cometerse en cualquier momento. Y finalmente ocurre: dos muchachas y un muchacho mueren a manos de Michael Myers, el cual los mata fríamente, sin apasionamiento, sin ira, con una atmósfera asfixiante de paz y tranquilidad. Carpenter evita las escenas explícitas y el exceso de sangre. Sabe que una puesta en escena sugerente es mucho más eficaz, ya que nuestra imaginación complementará esa escena con imágenes más terroríficas.
Y el último cuarto de hora de la película está centrado en la persecución angustiosa que sufre la protagonista de la película (Jaime Lee Curtis) por el asesino, una persecución que parece no tener fin (y de hecho, no lo tiene ya que hicieron una segunda parte continuando la persecución). Esa obstinación ciega y sin sentido que mueve a Michael Myers a perseguir a Jaime Lee Curtis es genial y perturbadora. Desgraciadamente, en una de sus múltiples secuelas, se sacaron de la manga que Jaime Lee Curtis era otra hermana de Michael Myers y que por eso la quería matar. La pela es la pela.
Y hablando de pelas, la película fue una de las más rentables de la historia del cine: se hizo con un presupuesto ridículo y recaudó millones de dólares en las sesiones “Grindhouse”, convirtiéndose en la película favorita de los adolescentes de la época ¿por qué? Por el fino e irónico sentido del humor que filtraba Carpenter en su película, entre las escenas angustiosas y terroríficas, para dar un minuto de descanso al espectador. Ese sentido del humor conectaba con el espectador adolescente ya que John Carpenter, un izquierdista de tomo y lomo, quería mostrar una visión satírica y paródica de la opinión que tenían los adultos de la juventud: promiscuidad extrema o castidad extrema. Dicho de otra manera: los jóvenes o bien se pasan el día dale que te pego o bien no se comen ni una rosca. También es muy irónica la visión que tiene Carpenter de los adultos. El personaje de Donald Pleasence, el psiquiatra y cazador de Michael Myers, es totalmente paródico e histriónico, siendo reflejado como una autoridad castrante, un represor obsesivo y obstinado que no muestra piedad ninguna por Myers y quiere cazarlo a toda costa (también tiene más miedo que un perrito chico y se lleva un par de sustos en la película). Otro aspecto humorístico de la película es la presencia de los dos niños pequeños y de su relación entrañable con Jaime Lee Curtis: el niño es el típico pesado que no para de hacer preguntas y la niña es una pasota que todo le da igual exceptuando la televisión.
Y por supuesto, no podemos olvidar la magnífica banda sonora del film, compuesta por el mismo John Carpenter, una melodía sencilla y pegadiza que pone los pelos de punta.
Pues bien, con el tremendo éxito de la película las secuelas (Halloween, Viernes 13, etc) no se hicieron esperar. Y cuando falta creatividad, lo único que se busca es repetir la fórmula pero a la enésima potencia. John Carpenter ya se imaginaba el percal y se apartó del sendero de la explotación sin vergüenza, negándose a dirigir un film "slasher" más en toda su vida. Los directores posteriores que copiaron la fórmula, o bien no la entendieron o bien les daba igual. La imagen irónica y cómplice de la juventud vista por Carpenter fue sustituida por el despelote indiscriminado y la estupidez integral, mostrándonos a unos “adolescentes” para nada creíbles y con propensión a perder la ropa. La violencia contenida de Carpenter fue sustituida por la imagen explícita y la salpicadura indiscriminada. Sin proponérselo siquiera, Carpenter creó todo un sub-género que buscaba el dinero fácil a costa de la calidad (aunque también hay joyas ocultas, muy malas pero que te partes la caja de risa).
"La noche de Halloween" de John Carpenter: imprescindible para los amantes del buen cine de terror.
En 1974, Tobe Hooper ya había dado los primero pasos con unos serial-killers tejanos en su obra de culto “La matanza de Texas” (“The Texas Chain Saw Massacre”), con el campestre “Cara de cuero” y su motosierra turbo liderando a una familia que no le hacía ascos a nada. La película era increíble, radical y extremadamente desagradable (y lo más curioso es que apenas sale sangre ni tripas ni nada. El horror emana de esa atmósfera truculenta y sucia totalmente conseguida por el director). Pues bien, una película tan adelantada a su tiempo fue condenada inmisericordemente a ser proyectada en cines X, ya que fue considerada ¡casi pornográfica! (vamos, que si ven internet ahora se mueren del susto). Pero la película no fue olvidada y se convirtió en una película de culto, con todo el derecho del mundo. Sin duda esta película fue fuente de inspiración para John Carpenter a la hora de idear a su asesino de hermanas favorito: Michael Myers.
La película es genial en su sencillez: en la noche de Halloween de 1964 un niño asesina con un cuchillo a su hermana mayor (la cual había tenido, momentos antes, una aproximación carnal con su novio). Al nene le internan en un psiquiátrico y 16 años después escapa para revivir aficiones del pasado, oseasé, matar a babysitters en la noche de Halloween. John Carpenter no necesita más para crear un cuento de hadas macabro protagonizado por un terrible hombre del saco al que nadie puede detener, ni siquiera la muerte. La película empieza con un magistral plano-secuencia de 6 minutos donde nos ponemos en la piel del asesino, desconociendo todavía que se trata de un niño ya que la cámara simula los ojos del joven Michael Myers. Vemos como escucha a hurtadillas como su hermana y el novio se refocilan, vemos como coge el cuchillo, vemos como sube las escaleras y vemos como apuñala a su hermana. El plano-secuencia acaba cuando Michael es descubierto por sus padres. Entonces descubrimos que el asesino es un niño, un niño que mira ausente hacia el infinito, un ser amoral disfrazado de niño.
La siguiente hora de metraje es un excelente despliegue de suspense e intriga. Michael Myers, recién fugado del psiquiátrico, elige y acecha a sus futuras víctimas, a plena luz del día, con total impunidad, como una fuerza negativa del destino a la que nadie puede detener. El director se niega a mostrarnos directamente al asesino. Solo vemos imágenes desenfocadas en la lejanía, intuyendo un rostro demasiado pálido e inexpresivo (más tarde descubriremos que se trata de una tosca máscara que simula el rostro humano y que posee unos inquietantes ojos vacíos ). Es una hora de terror contenido, porque sentimos que el asesinato puede cometerse en cualquier momento. Y finalmente ocurre: dos muchachas y un muchacho mueren a manos de Michael Myers, el cual los mata fríamente, sin apasionamiento, sin ira, con una atmósfera asfixiante de paz y tranquilidad. Carpenter evita las escenas explícitas y el exceso de sangre. Sabe que una puesta en escena sugerente es mucho más eficaz, ya que nuestra imaginación complementará esa escena con imágenes más terroríficas.
Y el último cuarto de hora de la película está centrado en la persecución angustiosa que sufre la protagonista de la película (Jaime Lee Curtis) por el asesino, una persecución que parece no tener fin (y de hecho, no lo tiene ya que hicieron una segunda parte continuando la persecución). Esa obstinación ciega y sin sentido que mueve a Michael Myers a perseguir a Jaime Lee Curtis es genial y perturbadora. Desgraciadamente, en una de sus múltiples secuelas, se sacaron de la manga que Jaime Lee Curtis era otra hermana de Michael Myers y que por eso la quería matar. La pela es la pela.
Y hablando de pelas, la película fue una de las más rentables de la historia del cine: se hizo con un presupuesto ridículo y recaudó millones de dólares en las sesiones “Grindhouse”, convirtiéndose en la película favorita de los adolescentes de la época ¿por qué? Por el fino e irónico sentido del humor que filtraba Carpenter en su película, entre las escenas angustiosas y terroríficas, para dar un minuto de descanso al espectador. Ese sentido del humor conectaba con el espectador adolescente ya que John Carpenter, un izquierdista de tomo y lomo, quería mostrar una visión satírica y paródica de la opinión que tenían los adultos de la juventud: promiscuidad extrema o castidad extrema. Dicho de otra manera: los jóvenes o bien se pasan el día dale que te pego o bien no se comen ni una rosca. También es muy irónica la visión que tiene Carpenter de los adultos. El personaje de Donald Pleasence, el psiquiatra y cazador de Michael Myers, es totalmente paródico e histriónico, siendo reflejado como una autoridad castrante, un represor obsesivo y obstinado que no muestra piedad ninguna por Myers y quiere cazarlo a toda costa (también tiene más miedo que un perrito chico y se lleva un par de sustos en la película). Otro aspecto humorístico de la película es la presencia de los dos niños pequeños y de su relación entrañable con Jaime Lee Curtis: el niño es el típico pesado que no para de hacer preguntas y la niña es una pasota que todo le da igual exceptuando la televisión.
Y por supuesto, no podemos olvidar la magnífica banda sonora del film, compuesta por el mismo John Carpenter, una melodía sencilla y pegadiza que pone los pelos de punta.
Pues bien, con el tremendo éxito de la película las secuelas (Halloween, Viernes 13, etc) no se hicieron esperar. Y cuando falta creatividad, lo único que se busca es repetir la fórmula pero a la enésima potencia. John Carpenter ya se imaginaba el percal y se apartó del sendero de la explotación sin vergüenza, negándose a dirigir un film "slasher" más en toda su vida. Los directores posteriores que copiaron la fórmula, o bien no la entendieron o bien les daba igual. La imagen irónica y cómplice de la juventud vista por Carpenter fue sustituida por el despelote indiscriminado y la estupidez integral, mostrándonos a unos “adolescentes” para nada creíbles y con propensión a perder la ropa. La violencia contenida de Carpenter fue sustituida por la imagen explícita y la salpicadura indiscriminada. Sin proponérselo siquiera, Carpenter creó todo un sub-género que buscaba el dinero fácil a costa de la calidad (aunque también hay joyas ocultas, muy malas pero que te partes la caja de risa).
"La noche de Halloween" de John Carpenter: imprescindible para los amantes del buen cine de terror.
30.07.2008Tenemos un interés innato por las leyendas urbanas, historias que se perpetúan a través del tiempo y que cambian y se renuevan para adaptarse al paso de los años y a las diferentes localizaciones geográficas y culturales. Son historias increíbles pero posibles, son leyendas actuales y vigentes y como todo el mundo sabe, las leyendas “siempre” tienen algo de verdad. Son esas historias que ocurren siempre en tercera persona, a los amigos de los amigos (aunque si uno tiene mucho morro puede decir que conoció a la persona directamente). Así, a ojo, en el mercado literario español hay tres obras que tratan este tema (si conocéis más obras en castellano sobre leyendas urbanas, por favor, dadme un toque). Por un lado están los libros de leyendas urbanas de Jan Harold Brunvand, más concretamente “El fabuloso libro de las leyendas urbanas” y “Tened miedo...mucho miedo: leyendas urbanas de terror”. Ambos libros carecen de la seriedad y rigor mínimos y se decantan por el camino fácil, acentuando lo anecdótico o lo llamativo sin dar muchas explicaciones, centrándose en la narración de la leyenda urbana sin entrar apenas en el origen de las mismas y en sus connotaciones sociales e ideológicas (todavía recuerdo con vergüenza ajena el último capítulo de “Tened miedo...mucho miedo”, obra esta última que no recomiendo a nadie porque es una tomadura de pelo que no aporta nada nuevo al tema, sencillamente es contar otra vez lo mismo pero con distintas fuentes de word). Un intento barato y facilón de sacar dinero de un tema interesante.
Por otro lado está el libro que voy a comentar, “Leyendas urbanas en España” escrito por Antonio Ortí y Josep Sampere, un gran libro que profundiza en las causas sociológicas del nacimiento y divulgación de estas leyendas urbanas y su impacto en nuestro país, analizando casos concretos, sus orígenes y sus posibles explicaciones. Todo esto narrado con un estilo ameno y divulgativo, para nada erudito, críptico o aburrido, todo muy accesible y entretenido. Una lectura agradable para aquellos curiosones que le gusta saber el porqué de las cosas.
Hay varios tipos de leyendas urbanas. Están las reaccionarias, que son muy aburridas porque transmiten una moralina ñoña y ultraconservadora. Su mensaje es muy claro: “si te alejas de la moral judeocristiana sufrirás un gran mal, una gran humillación o sencillamente lo pagarás con tu vida”. Son las historias que castigan la promiscuidad y los excesos vitales (tan necesarios en nuestra vida cotidiana). Por ejemplo, está la leyenda urbana que cuenta que a una prima de una amiga (de raza blanca, por supuesto), la noche de la despedida de soltera, se acostó con el estriper negro. Al día siguiente se casó y nueve meses después tuvo un niño...¡negro!. En esta leyenda urbana podemos ver un mensaje muy reaccionario que condena a una mujer que ha cometido adulterio a sufrir una humillación pública (y que encima el estriper sea negro sugiere un poco de racismo o xenofobia). También está la del hombre o mujer que se acuesta una noche con una persona desconocida y a la mañana siguiente o bien le han quitado los riñones o bien ve en el cristal de la habitación “bienvenido al club del sida”. O sea, más moralina ñoña en contra de la promiscuidad y del sexo prematrimonial o con fines puramente hedonistas. Estas leyendas urbanas son un rollo, ni dan miedo, ni me producen interés ni siquiera me dan risa por su contenido ridículamente reaccionario.
Después están las leyendas urbanas musicales, sobre la muerte oculta de solistas y cantantes y cómo fueron sustituidos por dobles exactos en cara y voz (Paul McCarthney o Elvis Presley, que por lo visto la diñaron y buscaron a otro exactamente igual y la gente no se dio cuenta). Pero las leyendas urbanas musicales que más me gustan versan sobre el diablo y su influencia en la música Rock, Punk o Heavy. Aquí entran de lleno los Beatles (que pusieron en la portada del sargento Peeper el careto del satanista y pirado Charles Manson), los Stones (con sus simpatías por el diablo), AC/DC (que las siglas no tienen nada que ver con la corriente ni la electricidad, que en realidad quieren decir, perdónenme los cristianos, Anti christ/ death christ) y similares (que de esto sabrán mucho más que yo los expertos de música cañera de Linkara, como Francisco David o Felmanuel), con mensajes subliminales y si pones el disco al reves se escucha al diablo cantando du-du-a. Estoy seguro de que todo el mundo con un tocadiscos y el disco de Led Zeppelin “Starway to Heaven” ha intentado poner el disco al revés para escuchar el mensaje del inframundo (y un euro para aquellos que se cargaron el disco y el tocadiscos en el intento). Estas leyendas urbanas también esconden un fondo reaccionario. Millones de jóvenes que se desmelenan al son de satanistas declarados que cuestionan el orden establecido no es un buen asunto para los dirigentes de ese orden establecido.
Después están las leyendas urbanas paranormales que beben directamente de las supersticiones infantiles. Lo típico de la niñería pre-adolescente: si dices tres veces “fulanito” delante del espejo a las tantas de la noche con la luz apagada se te aparece un fantasma y te da un susto. Pues qué ganas de que te den un susto. Estas leyendas te dan un escalofrío instintivo porque todo el mundo cuando era niño tuvo en su pandilla algún gilipollas que le gustaba meter miedo a la gente con estos cuentos. Aquí la estrella indiscutible es Bloody Mary o Mary Worth, que en España, como lo de María Sangrienta no pegaba ni con cola, pues la llamaron Verónica y santas pascuas. ¡La de niños y niñas que se han asustado con Verónica y con las tijeras y con los espejos!
Después están las leyendas urbanas mamporreras, como la de que el rey de España va en moto y ayuda a la plebe cuando se le rompe el coche. Leyendas con la intención de humanizar a las “grandes” personalidades (incluso Gallardón se ha apuntado al motociclismo altruista).
Y como no podía se menos, los españoles, siempre innovando y rompiendo la pana, tenemos una de las leyendas urbanas más impactantes del mundo, que dio el bombazo hace relativamente poco, a finales de los 90...¡Ricky Martin, el perrito y la mermelada! Vamos, el libro le dedica un capítulo entero a la leyenda urbana que tuvo conmocionada al país durante varias semanas, que todo el mundo había visto las imágenes en “Crónicas Marcianas” y al final ná de ná. A la leyenda no le falta de nada: es machista y misógina, condena el onanismo y lo relaciona magistralmente con la zoofilia e incluso al final la familia reniega de la muchacha y ésta se suicida. Un pedazo culebrón que recorrió España de punta a punta y que todo el mundo más o menos se lo creyó (yo no, por supuesto...ejem).
No obstante, las leyendas urbanas que a mí me gustan son aquellas en las que un inocente sufre un gran mal sin merecerlo. Son leyendas urbanas que superan el ámbito moral y entran de lleno en el mundo del azar, del caos, de las probabilidades...cualqu iera puede ser víctima de esa leyenda porque son terriblemente injustas. No importa que seas una buena persona ni que tu comportamiento esté marcado por la rectitud, generosidad o la amabilidad. Sufrirás un gran mal no porque te lo merezcas, sino porque generalmente a la buena gente le ocurren cosas malas, muy malas. Como la vida misma.
En fin, “Leyendas urbanas en España” es un libro muy entretenido e interesante, con un montón de leyendas urbanas explicadas de forma amena y accesible sin descuidar el rigor científico.
Y cuidado con el fantasma de la curva.
Por otro lado está el libro que voy a comentar, “Leyendas urbanas en España” escrito por Antonio Ortí y Josep Sampere, un gran libro que profundiza en las causas sociológicas del nacimiento y divulgación de estas leyendas urbanas y su impacto en nuestro país, analizando casos concretos, sus orígenes y sus posibles explicaciones. Todo esto narrado con un estilo ameno y divulgativo, para nada erudito, críptico o aburrido, todo muy accesible y entretenido. Una lectura agradable para aquellos curiosones que le gusta saber el porqué de las cosas.
Hay varios tipos de leyendas urbanas. Están las reaccionarias, que son muy aburridas porque transmiten una moralina ñoña y ultraconservadora. Su mensaje es muy claro: “si te alejas de la moral judeocristiana sufrirás un gran mal, una gran humillación o sencillamente lo pagarás con tu vida”. Son las historias que castigan la promiscuidad y los excesos vitales (tan necesarios en nuestra vida cotidiana). Por ejemplo, está la leyenda urbana que cuenta que a una prima de una amiga (de raza blanca, por supuesto), la noche de la despedida de soltera, se acostó con el estriper negro. Al día siguiente se casó y nueve meses después tuvo un niño...¡negro!. En esta leyenda urbana podemos ver un mensaje muy reaccionario que condena a una mujer que ha cometido adulterio a sufrir una humillación pública (y que encima el estriper sea negro sugiere un poco de racismo o xenofobia). También está la del hombre o mujer que se acuesta una noche con una persona desconocida y a la mañana siguiente o bien le han quitado los riñones o bien ve en el cristal de la habitación “bienvenido al club del sida”. O sea, más moralina ñoña en contra de la promiscuidad y del sexo prematrimonial o con fines puramente hedonistas. Estas leyendas urbanas son un rollo, ni dan miedo, ni me producen interés ni siquiera me dan risa por su contenido ridículamente reaccionario.
Después están las leyendas urbanas musicales, sobre la muerte oculta de solistas y cantantes y cómo fueron sustituidos por dobles exactos en cara y voz (Paul McCarthney o Elvis Presley, que por lo visto la diñaron y buscaron a otro exactamente igual y la gente no se dio cuenta). Pero las leyendas urbanas musicales que más me gustan versan sobre el diablo y su influencia en la música Rock, Punk o Heavy. Aquí entran de lleno los Beatles (que pusieron en la portada del sargento Peeper el careto del satanista y pirado Charles Manson), los Stones (con sus simpatías por el diablo), AC/DC (que las siglas no tienen nada que ver con la corriente ni la electricidad, que en realidad quieren decir, perdónenme los cristianos, Anti christ/ death christ) y similares (que de esto sabrán mucho más que yo los expertos de música cañera de Linkara, como Francisco David o Felmanuel), con mensajes subliminales y si pones el disco al reves se escucha al diablo cantando du-du-a. Estoy seguro de que todo el mundo con un tocadiscos y el disco de Led Zeppelin “Starway to Heaven” ha intentado poner el disco al revés para escuchar el mensaje del inframundo (y un euro para aquellos que se cargaron el disco y el tocadiscos en el intento). Estas leyendas urbanas también esconden un fondo reaccionario. Millones de jóvenes que se desmelenan al son de satanistas declarados que cuestionan el orden establecido no es un buen asunto para los dirigentes de ese orden establecido.
Después están las leyendas urbanas paranormales que beben directamente de las supersticiones infantiles. Lo típico de la niñería pre-adolescente: si dices tres veces “fulanito” delante del espejo a las tantas de la noche con la luz apagada se te aparece un fantasma y te da un susto. Pues qué ganas de que te den un susto. Estas leyendas te dan un escalofrío instintivo porque todo el mundo cuando era niño tuvo en su pandilla algún gilipollas que le gustaba meter miedo a la gente con estos cuentos. Aquí la estrella indiscutible es Bloody Mary o Mary Worth, que en España, como lo de María Sangrienta no pegaba ni con cola, pues la llamaron Verónica y santas pascuas. ¡La de niños y niñas que se han asustado con Verónica y con las tijeras y con los espejos!
Después están las leyendas urbanas mamporreras, como la de que el rey de España va en moto y ayuda a la plebe cuando se le rompe el coche. Leyendas con la intención de humanizar a las “grandes” personalidades (incluso Gallardón se ha apuntado al motociclismo altruista).
Y como no podía se menos, los españoles, siempre innovando y rompiendo la pana, tenemos una de las leyendas urbanas más impactantes del mundo, que dio el bombazo hace relativamente poco, a finales de los 90...¡Ricky Martin, el perrito y la mermelada! Vamos, el libro le dedica un capítulo entero a la leyenda urbana que tuvo conmocionada al país durante varias semanas, que todo el mundo había visto las imágenes en “Crónicas Marcianas” y al final ná de ná. A la leyenda no le falta de nada: es machista y misógina, condena el onanismo y lo relaciona magistralmente con la zoofilia e incluso al final la familia reniega de la muchacha y ésta se suicida. Un pedazo culebrón que recorrió España de punta a punta y que todo el mundo más o menos se lo creyó (yo no, por supuesto...ejem).
No obstante, las leyendas urbanas que a mí me gustan son aquellas en las que un inocente sufre un gran mal sin merecerlo. Son leyendas urbanas que superan el ámbito moral y entran de lleno en el mundo del azar, del caos, de las probabilidades...cualqu iera puede ser víctima de esa leyenda porque son terriblemente injustas. No importa que seas una buena persona ni que tu comportamiento esté marcado por la rectitud, generosidad o la amabilidad. Sufrirás un gran mal no porque te lo merezcas, sino porque generalmente a la buena gente le ocurren cosas malas, muy malas. Como la vida misma.
En fin, “Leyendas urbanas en España” es un libro muy entretenido e interesante, con un montón de leyendas urbanas explicadas de forma amena y accesible sin descuidar el rigor científico.
Y cuidado con el fantasma de la curva.
29.07.2008El cómic es arte. Pero también es negocio. Dos aspectos íntimamente ligados que no pueden sobrevivir el uno sin el otro (al menos en la sociedad capitalista en la que vivimos actualmente). Y el negocio de publicar cómics de super-héroes en Estados Unidos en el fondo es una máquina bien engrasada que se dedica a fagocitar guionistas y dibujantes sin el más mínimo pudor, exprimir todo su arte y después escupirlos y pasar al nuevo artista y vuelta a empezar. Son las mainstream, las grandes compañías (Marvel o DC), aquellas que mes tras mes deben publicar un cómic de 24 páginas. Un frenético plazo de apenas 30 días en el que el guionista, el dibujante, el colorista y el rotulista están obligados a crear una pequeña obra de arte para ser editada en un tiempo record. Un cómic que será distribuido a miles de quioscos y tiendas especializadas y cuya obligación es venderse muy bien. Y pasado el mes, vuelta a empezar porque hay que sacar un nuevo tebeo. Así ha sido durante décadas y así será por muchos años.
Con papel, tinta y mucha imaginación, los autores de cómics de super-héroes crean mundos fantásticos con personajes interesantes y tramas atrayentes que hacen vibrar a sus lectores. Pero detrás de estas inocentes páginas hay todo un mundo despiadado de intereses, negocios, puñaladas traperas y arribismos propios del mundo empresarial. “X-men: el precio de un sueño” de Julián M. Clemente es una crónica de todo este mundo oculto, relacionado íntimamente con el universo de ficción reflejado en los cómics. Más concretamente en los cómics de los X-men (La Patrulla-X en tierras hispánicas).
Allá por los años 60 “Uncanny X-men” fue uno de esos cómics raros de Stan Lee y de Jack Kirby que no tuvieron demasiado éxito (como Hulk, que tuvo que cerrar en el sexto número). Lee y Kirby, ambos judíos, querían hacer una metáfora del racismo a determinadas razas, en este caso a los mutantes, el próximo paso evolutivo del ser humano, temidos y odiados por pertenecer a una raza que tarde o temprano sustituirá a los homo sapiens sapiens. Los protagonistas eran 5 estudiantes, 5 mutantes que estudiaban en un colegio especial con un solo profesor, Charles Xavier, otro mutante, el telépata más poderoso de la Tierra, que quería crear una fuerza de choque para derrotar a los mutantes malvados. Sus 5 estudiantes eran Cíclope, con el poder de lanzar rayos de fuerza por los ojos, líder del grupo y platónicamente enamorado de su compañera de clase, Jean Grey, La chica maravillosa (modesta ella), con el poder de la telekinesis y la telepatía (que desarrollaría más tarde). También estaban La Bestia, con super-agilidad y unos pies inmensos, el Ángel, con el poder de volar gracias a dos alas angelicales, y El Hombre de Hielo, con el poder de emitir frío y nieve. Su archienemigo era Magneto, líder de la Hermandad de Mutantes Diabólicos.
El cómic no logró conectar con el público. Sus autores fueron incapaces de reflejar en sus páginas ese prejuicio ignorante y brutal llamado racismo. La aventuras de los X-men eran divertidas, estrafalarias y un pelín absurdas, pero tras 66 números (y tras la aclamada etapa de Roy Thomas y Neal Adams) la serie se limitó a reeditar números antiguos. Hasta mayo de 1975. En esa fecha los cómics de los super-héroes cambiaron para siempre.
Marvel cómics, fiel a su afán de ganar dinero, quería crear un grupo internacional donde sus miembros fueran súbditos de diferentes países y así hacer guiños al mercado exterior a la hora de vender los derechos de sus cómics. El guionista Len Wein y el dibujante Dave Cockrum se encargaron de formar el nuevo grupo inventándose o salvando de olvido a numerosos personajes: Wolverine (Lobezno) de Canadá, Tormenta representando a África, Coloso de la URSS, Ave de Trueno representando a la comunidad india norteamericana, Banshee era irlandés, Fuego Solar era de Japón y Rondador Nocturno era de la República Federal Alemana. Algún iluminado recordó que la Patrulla-X llevaba años publicando reediciones y pensaron que sería una bonita manera de relanzar la serie. Pues bien, una idea tan estúpida como la de crear la ONU de los super-héroes tuvo la suerte de contar con un guionista que vio el potencial de la idea original de Stan Lee y Jack Kirby. Ese guionista era Chris Claremont y más tarde se le unió un dibujante canadiense que prometía bastante, un tal John Byrne. Ambos crearon uno de los mejores cómics de super-heroes de todos los tiempos, etapa que culminó con la muerte de Fénix, uno de los personajes más queridos y populares de la colección. Ambos autores hicieron que un cómic bimensual con ventas bastante discretas se convirtiera en el cómic más vendido de Estados Unidos durante décadas, mes tras mes.
John Byrne se fue de la colección para realizar su propia e increíble visón de Los 4 Fantásticos. Claremont se quedó, siendo casi ininterrumpidamente el guionista de la colección hasta 1991, dotando a los mutantes de sus características emblemáticas: nihilismo existencialista, sufrimiento dramático, personajes femeninos realistas, millones de cabos sueltos y una fuerte carga de sexualidad encubierta. Los editores de Marvel Cómics vieron en los mutantes su particular gallina de los huevos de oro y decidieron lanzar al mercado multitud de colecciones y series limitadas relacionadas con la Patrulla-X: Los Nuevos Mutantes, Factor-X, Excalibur, Lobezno. También se impuso la costumbre de crear un crossover, un cruce de colecciones anual, para obligar a los lectores a comprarse todas las colecciones de mutantes para poder seguir la trama: La Caída de los Mutantes, Inferno, Proyecto Exterminio...Marvel Cómics fue creando un monstruo gigantesco que se alimentaba de ventas y finalmente ese monstruo hizo que Claremont, el patriarca mutante, decidiese abandonar “Uncanny X-men”, entre otros motivos porque comprendió que él ya no estaba guionizando un cómic. Él era simplemente un engranaje sin importancia de la franquicia de los mutantes.
Y a partir de aquí, la calidad artística de las colecciones de mutantes decayeron estrepitosamente en pos de la comercialidad. Tras un breve paso de los llamados artistas Hot (Jim Lee, While Portaccio), los cómics de mutantes fueron una vulgar copia de las etapas precedentes escritas por Claremont. La Patrulla-X se convirtió en una parodia de sí misma, sin ideas originales y sin un mínimo de calidad (con contadas excepciones). Las colecciones de mutantes se multiplicaron vergonzosamente descuidando sus argumentos y sus dibujos. La franquicia mutante era demasiado lucrativa para experimentar con ella y decidieron repetir las viejas fórmulas al pie de la letra para seguir obteniendo beneficios. Y desgraciadamente continuaron obteniendo beneficios. Eran cómics que se vendían por inercia, no importaban lo malos que fueran ni lo pésimamente guionizados que estaban.
A modo de anexo, el libro finaliza con un análisis de la primera película de los X-men dirigida por Brian Singer, siendo esta película la punta de lanza que revitalizaría las adaptaciones cinematográficas de los personajes de los cómics Marvel y les daría éxito internacional. Ahí están las tres partes de X-men, las tres entregas de Spiderman, las dos entregas de Los 4 Fantásticos, las dos entregas de Hulk, Daredevil, Electra, El Motorista Fantásma y la reciente Iron Man, casi todas con una arrolladora recaudación en taquilla.
El libro finaliza su recorrido histórico en 1999. Fuera de este ensayo se queda el análisis de etapas posteriores del universo mutante, como la etapa de Grant Morrison, el propio Claremont (que regresó a la franquicia mutante) o Joe Casey.
Resumiendo (que la crítica me ha salido exageradamente extensa) (pero es que cuando hablo de cómics se me va el santo al cielo), “X-men: el precio de un sueño” es un entretenido y minucioso reflejo de los mundos paralelos que convergen y se enfrentan a la hora de editar un sencillo cómic de super-héroes. Algo aparentemente trivial pero que en el fondo mueve mucho dinero y muchos sentimientos encontrados.
Con papel, tinta y mucha imaginación, los autores de cómics de super-héroes crean mundos fantásticos con personajes interesantes y tramas atrayentes que hacen vibrar a sus lectores. Pero detrás de estas inocentes páginas hay todo un mundo despiadado de intereses, negocios, puñaladas traperas y arribismos propios del mundo empresarial. “X-men: el precio de un sueño” de Julián M. Clemente es una crónica de todo este mundo oculto, relacionado íntimamente con el universo de ficción reflejado en los cómics. Más concretamente en los cómics de los X-men (La Patrulla-X en tierras hispánicas).
Allá por los años 60 “Uncanny X-men” fue uno de esos cómics raros de Stan Lee y de Jack Kirby que no tuvieron demasiado éxito (como Hulk, que tuvo que cerrar en el sexto número). Lee y Kirby, ambos judíos, querían hacer una metáfora del racismo a determinadas razas, en este caso a los mutantes, el próximo paso evolutivo del ser humano, temidos y odiados por pertenecer a una raza que tarde o temprano sustituirá a los homo sapiens sapiens. Los protagonistas eran 5 estudiantes, 5 mutantes que estudiaban en un colegio especial con un solo profesor, Charles Xavier, otro mutante, el telépata más poderoso de la Tierra, que quería crear una fuerza de choque para derrotar a los mutantes malvados. Sus 5 estudiantes eran Cíclope, con el poder de lanzar rayos de fuerza por los ojos, líder del grupo y platónicamente enamorado de su compañera de clase, Jean Grey, La chica maravillosa (modesta ella), con el poder de la telekinesis y la telepatía (que desarrollaría más tarde). También estaban La Bestia, con super-agilidad y unos pies inmensos, el Ángel, con el poder de volar gracias a dos alas angelicales, y El Hombre de Hielo, con el poder de emitir frío y nieve. Su archienemigo era Magneto, líder de la Hermandad de Mutantes Diabólicos.
El cómic no logró conectar con el público. Sus autores fueron incapaces de reflejar en sus páginas ese prejuicio ignorante y brutal llamado racismo. La aventuras de los X-men eran divertidas, estrafalarias y un pelín absurdas, pero tras 66 números (y tras la aclamada etapa de Roy Thomas y Neal Adams) la serie se limitó a reeditar números antiguos. Hasta mayo de 1975. En esa fecha los cómics de los super-héroes cambiaron para siempre.
Marvel cómics, fiel a su afán de ganar dinero, quería crear un grupo internacional donde sus miembros fueran súbditos de diferentes países y así hacer guiños al mercado exterior a la hora de vender los derechos de sus cómics. El guionista Len Wein y el dibujante Dave Cockrum se encargaron de formar el nuevo grupo inventándose o salvando de olvido a numerosos personajes: Wolverine (Lobezno) de Canadá, Tormenta representando a África, Coloso de la URSS, Ave de Trueno representando a la comunidad india norteamericana, Banshee era irlandés, Fuego Solar era de Japón y Rondador Nocturno era de la República Federal Alemana. Algún iluminado recordó que la Patrulla-X llevaba años publicando reediciones y pensaron que sería una bonita manera de relanzar la serie. Pues bien, una idea tan estúpida como la de crear la ONU de los super-héroes tuvo la suerte de contar con un guionista que vio el potencial de la idea original de Stan Lee y Jack Kirby. Ese guionista era Chris Claremont y más tarde se le unió un dibujante canadiense que prometía bastante, un tal John Byrne. Ambos crearon uno de los mejores cómics de super-heroes de todos los tiempos, etapa que culminó con la muerte de Fénix, uno de los personajes más queridos y populares de la colección. Ambos autores hicieron que un cómic bimensual con ventas bastante discretas se convirtiera en el cómic más vendido de Estados Unidos durante décadas, mes tras mes.
John Byrne se fue de la colección para realizar su propia e increíble visón de Los 4 Fantásticos. Claremont se quedó, siendo casi ininterrumpidamente el guionista de la colección hasta 1991, dotando a los mutantes de sus características emblemáticas: nihilismo existencialista, sufrimiento dramático, personajes femeninos realistas, millones de cabos sueltos y una fuerte carga de sexualidad encubierta. Los editores de Marvel Cómics vieron en los mutantes su particular gallina de los huevos de oro y decidieron lanzar al mercado multitud de colecciones y series limitadas relacionadas con la Patrulla-X: Los Nuevos Mutantes, Factor-X, Excalibur, Lobezno. También se impuso la costumbre de crear un crossover, un cruce de colecciones anual, para obligar a los lectores a comprarse todas las colecciones de mutantes para poder seguir la trama: La Caída de los Mutantes, Inferno, Proyecto Exterminio...Marvel Cómics fue creando un monstruo gigantesco que se alimentaba de ventas y finalmente ese monstruo hizo que Claremont, el patriarca mutante, decidiese abandonar “Uncanny X-men”, entre otros motivos porque comprendió que él ya no estaba guionizando un cómic. Él era simplemente un engranaje sin importancia de la franquicia de los mutantes.
Y a partir de aquí, la calidad artística de las colecciones de mutantes decayeron estrepitosamente en pos de la comercialidad. Tras un breve paso de los llamados artistas Hot (Jim Lee, While Portaccio), los cómics de mutantes fueron una vulgar copia de las etapas precedentes escritas por Claremont. La Patrulla-X se convirtió en una parodia de sí misma, sin ideas originales y sin un mínimo de calidad (con contadas excepciones). Las colecciones de mutantes se multiplicaron vergonzosamente descuidando sus argumentos y sus dibujos. La franquicia mutante era demasiado lucrativa para experimentar con ella y decidieron repetir las viejas fórmulas al pie de la letra para seguir obteniendo beneficios. Y desgraciadamente continuaron obteniendo beneficios. Eran cómics que se vendían por inercia, no importaban lo malos que fueran ni lo pésimamente guionizados que estaban.
A modo de anexo, el libro finaliza con un análisis de la primera película de los X-men dirigida por Brian Singer, siendo esta película la punta de lanza que revitalizaría las adaptaciones cinematográficas de los personajes de los cómics Marvel y les daría éxito internacional. Ahí están las tres partes de X-men, las tres entregas de Spiderman, las dos entregas de Los 4 Fantásticos, las dos entregas de Hulk, Daredevil, Electra, El Motorista Fantásma y la reciente Iron Man, casi todas con una arrolladora recaudación en taquilla.
El libro finaliza su recorrido histórico en 1999. Fuera de este ensayo se queda el análisis de etapas posteriores del universo mutante, como la etapa de Grant Morrison, el propio Claremont (que regresó a la franquicia mutante) o Joe Casey.
Resumiendo (que la crítica me ha salido exageradamente extensa) (pero es que cuando hablo de cómics se me va el santo al cielo), “X-men: el precio de un sueño” es un entretenido y minucioso reflejo de los mundos paralelos que convergen y se enfrentan a la hora de editar un sencillo cómic de super-héroes. Algo aparentemente trivial pero que en el fondo mueve mucho dinero y muchos sentimientos encontrados.
Cuidadito que vengo calentito.
Rating: 4X-Files: Creer es la clave (2008)
- Título original: The X-Files: I Want to Believe
-
Director:
Chris Carter
Vamos a ver, que no hay que buscarle los tres pies al gato, que la formula de Expediente X es muy facilita: tensión sexual de Mulder y Scully + conspiración gubernamental + bichos, monstruos, aliens y fenómenos paranormales. Muy facilicito, que no estamos hablando de Schopenhauer ni de Moliere ni de Dostoievski, solo es una serie de televisión de culto que pegó muy fuerte en los 90 y que para sacar unos cuartillos e intentar reflotar la franquicia se busca atraer a los viejos fans, maduritos nosotros, haciéndonos revivir distracciones pasadas. Más fácil que llover pa´bajo. Entonces, repito, entonces ¿por qué han hecho la película tan malamente hecha, tan alejada del concepto y mitología de Expediente X? ¿es que a Chris Carter le da vergüenza ese halo friki que tenía Expediente X e intenta darle un barniz de prestigio y respetabilidad?
¿Os acordáis que había capítulos de Expediente X que eran un rollo? Pues este es como uno de esos episodios pero más largo. Algo así como “El silencio de los corderos” pero en aburrido. Con la cantidad de monstruos y bichos extraterrenos que hay en la literatura y en la imaginación humana y el malo no puede ser más soso y aburrido: un humano corriente y moliente que juega a ser Frankestein. ¿para qué vamos a gastar millones de dólares en crear un bicho gigante por ordenador? ¡un ruso (¡un ruso, como si estuviéramos en plena guerra fría!) secuestrador mujeres con un perro de dos cabezas y va que chuta!
En fin, iré al grano y enumeraré lo que no me ha gustado de la película:
1º. Hacer que un pedófilo arrepentido (que antes de arrepentirse abusó de 35 niños) sea el leit motiv de la película y ayude de todo corazón a Mulder y Scully. ¡Un pedófilo! ¿y por qué no eligieron a Hitler?
2º. ¿Dónde están el agente Reyes y el Agente Dogget? ¿dónde está la conspiración de los super-soldados? ¿y qué pasa con la invasión extraterrestre del 2012? De la temporada 8 y 9 de Expediente X sólo hacen mención al juicio de Mulder, al niño perdido de Scully y al romance contra-natura de Mulder y Scully. El resto lo ignoran completamente. Chris Carter pensará: Total, si las dos últimas temporadas la vieron cuatro gatos...
3º. En la serie de televisión y en la primera película de Expediente X, la actriz encargada de doblar a Gillian Anderson era Laura Palacios. ¿Por qué en esta última película el personaje de Scully ha sido doblada por otra actriz? Porque la voz de Mulder es la de toda la vida (interpretado por Lorenzo Beteta) e incluso Skinner tiene la misma voz (Juan Luis Rovira). Es cierto que últimamente la voz de doblaje para Gillian Anderson era la de Rosa María Hernández (la voz de Scully que se escucha en el trailer es la de ella), pero es que ni siquiera ella es la encargada de ponerle la voz en la película, sino que es sustituida por otra actriz, María del Mar Tamarit. Resumiendo: que me fastidia bastante que Scully no tenga su voz “de siempre” (Reconozco que en esto Chris Carter no tiene la culpa de nada) (¡espero!)
4º. El subargumento de Scully con el niño que padece una enfermedad terminal es muy conmovedor y todo eso, pero es que esto no es “la fuerza del cariño”, caray, que esto es “Expediente X”, leñe. Si el niño hubiera sido un alien disfrazado o le hubieran puesto un chip para curarlo, pues vale.
5º. La película está impregnada de un mensaje religioso-metafísico que atufa bastante. Vale, Scully es católica, pero es que la película está llena de curas, monjas, imágenes de la virgen e incluso el hospital donde trabaja Scully se llama “Our Lady of the sorrow” me parece recordar. Y el final de la película es de vergüenza ajena: Scully recibe un mensaje divino en forma de dos monjas (y no es broma).
5º. La película es un rollo. Apenas hay tiros, luchas, persecuciones ni muertos. La antítesis de un episodio típico de Expediente X, donde había cuatro o cinco cadáveres por capítulo y a veces se le escapaban algún tiro u hostia.
Por razones de equilibrio cósmico no todo es malo en la película. Es una gozada volver a ver a Mulder y Scully en acción (aunque sea de esta manera tan desastrosa). Y por una vez es Scully quien rescata a Mulder y no al revés. También hay un asesinato a mitad de la película que no te esperas. Y ya está.
Por cierto, “I want to believe” significa “yo quiero creer” ¿no? Entonces, ¿por qué carallo lo han traducido como “Creer es la clave”? Si hay un filólogo en el foro que me lo explique...
Bueno, ya me he desahogado. Snif, snif...
21.07.20082004. La Movida está más viva que nunca. Es una mítica leyenda. Todos hablan de ella aunque muchos no la vivimos. En una sociedad políticamente correcta hasta la nausea, la primera mitad de los años 80 supone un huracán de aire fresco que nunca debió desaparecer. La realidad-fashion de cartón-piedra de los años 90 nos aburre y nos parece hortera y la frialdad del papel-de-aluminio unificador del 2001 nos asusta, nos aliena y nos deshumaniza. La gente necesita soñar con una época donde no había límites. El diabólico vicio, el demoníaco desenfreno y grotesco sexo ahora es más apetecible que nunca. Las etiquetas son sinónimo de cutrez y vulgaridad y la mierda que huele y mancha es única, original y valiosa. Hay que resucitar como sea al muerto porque ahora que nos hemos olvidado de cómo fue realmente queremos que vuelva, porque el vacío es demasiado horrible y porque los recuerdos son mejores que la realidad. “La Mala Educación” es un paréntesis fílmico y personal de un Almodóvar que ya está harto de su papel de osito de peluche impecable ante la prensa y quiere contar una historia visceral, dura, que duela, de desagrade, que muerda. En 18 años Almodóvar no había dirigido una película tan personal como “La mala educación”, desde “La Ley del Deseo”, ambas estrechamente vinculadas, complementándose en una unión de recuerdos y realidades. “La Mala educación” es una mezcla auténtica de los sueños y pesadillas del pasado, de varias épocas en conflicto que tienen su oasis (como no podía ser de otra manera para Almodóvar) en unos años 80 que no fueron así pero que la memoria, bastarda ella, nos hace creer que así fueron. “La mala educación” es la realidad de la nostalgia.
¿Qué se puede contar cuando se ha alcanzado la satisfacción? ¿A qué se puede aspirar cuando se ha conseguido todo? ¿Cuál es tu objetivo si ya has conseguido todos tus objetivos? Es en ese momento cuando te das cuenta que ni toda la fama, ni todo el dinero ni todas las drogas ni todo el sexo ni siquiera el amor verdadero significan nada comparado al acto de crear, con el proceso mental y vital que supone crear una obra de arte y estremecer los sentimientos de la gente. En “La Mala educación” el alter-ego de Almodóvar, Fele Martínez, es una persona perdida en lo profesional, buscando una historia que le haga vivir de nuevo el proceso de la creación. Después de tanto éxito, el director comprende que el amor verdadero no existe, y si existe él no lo quiere. Él prefiere la adoración a nivel profesional y a nivel personal. Él quiere como pareja un objeto para satisfacer sus necesidades coyunturales egoístamente; un objeto que esté allí cuando él lo necesite pero que no moleste. Follar es fácil. Que te quieran es fácil. Lo difícil es conseguir ser realmente único a través de tus obras. El amante, el enemigo, el amor deseado, encontrado y perdido es Ignacio-Ángel (Gael García Bernal), el elemento caótico que enturbia y pone a flor de piel los sentimientos del director. Ignacio-Ángel le obliga a retroceder en el tiempo, le obliga a ponerse la piel de un niño cuyo amor platónico era lo más importante en su vida. Vuelve a creer en la mentira del amor, sin darse cuenta, en un principio, que es víctima de otro engaño más siniestro aunque no por ello menos vulgar (la intención de Ángel de conseguir fama y dinero).
La película no es un ataque directo e intencionado a la iglesia católica. Sencillamente cuenta lo que realmente ocurría en los colegios de nuestra España ultracatólica de los años 60. La película habla sobre el gran poder que tenían unos hipócritas que maleducaban a generaciones de españoles con moralina falsa y beata. Como dice Serrat, los curas eran “los macarras de la moral” (y lo siguen siendo, porque allí están todavía, al acecho, esperando a que el viento de las libertades sople en sentido adverso). Y cuando a un hombre se le niega el derecho natural disfrutar de su propia sexualidad, finalmente acaba cayendo en la degeneración, en auténticas relaciones contra-natura. Y eso era lo que ocurría con algunos (¿algunos o muchos?) curas encargados de educar a los niños: que el que no disfrutaba abusando sexualmente de ellos disfrutaba golpeándoles a la mínima oportunidad con una regla o a hostia limpia.
Almodóvar asegura que su película no es una reflexión sobre La Movida, sencillamente es un film noir, cine negro con muertes, misterios y venganzas. Puede que sí, pero también es un reencuentro con el director que entró en animación suspendida tras rodar “La ley del deseo”. Un encuentro con el Almodóvar más puro y auténtico. Una película que no habla de la movida pero que posee su espíritu provocador.
¿Qué se puede contar cuando se ha alcanzado la satisfacción? ¿A qué se puede aspirar cuando se ha conseguido todo? ¿Cuál es tu objetivo si ya has conseguido todos tus objetivos? Es en ese momento cuando te das cuenta que ni toda la fama, ni todo el dinero ni todas las drogas ni todo el sexo ni siquiera el amor verdadero significan nada comparado al acto de crear, con el proceso mental y vital que supone crear una obra de arte y estremecer los sentimientos de la gente. En “La Mala educación” el alter-ego de Almodóvar, Fele Martínez, es una persona perdida en lo profesional, buscando una historia que le haga vivir de nuevo el proceso de la creación. Después de tanto éxito, el director comprende que el amor verdadero no existe, y si existe él no lo quiere. Él prefiere la adoración a nivel profesional y a nivel personal. Él quiere como pareja un objeto para satisfacer sus necesidades coyunturales egoístamente; un objeto que esté allí cuando él lo necesite pero que no moleste. Follar es fácil. Que te quieran es fácil. Lo difícil es conseguir ser realmente único a través de tus obras. El amante, el enemigo, el amor deseado, encontrado y perdido es Ignacio-Ángel (Gael García Bernal), el elemento caótico que enturbia y pone a flor de piel los sentimientos del director. Ignacio-Ángel le obliga a retroceder en el tiempo, le obliga a ponerse la piel de un niño cuyo amor platónico era lo más importante en su vida. Vuelve a creer en la mentira del amor, sin darse cuenta, en un principio, que es víctima de otro engaño más siniestro aunque no por ello menos vulgar (la intención de Ángel de conseguir fama y dinero).
La película no es un ataque directo e intencionado a la iglesia católica. Sencillamente cuenta lo que realmente ocurría en los colegios de nuestra España ultracatólica de los años 60. La película habla sobre el gran poder que tenían unos hipócritas que maleducaban a generaciones de españoles con moralina falsa y beata. Como dice Serrat, los curas eran “los macarras de la moral” (y lo siguen siendo, porque allí están todavía, al acecho, esperando a que el viento de las libertades sople en sentido adverso). Y cuando a un hombre se le niega el derecho natural disfrutar de su propia sexualidad, finalmente acaba cayendo en la degeneración, en auténticas relaciones contra-natura. Y eso era lo que ocurría con algunos (¿algunos o muchos?) curas encargados de educar a los niños: que el que no disfrutaba abusando sexualmente de ellos disfrutaba golpeándoles a la mínima oportunidad con una regla o a hostia limpia.
Almodóvar asegura que su película no es una reflexión sobre La Movida, sencillamente es un film noir, cine negro con muertes, misterios y venganzas. Puede que sí, pero también es un reencuentro con el director que entró en animación suspendida tras rodar “La ley del deseo”. Un encuentro con el Almodóvar más puro y auténtico. Una película que no habla de la movida pero que posee su espíritu provocador.
21.07.20081986. La movida se acaba. Da sus últimos coletazos y la frescura desquiciada del punk más despendolado, promiscuo y politoxicómano se va encauzando en formas culturales y sociales más políticamente correctas. El bello sueño en el que la libertad carecía de límites resultó no ser cierto. El santo vicio, el bendito desenfreno y el glorioso sexo pasaron de moda. La mierda sin etiquetas está “out” y la basura que no huele ni mancha está “in”. La larga marcha está a punto de llegar a su fin porque ya no puede continuar más. Sólo queda el desencanto mezclado con la angustia porque lo auténtico acaba y será sustituido por el vacío. “La Ley del deseo” es el punto y final fílmico y personal de un Almodóvar que sabe que una etapa de su vida ha llegado a su fin. Almodóvar debe abandonar poco a poco y sin que se note la provocación más rabiosa y vital para ponerse la lucrativa etiqueta de “enfant terrible”, porque todos le dicen (y él se lo cree) que esta etapa ya ha llegado a su fin, debe llegar a su fin. Pero no es el fin (nunca es el fin), porque 18 años después Almodóvar haría otra película sobre la movida (y sobre otras muchas cosas), “La Mala Educación”, una película estrechamente vinculada a ésta, complementándose ambas en una unión de realidades y recuerdos. “La ley del deseo” es la realidad de lo inmediato, del amante que está apunto de perder aquello que le hace sentir vivo.
La infelicidad es el estado idóneo del escritor porque en esos momentos es cuando sus demonios internos afloran con más fuerza. Amamos lo que no tenemos y queremos lo que sabemos que vamos a perder. La química entre dos cuerpos es algo tan vulgar y biológico que parece casi un insulto que una función corporal tan trivial nos subyugue de semejante manera. Los mejores amores son los que no tienen ninguna razón de ser, son los que más rápidamente aparecen y los que se consumen (y te consumen) con más facilidad. En “La ley del deseo” el alter-ego de Almodóvar, Eusebio Poncela, es una persona perdida en lo personal cuyo única vía de escape es el trabajo continuo y cuyo único refugio es su familia: su hermana (Carmen Maura) y su sobrina (Manuela Velasco pre-REC). Las drogas y el sexo son pobres consuelos para la eterna insatisfacción del artista y la búsqueda de un alma gemela es una vana esperanza. El amante, el enemigo, el amor deseado, encontrado y perdido (Antonio Banderas) es el elemento caótico que enturbia y pone a flor de piel los sentimientos del director. El director cree querer a un muchacho (Miguel Molina) pero lo que no sabe (o no quiere saber) es que lo que realmente le atrae de esa relación es la imposibilidad del chico a quererle con la misma intensidad que él. Es el punto trágico que el director necesita para poder seguir trabajando, escribiendo, dirigiendo (que es lo que realmente le llena). La adoración del personaje de Antonio Banderas es conveniente y satisfactoria durante un tiempo, pero no tarda en volverse tediosa e insoportable para el director. Finalmente la película acaba en tragedia, el director acaba enamorándose de su acosador pero éste muere. Y yo me pregunto ¿era capaz el director de enamorarse de alguien?
El hilo de la trama, el asesinato, las persecuciones, la amnesia son solo elementos circunstanciales que otorgan frescura y entretenimiento a la película. El fondo del film es esa ley no escrita de la que nadie esc
La infelicidad es el estado idóneo del escritor porque en esos momentos es cuando sus demonios internos afloran con más fuerza. Amamos lo que no tenemos y queremos lo que sabemos que vamos a perder. La química entre dos cuerpos es algo tan vulgar y biológico que parece casi un insulto que una función corporal tan trivial nos subyugue de semejante manera. Los mejores amores son los que no tienen ninguna razón de ser, son los que más rápidamente aparecen y los que se consumen (y te consumen) con más facilidad. En “La ley del deseo” el alter-ego de Almodóvar, Eusebio Poncela, es una persona perdida en lo personal cuyo única vía de escape es el trabajo continuo y cuyo único refugio es su familia: su hermana (Carmen Maura) y su sobrina (Manuela Velasco pre-REC). Las drogas y el sexo son pobres consuelos para la eterna insatisfacción del artista y la búsqueda de un alma gemela es una vana esperanza. El amante, el enemigo, el amor deseado, encontrado y perdido (Antonio Banderas) es el elemento caótico que enturbia y pone a flor de piel los sentimientos del director. El director cree querer a un muchacho (Miguel Molina) pero lo que no sabe (o no quiere saber) es que lo que realmente le atrae de esa relación es la imposibilidad del chico a quererle con la misma intensidad que él. Es el punto trágico que el director necesita para poder seguir trabajando, escribiendo, dirigiendo (que es lo que realmente le llena). La adoración del personaje de Antonio Banderas es conveniente y satisfactoria durante un tiempo, pero no tarda en volverse tediosa e insoportable para el director. Finalmente la película acaba en tragedia, el director acaba enamorándose de su acosador pero éste muere. Y yo me pregunto ¿era capaz el director de enamorarse de alguien?
El hilo de la trama, el asesinato, las persecuciones, la amnesia son solo elementos circunstanciales que otorgan frescura y entretenimiento a la película. El fondo del film es esa ley no escrita de la que nadie esc












